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Florencio Gallardo
13 de septiembre 2010
participacioncomunitaria99.50@hotmail.com
El noveno aniversario de los ataques del 11 de
septiembre en Estados Unidos debería ser un
momento para reflexionar sobre la tolerancia.
Debería ser un día de paz. Sin embargo, el
fervor anti musulmán que existe aquí, sumado a
la continuada ocupación militar estadounidense
de Irak y a la escalada de la guerra en
Afganistán (y Pakistán), todo unido, alimenta la
idea de que, de hecho, Estados Unidos está en
guerra con el Islam.
El 11 de septiembre de 2001 unió al mundo contra
el terrorismo. Todo el mundo, al parecer, estaba
con Estados Unidos, en solidaridad con las
víctimas, con las familias que perdieron seres
queridos. Ese día será recordado por las
generaciones futuras como el día que se llevó a
cabo el infame acto de asesinato masivo
coordinado más resonante de principios del siglo
XXI. Pero ese no fue el primer 11 de septiembre
asociado con el terror:
El 11 de septiembre de 1973, en Chile, el
Presidente democráticamente electo, Salvador
Allende, muere en el marco de un golpe militar
apoyado por la CIA, que marcó el comienzo de un
régimen de terror comandado por el dictador
Augusto Pinochet y durante el cual fueron
asesinados miles de chilenos.
El 11 de septiembre de 1977, en Sudáfrica, el
líder contra el apartheid Stephen Biko fue
golpeado dentro de una camioneta de la policía.
Murió al día siguiente.
El 11 de septiembre de 1990, en Guatemala, la
antropóloga guatemalteca Myrna Mack fue
asesinada por militares que contaban con el
apoyo de Estados Unidos.
Del 9 al 13 de septiembre de 1971, en Nueva York,
se produjo un levantamiento en la cárcel de
Áttica, durante el cual la policía del estado de
Nueva York asesinó a treinta y nueve prisioneros
y guardias e hirió a otros cientos.
El 11 de septiembre de 1988, en Haití, milicias
de derecha llevan a cabo un ataque durante una
misa celebrada por el Padre Jean-Bertrand
Aristide en la Parroquia de San Juan Bosco de
Puerto Príncipe en el que asesinan al menos a
trece fieles y hieren al menos a otras setenta y
siete personas. Más tarde, Aristide sería dos
veces electo presidente, y dos veces derrocado
por golpes de estado apoyados por Estados
Unidos.
Si hay algo que es el 11 de septiembre, es un
día para recordar a las víctimas del terror, a
todas las víctimas del terror, y para trabajar
por la paz, como lo hace el grupo “Familias del
11 de Septiembre por un Mañana de Paz”.
Conformado por personas que perdieron seres
queridos el 11 de septiembre de 2001 en el
ataque a las Torres Gemelas, su misión podría
servir como un llamado nacional a la acción. En
su página web escriben: “Transformar nuestro
dolor en acciones por la paz es nuestro
objetivo. Al desarrollar y abogar por opciones y
acciones no violentas en nuestra búsqueda de
justicia, esperamos romper los ciclos de
violencia engendrados por la guerra y el
terrorismo. Reconociendo nuestra experiencia
común con todas aquellas personas afectadas por
la violencia a lo largo y ancho del planeta,
trabajamos para crear un mundo más seguro y con
más paz para todas las personas.”
El estudio de “Democracy Now!” estaba ubicado a
pocas cuadras de las Torres Gemelas. Estábamos
transmitiendo en vivo cuando cayeron. Durante
los días siguientes, miles de folletos con las
fotos de los desparecidos volaban por todas
partes, con los números de teléfonos de los
familiares para llamar si se reconocía a
alguien. Me recordaban a los carteles que
llevaban las Madres de Plaza de Mayo en
Argentina, esas mujeres con pañuelos blancos en
la cabeza que marcharon valientemente semana
tras semana portando fotos de sus hijos
desaparecidos durante la dictadura militar que
vivió ese país en los años 70.
También recuerdo la constante corriente de fotos
de jóvenes del ejército asesinados en Irak y en
Afganistán, y ahora, cada vez más frecuentemente
(aunque aparecen menos en las noticias) las
fotos de quienes se quitan la vida a sí mismos
tras haber sido varias veces convocados a
combate.
Por cada víctima de Estados Unidos o de la OTAN
hay, literalmente, cientos de víctimas en Irak y
Afganistán cuyas fotos nunca se van a mostrar y
cuyos nombres nunca vamos a conocer.
Mientras una multitud descontrolada y furiosa
intenta impedir la construcción de un centro
comunitario islámico en el Bajo Manhattan (en un
edificio vacío, ignorado durante años y dañado,
a más de dos cuadras de la zona cero), un
“ministro” evangélico de Florida está
organizando para el 11 de septiembre el “Día
Internacional de Quema del Corán.” El General
David Petraeus afirmó que la quema, que ha
suscitado protestas en todo el planeta, “podría
poner en peligro a las tropas.” Y está en lo
cierto. Así como también pone en peligro a las
tropas el bombardear a civiles inocentes y sus
hogares.
Al igual que Vietnam en los años 60, Afganistán
tiene una decidida resistencia armada local,
entregada a su causa, y un profundamente
corrupto grupo en Kabul enmascarado como
gobierno central. La guerra está ensangrentando
al vecino país, Pakistán, igual que la Guerra de
Vietnam se esparció a Camboya y Laos.
Poco después del 11 de septiembre de 2001,
mientras miles de personas estaban reunidas en
los parques de la ciudad de Nueva York y
mantenían vigilias improvisadas a la luz de las
velas, un autoadhesivo apareció en carteles,
pancartas y bancos de plaza. En él se leía:
“Nuestro dolor no es un grito de guerra.”
Este 11 de septiembre el mensaje sigue
siendo—dolorosa y lamentablemente—oportuno.
Hagamos del 11 de septiembre un día sin guerra.
Fuentes:
http://circulosbolivarianoss.blogspot.com/2010/09/11-de-septiembre-un-dia-sin-guerra.html
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