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por Gerardo Peláez Ramos
Sábado, 25 de Diciembre de 2010 17:09

2010-12-25-abpnoticias-Gerardo Peláez Ramos -Promulgada
la constitución de 1817, el régimen recién
instaurado se propuso, entre otras tareas,
derrotar al movimiento campesino, instaurar la
paz en todo el territorio nacional y establecer
relaciones regulares con Estados Unidos. No eran
tareas sencillas ni fáciles de concretar. El
movimiento campesino fue pacificado mediante el
asesinato de Emiliano Zapata y otros dirigentes
revolucionarios, la sumisión de Villa y la
concesión de algunas pequeñas demandas a los
pobres del campo.
El movimiento obrero
EL MOVIMIENTO OBRERO, al calor de los avances y
el triunfo final del constitucionalismo, celebró
los congresos de Veracruz, Tampico y Saltillo,
en este último, en 1918, surgió la Confederación
Regional Obrera Mexicana, punto de arranque del
movimiento sindical moderno en México. No es
exacta la idea de que la CROM haya sido una
simple criatura del constitucionalismo. La
versión más difundida, pero no por ello correcta,
acerca del nacimiento de la central moronista es
la siguiente:
...comprometida con el constitucionalismo, y
disueltos, engañados y humillados los batallones
rojos, la Casa del Obrero Mundial mermó su
prestigio de poder e idealidad, de lo cual se
aprovechó el gobierno de Carranza para dar forma
a un nuevo tipo de organización sindical amorfa,
a la que dieron el nombre de Confederación
Regional Obrera Mexicana (1918). (1)
La tesis de Valadés no es correcta. La CROM fue
producto de la decepción de amplios grupos de
trabajadores con la experiencia fallida de la
huelga general de 1916, del fortalecimiento en
el seno de la COM de la corriente reformista y
de la inexistencia en las filas del movimiento
obrero de una corriente socialista consecuente y
dispuesta a ir conquistando posiciones para los
trabajadores, sin enajenar su independencia.
El 7 de noviembre de 1917 triunfo la Revolución
de Octubre en Rusia. La influencia de ésta en
México aceleró el proceso de diferenciación del
movimiento obrero y socialista. A fines de 1919,
el año de fundación de la Internacional
Comunista, surgió el Partido Comunista de
México, como resultado de los intentos por
organizar políticamente a la clase obrera
mexicana desde finales del siglo XIX y
principios del XX, de las tradiciones de lucha y
organización de los trabajadores, de la
revolución que vivió el país, y naturalmente,
del ascenso revolucionario que se produjo en
Europa, China y otras partes del mundo.
Las contradicciones entre al ala jacobina y
pequeñoburguesa y la corriente de Venustiano
Carranza, existentes desde la segunda mitad de
1914, se agudizaron en 1920 ante el intento del
presidente de imponer la candidatura de Ignacio
Bonillas. El carrancismo selló su suerte: el
grupo de Sonora se levantó en armas, asesinó al
Presidente de la República e instauró un régimen
caudillista revolucionario.
La derrota de la insurrección campesina y de la
tendencia de Carranza condujo al ala jacobina y
pequeñoburguesa directamente a las riendas del
poder. El grupo de Sonora quedó instalado en el
palacio nacional de la Ciudad de México. De esta
manera, se estableció una nueva fracción del
bloque en el poder, encabezado por la pequeña
burguesía, con los granjeros del norte en el
centro.
Como es natural, la pequeña burguesía en el
poder devendrá con el tiempo en la burguesía
burocrática y algunos de sus elementos, en los
años 40 y después, pasarán a formar parte de la
gran burguesía, e, incluso, de la oligarquía
financiera.
Reconstrucción económica
MÉXICO ENTRÓ A un período decisivo de su
historia. La economía nacional estaba deshecha.
Francie R. Chassen describe así la situación:
En el año de 1910 la población de México fue
estimada en 15,160,139 habitantes; por el año de
1921 se calculaba en 14,334,780 habitantes. Los
años de lucha armada de la revolución no sólo
afectaron a la población sino también a la
economía. En un sector de la economía tan
importante como la minería, el producto
descendió de 1,039 millones de pesos en 1910 a
620 millones en 1921. La producción
manufacturera había crecido a un ritmo de 4.5%
anual entre 1895 y 1910 mientras que entre 1910
y 1918 hubo descensos cada año: en 1910 el
producto bruto fue de 1,836 millones y en 1921
fue de 1,669 millones. En 1922, recuperó el
nivel de 1910. El producto bruto de la
agricultura también bajó de 2,609 millones en
1910 a 1,441 en 1921. A pesar de estos descensos,
a partir de 1917 la economía mexicana había
empezado a recuperarse lentamente. (2)
Agotado por los años convulsos de la guerra
civil, el país necesitaba rehacer su economía.
En consecuencia, los caudillos sonorenses se
propusieron reconstruir y desarrollar el aparato
económico, institucionalizar al ejército y
estabilizar políticamente al país. Los nuevos
gobernantes tenían que adaptarse a las
condiciones creadas por el triunfo de la
revolución democrático-burguesa. La adaptación
adquirió rasgos especiales.
Un historiador extranjero afirma:
Fue Álvaro Obregón el que salvó a la revolución
en 1920 y procedió a consolidarla,
institucionalizando realmente sus principales
objetivos, de manera que el país permaneciese en
el molde en que él lo echaba... Ellos [los
caudillos] actuaron generalmente con seriedad,
sin ser ideólogos en cuanto a las miras de la
revolución, mostrándose impacientes con los
gringos, los clérigos, los porfiristas o los
terratenientes que podían cruzarse en su camino.
Pese a ello, tenían poco respeto por el
liberalismo importado de Europa y por los
extremistas del tipo de Zapata, pues, sobre todo
Obregón y sus partidarios, eran pragmáticos y
así se apropiarían, copiarían, modificarían y
deformarían las doctrinas revolucionarias cuando
lo necesitasen...
Obregón discernió los tres elementos básicos en
la confusión en que se había convertido México
en 1920. Éstos no eran las bases históricas del
poder: los terratenientes, el clero y los
inversionistas extranjeros; ahora, por el
contrario, eran los generales revolucionarios,
los jefes laborales y los portavoces agrarios,
hombres que tenían autoridad en los sectores
cruciales de la nueva sociedad... (3)
Bonapartismo sui géneris
EL GRUPO DE Sonora no representaba directamente
los intereses de la burguesía, pero tampoco los
del proletariado. Las clases fundamentales de la
sociedad estaban sin proyectos claros para
dirigir al país. Apareció en esta forma un
bonapartismo sui géneris.
Anatoli Shulgovski, con enorme esfuerzo busca
comprender el fenómeno del nuevo régimen, al
escribir:
El golpe de estado ejecutado por Obregón en la
primavera de 1920, durante el cual fue asesinado
Carranza, significó una especie de acción
preventiva con el fin de evitar el desarrollo
revolucionario de los acontecimientos y detener
el aumento del descontento en el país. La
llegada de Obregón al poder abrió en la historia
del país, el periodo del llamado caudillismo
revolucionario...
Como característica peculiar del nuevo poder
contaba el hecho de que le servía de apoyo un
conglomerado excepcionalmente abigarrado de
fuerzas políticas. El ejército seguía siendo,
indiscutiblemente, uno de los factores decisivos
de la vida política nacional...
...El ejército, que al parecer era la única
esperanza de apoyo del caudillismo
revolucionario, era el que mayores disgustos
acarreaba a los círculos gobernantes. Los
levantamientos militares que tan grave daño
causaron al país, fueron muy frecuentes en los
años veinte.
En estas condiciones, sólo otras fuerzas
políticas como las organizaciones obreras,
campesinas y de masas podían servir de
contrapeso al ejército. La iniciativa en esto
fue tomada por el gobierno de Obregón...
Por consiguiente, se pueden destacar dos
características de la naturaleza del régimen: su
origen pequeñoburgués y su original carácter
bonapartista. (4)
El rol del titular del Poder Ejecutivo será
crucial no sólo a partir de 1928, sino incluso
desde 1920 con el arribo a la presidencia de la
República del manco de Celaya. Mas, no obstante
el carácter decisivo del Ejecutivo federal, el
presidencialismo no quedó definitivamente
asentado. Existía cierto juego parlamentario.
Las cámaras no serán sometidas sino hasta la
derrota del callismo en 1935.
Con el arribo de Obregón a la dirección del
Estado, comenzaron a institucionalizarse las
relaciones de alianza entre el movimiento obrero
y campesino y el régimen de la revolución.
Unas investigadoras sostienen:
...La protección que había recibido tanto de los
sectores populares como del ejército durante su
campaña electoral, fueron decisivos en su
ascenso político. Posteriormente, la
movilización del apoyo de la CROM y del Partido
Laborista, junto con el resguardo de los líderes
agraristas, resultaron básicos en el
sometimiento del ejército a nivel institucional.
Esta experiencia le abrió el camino hacia la
utilización de diversos factores reales de poder,
para manipular sus fuerzas de acuerdo a las
necesidades de equilibrio. Obregón no sólo
fomentó la ampliación de la CROM --de 7 mil
afiliados ésta pasó a tener más de un millón al
final de su régimen-- sino que propició el
ascenso de los dirigentes sindicales a puestos
institucionales del gobierno. El acercamiento a
ellos le permitió tener un mayor control sobre
sus demandas y al mismo tiempo
instrumentalizarlos para armonizar los intereses
proletarios con los del capital, y así disminuir
la pugna entre ambos.
De algún modo Obregón instituyó, con mayor
amplitud, el arbitraje del presidente o del
Estado dentro de las reglas del juego político
en la solución de los conflictos. Ligado al
arbitraje se hallaba el deseo de equilibrio
social entre los factores representativos de la
producción, dentro de los cuales el Estado
buscaba convertirse en el principal centro de
poder y de conciliación por encima de las luchas
de clase. Este manejo, en el fondo altamente
pragmático, se complementó con la acción
concreta del establecimiento de ligas personales
o grupales, a través de concesiones directas o
mediante negociaciones y manipulaciones
indirectas...
El intento de Obregón fue otorgar apoyos
manifiestos a ambos sectores de la producción e
iniciar así un proceso de desarrollo económico y
también lograr algunas transformaciones sociales
que deberían conducir a la satisfacción de
ciertas metas revolucionarias. Aunque al mismo
tiempo y de manera implícita, opuso
indirectamente la fuerza a uno y otro, para
mantener el control sobre ambos. Sin embargo,
este manejo no debe ser confundido con la
táctica de agitación o favorecimiento a la lucha
de clases. (5)
Reformular las relaciones con Estados Unidos
La política tendiente a reformular las
relaciones con Estados Unidos y otras potencias
imperialistas, a fortalecer el capitalismo de
Estado y a aplicar los artículos avanzados de la
Constitución de 1917, pueden dar pie a la
caracterización del gobierno de Obregón como
nacional-revolucionario o nacionalista
revolucionario. Su gobierno no iba más allá. El
historiador Jacques Pirenne, da la siguiente
caracterización:
En realidad, la fraseología revolucionaria de
Obregón no representaba más que un nacionalismo
agresivo. Comprendiendo que la población india
estaba aún demasiado atrasada para suprimir la
gran propiedad sin provocar un colapso en la
producción agrícola, realizó la reforma agraria
con sordina, expulsó del país a los comunistas
extranjeros y favoreció la formación de un
capitalismo estrictamente mexicano. Al mismo
tiempo, para preparar la emancipación del
pueblo, sentó las bases de la enseñanza rural,
hasta entonces inexistente, y organizó
sindicatos obreros. Y como las finanzas iban a
la deriva, Obregón suspendió el servicio de la
deuda exterior y se procuró los recursos
necesarios para su gobierno gravando con
elevados impuestos las exportaciones
petrolíferas, de las que el 57 por ciento eran
norteamericanas; de este modo halagaba al
nacionalismo y al reformismo social, que eran la
base de la revolución. Ante tales hechos, los
Estados Unidos se negaron a reconocer el
gobierno de Obregón, pero se abstuvieron de
intervenir.
La lucha empeñada por Obregón contra el
capitalismo norteamericano duró hasta 1923.
Entonces, para conseguir de Washington el
reconocimiento de su poder, Obregón reanudó el
pago de los intereses de la deuda y consintió en
indemnizar a las compañías norteamericanas de
los daños que la revolución les había ocasionado.
(6)
Salta a la vista que no era ni es posible, en la
época del imperialismo, plantearse la “formación
de un capitalismo estrictamente mexicano”. El
capitalismo es un sistema mundial y, por ello,
la independencia económica sólo puede alcanzarse
mediante la revolución socialista que rompa las
cadenas de la dominación imperialista. La
experiencia histórica enseña que sólo el poder
de la clase obrera es capaz de lograr la
independencia plena frente al imperialismo.
Uno de los problemas centrales del nuevo régimen
eran las relaciones con el imperialismo
norteamericano. La Constitución de 1917, en su
artículo 27, defendió y defiende el control de
la nación sobre el subsuelo. Esto golpeaba y
limitaba directamente a los monopolios del
petróleo. Por eso, en general, es correcto lo
que señala un historiador francés:
Este [Obregón] fue electo legalmente en 1920,
Hughes decidió reconocer al gobierno de Obregón,
pero a condición de que se firmara un tratado
garantizando las propiedades de los ciudadanos
norteamericanos, restituyendo las que habían
sido confiscadas o estableciendo indemnizaciones
justas. Obregón rechazó estas condiciones y, en
consecuencia, no se otorgó el reconocimiento:
era seguir el mismo principio que en relación
con la Rusia soviética. Durante año y medio todo
se quedó estancado... De mayo a agosto de 1923
tuvieron lugar las conferencias de Bucareli.
Concluyeron en un acuerdo: publicación el 31 de
agosto de dos declaraciones paralelas. Obregón
fue reconocido y el gobierno norteamericano
aceptó inclusive enviarle armas contra un
competidor. La elección, en el verano de 1924,
de un amigo de Obregón, Plutarco Elías Calles,
iba a revivir la disputa, en junio de 1925. (7)
Duroselle no acierta al señalar que hubo
confiscaciones. En realidad, el imperialismo
quería echar abajo el artículo 27 constitucional
para defender sus inversiones en México de
medidas patrióticas del caudillismo
revolucionario y en prevención de futuras
acciones nacionalistas del Estado mexicano.
Confiscaciones --después de 1910—fueron muy
contadas y sin gran trascendencia. Lo que estaba
en cuestión, a final de cuentas, era redefinir
los términos de la dependencia, esto es, romper
con el modelo antinacional implantado por don
Porfirio. Obregón y su equipo así lo entendían.
Moderados y radicales en las filas obreras
LA INFLUENCIA DE la Revolución rusa en el
movimiento obrero internacional es innegable. El
mexicano no fue la excepción. Unos historiadores
soviéticos, quizá con alguna exageración,
indican:
En México gozaban de gran popularidad las
consignas de la Revolución Socialista de Octubre.
Al conocer los decretos del gobierno soviético
sobre la entrega de la tierra a los campesinos y
de las fábricas a los obreros, los trabajadores
mexicanos trataron de seguir el ejemplo de los
rusos. Así los mineros de Sonora ocuparon las
minas y trataron de organizar ellos mismos el
trabajo. Los obreros textiles desempleados de
Puebla ocuparon algunas haciendas para organizar
una colonia agrícola. En el transcurso de
1920-1921 se formaron soviets en algunas
ciudades y estados y los obreros de Yucatán
pidieron que se proclamara a México república
soviética.
Por supuesto, en México no había por entonces
condiciones para la victoria de una revolución
socialista. La formación por los trabajadores
mexicanos de organizaciones revolucionarias con
el nombre de soviets evidenciaba la gran
popularidad de la Rusia soviética, el deseo
espontáneo entre los obreros y campesinos de
organizar una vida sin explotación ni opresión.
Las clases dominantes estaban inquietas por el
crecimiento de la actividad política de las
masas, particularmente del proletariado. El
gobierno de Obregón aplastó a las organizaciones
revolucionarias y disolvió los soviets. (8)
Sin embargo, la influencia de la primera
revolución proletaria triunfante no decidió el
curso general del movimiento obrero, y quien se
impuso en el sindicalismo mexicano fue el
reformismo, con una importante oposición del
anarcosindicalismo y el joven PCM. En tratos con
Obregón desde 1919, la CROM va a convertirse de
una organización obrera reformista en una correa
de transmisión del gobierno obregonista-callista.
Refiriéndose a las relaciones entre la CROM y el
nuevo régimen, un latinoamericanista apunta:
...Cuando Obregón comenzó a organizar la
revolución en 1920, utilizó ampliamente los
servicios de Luis Morones, verdadero caudillo
sindical, cuya organización, la Confederación
Regional Obrera Mexicana (CROM), se convirtió en
una rama oficiosa del gobierno; Morones podía
recurrir a la policía y al ejército para obligar
a los empresarios a someterse a sus órdenes.
Relacionada de esta manera con el gobierno, la
CROM pudo ver aumentar el número de sus miembros
de 50,000 a 1,000,000 durante la presidencia de
Obregón entre 1920 y 1924. Como el acuerdo
continuó con el nuevo presidente Calles,
seleccionado a la vez por Obregón y por Morones,
la CROM continuó disponiendo, de un modo
creciente, del apoyo del gobierno, llegando a
alcanzar en 1927, al menos según sus
afirmaciones, 2,250,000 miembros. (9)
La CROM fue producto del nuevo régimen
revolucionario, pero no fue organizada por el
gobierno. Las relaciones entre el gobierno del
caudillismo revolucionario y la central
moronista fueron de mutuo apoyo: el gobierno
facilitaba la organización de sindicatos y
federaciones por la CROM, golpeaba a sus
opositores y ponía a su disposición los
instrumentos jurídicos y represivos del Estado,
mientras la CROM proporcionaba base social de
masas en las ciudades y, en parte, en el campo.
La camarilla dirigente de la CROM degeneró con
el paso del tiempo, aunque desde sus inicios
tendía a la conciliación y a la colaboración de
clases. Las huelgas fueron vendidas, el
esquirolaje alcanzó sus días floridos, el
movimiento sindical fuera de las filas cromianas
fue reprimido y el gangsterismo se enseñoreó. En
pocas palabras: el proletariado organizado fue
sometido a una burocracia sindical en estrechos
vínculos con la American Federation of Labor y
la Confederación Obrera Panamericana, a la sazón
el ala derecha del movimiento obrero amarillo.
Elías Barrios señalaba con palabras sencillas:
Alrededor de este director de masas [Morones],
se juntó un grupo de admiradores, y con ellos
fundó el “Grupo Acción”, especie de Klan con
ritos y compromisos terribles. Uno de éstos
consistía en prestarse apoyo en todas sus
empresas. El grupo acordaba y los socios
ejecutaban.
El Grupo Acción gobernó a la CROM; su
ramificación se extendió por todo el país y con
sus hilos invisibles agarrotó a la organización
proletaria. Ningún líder chico o grande, ningún
secretario o miembro de comité de sindicato,
podía actuar si no era miembro de la tenebrosa
hermandad. En auxilio de ésta, nació “la palanca”,
que era un grupo de matones y pistoleros
encargados de disolver sindicatos, silenciar
bocas inquietas y perseguir trabajadores que
hablaban a las masas de reconquistar su libertad
sindical aplastada por el Grupo Acción o
simplemente de reivindicaciones económicas que
estorbaran la política “reconstructora” del
gobierno. (10)
La respuesta del anarcosindicalismo no logró
arrebatarle la influencia a la CROM. Chassen
dice:
La formación de la CGT en 1921, por parte de
anarcosindicalistas, socialistas, comunistas y
reformistas marcó la verdadera consolidación del
reformismo y el oportunismo en la CROM, dado que
al formar la CGT los izquierdistas se daban por
vencidos y renunciaban a obrar dentro de la CROM.
(11)
Chassen exagera. Lo cierto es que, a través de
la violencia y otros métodos, los sectores
avanzados de la clase obrera --petroleros,
ferrocarrileros, textiles y tranviarios-- fueron
cayendo en parte bajo la férula moronista. A
propósito, es menester aclarar que el PCM jamás
renunció “a obrar dentro de la CROM”. Al
contrario, entre los textiles de Puebla y
Veracruz logró varios avances no despreciables,
no obstante la resolución anticomunista del 20
de septiembre de 1923 de la V Convención de la
CROM, que establecía:
5º) Que es incompatible, con el sentimiento
nacionalista de los trabajadores, la propaganda
que elementos interesados, vienen desarrollando
en favor del llamado “Partido Comunista”
subordinado al gobierno ruso; por lo tanto las
agrupaciones obreras deberán proceder a la
expulsión de su seno, de todos los elementos de
filiación “comunista”. (12)
Las novedosas relaciones establecidas entre el
Estado y el movimiento obrero organizado de
México, fueron aclaradas por Volsky (seudónimo
de Pestkovski):
Todas las veces que, por razones de orden
diplomático, el gobierno mexicano no encontraba
ventaja en las huelgas que estallaban en ciertas
empresas, las aplastaba. Es lo que sucedió en
numerosísimas explotaciones de petróleo
pertenecientes al capital americano en el
periodo 1921-1925, en que el gobierno evitaba
las complicaciones en sus relaciones con los
Estados Unidos. Otras veces el gobierno estaba
dispuesto a provocar huelgas donde las masas
obreras no lo deseaban (por ejemplo, en ciertas
explotaciones británicas en la época en que se
habían roto las relaciones diplomáticas con
Inglaterra; un caso típico es el de la huelga de
los tranviarios en 1925). El resultado de esta
colaboración demasiado íntima entre el gobierno
y la CROM fue el agravamiento de la escisión en
el movimiento obrero mexicano. (13)
El campesinado
EL PROBLEMA DE la tierra no fue resuelto en el
periodo del caudillismo revolucionario. A pesar
de la distribución de algunas propiedades, el
problema agrario permanecía en pie. Halperin
Donghi sostiene:
Obregón y Calles, su sucesor desde 1924,
mostraron escaso entusiasmo por expandir los
ejidos (las tierras comunales cuya restauración
había prometido la revolución) así como por
distribuir latifundios entre pequeños
propietarios; la presión de la plebe rural era,
por el momento, escasa. Buscaron cautelosamente
un modus vivendi con los Estados Unidos, luego
de algunos zigzagueos, en 1927 la Corte Suprema
de México garantizó a las propiedades
norteamericanas y a las concesiones petrolíferas
contra los riesgos implícitos en el Artículo 27
de la Constitución promulgada diez años antes.
Los enemigos del régimen fueron los
tradicionales del liberalismo mexicano: al lado
de los sectores terratenientes de vieja riqueza...
contaba sobre todo la Iglesia, que en 1926 llegó
a un conflicto abierto... (14)
La tesis de Halperin Donghi acerca de la
“escasa” presión de la “plebe rural” es inexacta
de principio a fin. Como prueba en contrario,
sólo basta con señalar que el proceso de
organización del movimiento campesino continuó.
Así, se fundó la LCAEV:
En la ciudad de Jalapa, Veracruz, a las nueve
horas del veintitrés de marzo de mil novecientos
veintitrés, reunidos en el teatro Lerdo de
Tejada... y con asistencia de ciento veintiocho
delegados de diferentes grupos de población
agrícola de esta entidad, se procedió a la
constitución de la “Liga de Comunidades Agrarias
del estado de Veracruz”.- Después de discutir
serenamente las bases constitutivas que para
dicha liga presentó el C. Procu[ra]dor de
Pueblos, por conducto de la asamblea, fueron
aprobadas dichas bases.- En seguida se procedió
a la elección de la Mesa Directiva, resultando
electos: para presidente de la liga, el C.
Úrsulo Galván; para primer secretario, el C.
José Cardel; para segundo secretario, el C.
Antonio Carlón, y para tesorero, el C. Isauro
Acosta... (15)
El que esto escribe decía hace ya algún tiempo:
El movimiento campesino, con líderes de la talla
de Úrsulo Galván, Primo Tapia, José Cardel y J.
Guadalupe Rodríguez, en la década de los 20
alcanza los niveles más elevados en su capacidad
de autoorganización. En marzo de 1923 se
constituye la Liga de Comunidades Agrarias del
Estado de Veracruz, punto de sostén y arranque
de la movilización y organización posteriores
del campesinado en todo el país. En noviembre de
1926 surge la Liga Nacional Campesina, la cual
se adhiere a la Internacional Campesina con sede
en Moscú.
Jamás en ningún otro periodo de la historia
posrevolucionaria los campesinos mexicanos,
independientes y enfrentados… a la burguesía
agraria, han logrado nuclearse en tal magnitud,
adoptar un programa revolucionario y formar una
dirección tan capaz y prestigiada. Los
campesinos contaban con la experiencia de la
revolución pasada, de los enfrentamientos con
los golpistas derechistas y de las guardias
agraristas anticristeras. No eran, naturalmente,
campesinos desarmados y sin tradición y
experiencia en la guerra civil y de facciones.
El gobierno, por su parte, para allegarse su
apoyo les hizo pequeñas concesiones y muchas y
grandes promesas. La reforma agraria pasaba a
ser una necesidad. (16)
La rebelión cristera
DURANTE EL GOBIERNO de Calles se suscitó el
conflicto religioso, la tristemente célebre
rebelión cristera (no revolución como dicen
algunos estudiosos). Las causas de dicho
movimiento contrarrevolucionario y sus
condicionantes las esclarece en parte Nicolás
Larin:
El llamado conflicto religioso de los años
1926-1929 y la rebelión reaccionaria de los
cristeros estuvieron directamente influidos por
la tirantez de las relaciones
mexicano-norteamericanas, ya que los
latifundistas y la Iglesia católica no podían
por sí solos y sin la ayuda exterior empezar
abiertamente la lucha por la revisión de la
Constitución mexicana.
A fines de 1925 y comienzos de 1926, cuando los
monopolios norteamericanos del petróleo y el
gobierno de los Estados Unidos, defensor de sus
intereses, tomaron el camino de las amenazas y
provocaciones directas contra México, se crearon
las condiciones favorables para la actuación de
la reacción clerical-feudal. (17)
La política clerical era aventurera y
provocadora. La declaración del arzobispo Mora y
del Río, del 3 de febrero de 1926, precisaba:
La doctrina de la Iglesia es invariable, porque
es la verdad divinamente revelada. La protesta
que los prelados mexicanos formulamos contra la
Constitución de 1917, se mantiene firme. No ha
sido modificada sino robustecida, porque deriva
de la doctrina de la Iglesia. La información que
publicó “El Universal”, de fecha 7 de enero, en
el sentido de que, se emprenderá una campaña
contra las leyes injustas y contrarias al
derecho natural, es perfectamente cierta. El
episcopado, clero y católicos, no reconocemos y
combatiremos los artículos 3º, 5º, 27 y 130 de
la Constitución vigente. Este criterio no
podemos, por ningún motivo, variarlo, sin hacer
traición a nuestra fe y a nuestra religión. (18)
El 25 de julio de 1926, la Carta pastoral
colectiva de los obispos mexicanos anunciaba el
cierre de los templos:
En la imposibilidad de continuar ejerciendo el
ministerio sagrado según las condiciones
impuestas por el decreto citado, después de
haber consultado a nuestro santísimo padre, Su
Santidad Pío XI, y obtenida su aprobación,
ordenamos que, desde el día treinta y uno de
julio del presente año hasta que dispongamos
otra cosa, se suspenda en todos los templos de
la República, el culto público que exija la
intervención del sacerdote.
Os advertimos, amados hijos, que no se trata de
imponeros la gravísima pena del entredicho; sino
de emplear el único medio de que disponemos al
presente para manifestar nuestra inconformidad,
con los artículos antirreligiosos de la
Constitución y las leyes que los sancionan. (19)
En efecto, la rebelión de los cristeros no sólo
fue una respuesta violenta a las medidas
anticlericales del régimen posrevolucionario,
sino que el alto clero católico --tradicional
enemigo del progreso-- aprovechándose de las
presiones groseras del imperialismo
norteamericano sobre México, intentó dar marcha
atrás en las conquistas históricas del pueblo
mexicano. La alta jerarquía eclesiástica, de
acuerdo con su negativo proceder en el siglo
XIX, jugó el papel de instrumento de intereses
foráneos.
Las provocaciones anticatólicas dieron comienzo
en el gobierno de Obregón. La aplicación
rigurosa de la legislación anticlerical y las
medidas contra el clero vaticanista se
desarrollaron violentamente. Una historiadora
escribe:
Esta ola de provocaciones anticatólicas
perpetradas bajo el gobierno de Obregón, con
estos actos terroristas, lógicamente sólo podían
responder al interés jacobino de amedrentar a
las masas obreras y campesina que reclamaban la
reglamentación inmediata de los artículos 27 y
123, con el fin de desarrollar un movimiento
sindical independiente del Estado y de
satisfacer la necesidad de la reforma agraria,
ambos puntos programáticos de la revolución
democrática incorporados a la Constitución de
1917. La aplicación del Artículo 27 estaba
detenida, principalmente, por la oposición del
imperialismo norteamericano que reaccionaba,
como antes se señaló, con el no reconocimiento
diplomático de Obregón, y al segundo se le
congelaba, básicamente, mediante un desarrollo
“sectario” que rompía por principio la unidad de
clase requerida por el proletariado, a través
del manejo gubernamental de la Confederación
Regional de Obreros Mexicanos (sic). (20)
Con ser cierto el hecho de que el Estado buscaba
desviar a los trabajadores de sus objetivos y
demandas inmediatos, la explicación de Rubio es
incompleta: deja de lado las aspiraciones
contrarrevolucionarias de la alta jerarquía
eclesiástica y las gigantescas y presentes
tradiciones jacobinas del movimiento
revolucionario mexicano.
A fines de 1926, la Komintern caracterizaba así
la política de Calles:
...Tan pronto como fue batida la reacción, y
alejado el peligro inmediato, la pequeña
burguesía comenzó a deslizarse a la derecha y
actualmente enfrena la reforma agraria, sabotea
la legislación del trabajo y liga sus intereses
cada vez más con aquellos de las clases
poseedoras. Sin embargo, este deslizamiento de
la pequeña burguesía no se realiza sobre una
línea recta. Tratando de mantener el papel
dirigente hacia las exigencias cada vez más
insolentes de la reacción y del capital
extranjero y empujada por otra parte por las
masas obreras y campesinas, el gobierno de la
pequeña burguesía empeña de vez en cuando una
lucha contra ciertas formas de la reacción para
estrechar sus vínculos con las masas populares
con las cuales su política de conservación
social tiende a separar dicho gobierno. La
ofensiva contra la Iglesia católica y los
ataques velados contra el imperialismo americano
son el reflejo de esta situación. Pero aunque
esta lucha posea contenido efectivamente
revolucionario, el gobierno se sirve de ella
para desviar al proletariado y a la clase
campesina de la lucha de sus reivindicaciones
económicas. Así la ofensiva contra la Iglesia ha
sido empeñado en el momento en que el gobierno
estrangula la huelga de ferrocarrileros y cuando
tomaba las medidas más severas para el desarme
de los campesinos. El gobierno de la pequeña
burguesía busca de este modo el desviar la lucha
de clases... (21)
El 11 de febrero de 1927, la pastoral desde Roma
de J. María González, arzobispo de Durango,
impulsaba la sedición:
A nuestros hijos católicos levantados en armas
para la defensa de sus derechos sociales y
religiosos, después de haber reflexionado mucho
tiempo ante Dios, y después de haber consultado
a los más sabios teólogos en la ciudad de Roma,
debemos deciros: que vuestras conciencias estén
tranquilas y recibid nuestras bendiciones. (22)
El alto clero católico, los latifundistas y
todos los elementos reaccionarios, en alianza
con los magnates petroleros de Estados Unidos,
lanzaron al pueblo creyente más atrasado a una
lucha contrarrevolucionaria sin perspectivas de
éxito. La derrota de los cristeros estaba
sellada desde que dio principio.
¿Quiénes formaron los ejércitos cristeros? Según
Alicia Olivera:
El grupo de gentes que formó los ejércitos
cristeros fueron principalmente:
a)
Los pequeños propietarios y campesinos libres
(rancheros).
b)
Restos de las tropas constitucionalistas que se
encontraban sin tierra, sin ocupación en las
haciendas, insatisfecha y confusa.
c)
Los peones “acasillados” o trabajadores
residentes en las haciendas, económicamente
dependientes de sus sistemas y que habiendo sido
llevados a los ejidos no supieron aprovechar ese
beneficio por su propia ignorancia y seguían
siendo mentalmente siervos; en consecuencia,
habían sido excluidos injustamente del sistema
de distribución de tierras. Esta discriminación
los había dejado ociosos e insatisfechos también,
dispuestos a incorporarse a cualquier movimiento
en contra del gobierno.
d)
Hombres devotos, que realmente defendían la
libertad religiosa y pretendían, encabezados por
sus jefes, la imposición de la “realeza temporal
de Cristo” y la reforma de ciertos artículos de
la Constitución de 1917. (23)
Para entender el conflicto religioso de
1926-1929 es menester no olvidar que México
tiene una tradición anticlerical muy fuerte. La
lucha contra el clero católico se dio ya en la
Guerra de Independencia y se acentuó en el
periodo independiente, estando en el centro de
las guerras civiles. En la Reforma, el segundo
jalón del ciclo de las revoluciones burguesas
mexicanas, se logró nacionalizar los bienes de
la Iglesia y separar a ésta del Estado. Esto
constituyó el golpe más duro a la Iglesia
dependiente del Vaticano.
Las concesiones otorgadas por Díaz al clero
vaticanista fueron mal recibidas por amplios
sectores de la población. Los retrocesos en las
leyes de reforma fueron siempre rechazadas por
la tradición jacobina de grupos numerosos de la
clase política.
Al aliarse la Iglesia con la contrarrevolución
huertista se ganó el odio del movimiento
revolucionario en sus dos vertientes: el ala
constitucionalista y el ala campesina del norte.
Rius Facius narra en forma clara y concisa cómo
los avances revolucionarios implicaron siempre,
en todas las condiciones, golpes muy severos a
la contrarrevolución clerical. Obregón,
Alvarado, otros caudillos constitucionalistas y
Villa, al ocupar las poblaciones, le imponían al
clero contribuciones forzosas, expulsaban a los
curas extranjeros y convertían a los templos y
conventos en escuelas, hospitales y cuarteles.
Nada de ello es extraño. Toda revolución
democrático-burguesa profunda, implica necesaria
y forzosamente propinarle golpes a la reacción
clerical. Las revoluciones francesa y española
son ilustrativas al respecto. De ahí que la
legislación anticlerical aplicada por el nuevo
régimen no sólo era respuesta a las presiones de
la contrarrevolución ensotanada y a la decisión
de desorientar a las masas, sino que arrancaba
de profundas raíces históricas.
De acuerdo con las exageradas estadísticas de la
Liga Defensora de la Libertad Religiosa, el 29
de diciembre de 1927 sus fuerzas se encontraban
en la siguiente situación:
5. Actualmente hay en todo el país, bien armados,
aunque escasamente municionados, dieciocho mil
hombres, por lo menos. Pueden ser controlados
perfectamente. Habrá que agregar a éstos, siete
mil más que no están suficientemente armados y
que no es posible controlar con facilidad, por
su pequeñez y por su aislamiento.
Estas fuerzas están distribuidas de la siguiente
manera:
Costa de Michoacán, dominada por los
libertadores, con no menos de siete mil hombres,
al mando de Navarro Origel. Tiene un cuarenta
por ciento de armamento nuevo quitado al enemigo.
Más al centro del mismo estado, en la región de
Zamora y Yurécuaro, unos mil hombres.
Colima, Jalisco, Nayarit y parte de Zacatecas,
más de diez mil hombres.
Norte de Zacatecas, quinientos.
Aguascalientes, quinientos.
Guanajuato, no menos de ochocientos.
Estado de México, por lo menos un (sic) mil
quinientos.
Se combate en los estados que se han citado y en
los de Durango, Tlaxcala, Oaxaca, San Luis
Potosí, Puebla, Morelos, Veracruz, Sinaloa,
Hidalgo y Guerrero. Total, diecisiete estados.
(24)
La rebelión de los cristeros jamás logró poner
en serio peligro la estabilidad del nuevo
régimen. Al contrario: su derrota facilitó en
1929 la constitución del Partido Nacional
Revolucionario, padre del Partido de la
Revolución Mexicana y abuelo del Partido
Revolucionario Institucional. Un historiador
norteamericano afirma:
Para entender el nacionalismo católico en
México, es necesario distinguir entre la Iglesia,
el clero, y el partido clerical... La Iglesia
era urbana en primer lugar y los fieles
pertenecían a las clases media y superior. La
gran masa rural que se decía católica únicamente
había adoptado a los santos como sustitutos de
antiguas deidades y no entendía el conflicto
nacional entre la Iglesia y el Estado... En
general la gran masa de católicos mexicanos no
se conmovía a menos que viera amenazados a sus
santos patronos. El clero se había separado de
la masa de los católicos mexicanos... Los
sacerdotes vivían, en su mayoría, en las grandes
ciudades o en las haciendas y eran a menudo
serviles en sus atenciones a los feligreses
ricos. Como resultado de esto, la mayoría de los
católicos mexicanos, pobres y humildes, había
perdido todo contacto con el clero. (25)
Michaels deja en claro la base social real de la
rebelión reaccionaria. Las posiciones de los
jefes del movimiento cristero, expuestas con
aires de heroísmo fingido en múltiples obras de
las editoriales Jus y Tradición, son
absolutamente subjetivas y pedantes. El
levantamiento contrarrevolucionario estaba
ineluctablemente condenado a la derrota.
La institucionalización del Ejército
OTRO PROBLEMA SERIO en el camino de la
estabilización política del país fue la
institucionalización del ejército. Los generales,
sobre todo los jefes de operaciones militares en
las diversas zonas en que se dividía la
República, eran auténticos caciques. La
necesidad de profesionalizar e institucionalizar
al Ejército condujo al régimen caudillista
revolucionario a suprimir contingentes
considerables de tropas en activo y a maniatar y
corromper al generalato. La tarea no fue
sencilla. Incluso jefes que no tenían
posibilidades de acceder a ocupar las riendas
del poder hicieron intentos por levantarse en
armas.
Muchos generales, en distintos puntos del país y
en distintas fechas, fueron fusilados por tratar
de romper la paz pública. Los fusilamientos y
asesinatos menudearon.
La rebelión más importante en la posrevolución
fue la de Adolfo de la Huerta. Lorenzo Meyer
señala:
La rebelión encabezada por el expresidente
provisional y ministro de Obregón, Adolfo de la
Huerta, al finalizar el año de 1923, se debió a
la inconformidad de una parte del grupo en el
poder con la decisión de Obregón de dejar a
Calles como su sucesor. Ciento dos generales al
mando del 40% de los efectivos del ejército se
enfrentaron al gobierno central. En marzo de
1924, el levantamiento estaba aplastado. Un
elemento del triunfo de Obregón fue la
participación de 10,000 efectivos agraristas a
su lado. Con la eliminación de un contingente
militar tan sustancial y la capacidad de
movilizar grupos populares en su apoyo, la
posición del gobierno central se fortaleció.
(26)
Enorme importancia tiene el hecho de que para
derrotar a los alzados delahuertistas el
gobierno de Obregón haya tenido la necesidad de
movilizar a las masas no sólo campesinas, lo
cual indica Meyer, sino a las obreras. La
movilización de los trabajadores industriales --como
analiza Fabio Barbosa-- fue superior a la
efectuada en 1915. La intervención de las masas
en la lucha contra la asonada de De la Huerta le
imprimió al conflicto el sello de las
reivindicaciones obreras y campesinas.
El Partido Comunista, entendiendo el peligro que
representaba la posibilidad de triunfo de los
delahuertistas, apoyó al gobierno de Obregón y
participó en contra de los alzados reaccionarios.
Ello explica la caída de algunos militantes del
PCM. En el Manifiesto a la nación del 23 de
julio de 1927, Francisco Serrano, candidato del
Partido Nacional Revolucionario a la presidencia
de la República, exponía como programa:
Protección al capital: sin protección
escrupulosa al capital, es insensato esperar que
el extranjero venga, ni el propio abandone sus
escondites, y, sin ese factor, nuestra decantada
riqueza seguirá siendo un mito, pero no realidad
tangible y vital...
El petróleo y su legislación: la naturaleza nos
dotó con una de las riquezas más apreciadas, el
petróleo; pero no poseemos los capitales que son
necesarios para descubrirlo, refinarlo,
exportarlo, y transportarlo; ni aun teniéndoles
deberíamos de rehusar el concurso de
asociaciones y personas que traten de obtener
una ganancia legítima. (27)
Los opositores de Obregón eran unos aventureros
e irresponsables. El 14 de agosto de 1927,
Arnulfo R. Gómez afirmó en Torreón: “...pero si
el voto popular sale burlado, no nos queda más
recurso que el que el mismo Obregón empleó en
1920: las armas...” (28)
La derrota posterior de Gómez y Serrano, se dio
prácticamente sin grandes riesgos. Para ser
precisos, en realidad no hubo tal levantamiento.
Los aspirantes a alzados cayeron en una burda
provocación y fueron pasados por las armas. Con
su derrota quedó allanado el terreno para
institucionalizar la vida política. El asesinato
de Álvaro Obregón, en 1928, confuso en más de un
aspecto, cerró con broche de oro la situación al
dejar sólo a un jefe de jefes: Plutarco Elías
Calles. El país se enfiló por nuevos rumbos: el
caudillismo revolucionario pasó a mejor vida.
Con Calles como líder indiscutible de la familia
revolucionaria, el maximato nació y se abrió
paso.
Notas
(1) José C. Valadés, Historia del pueblo
mexicano, t. III, México, Ed. Mexicanos Unidos,
1967, p. 113.
(2) Francie R. Chassen de López, Vicente
Lombardo Toledano y el movimiento obrero
mexicano. 1917-1940, México, tesis, FFL UNAM,
1975, p. 65.
(3) John E. Fagg, Historia general de
Latinoamérica, Madrid, Taurus, 1970, pp.
772-773.
(4) Anatoli Shulgovski, México en la
encrucijada de su historia, trad. de Armando
Martínez V., México, ECP, 2ª ed., 1972, pp.
38-41.
(5) Bertha Lerner de Sheinbaum y Susana
Ralsky de Cimet, El poder de los presidentes.
Alcances y perspectivas (1910-1973), México,
IMEP, 1976, pp. 59-60.
(6) Jacques Pirenne, Historia universal, t.
VII, México, Ed. Cumbre, 12ª ed., 1976, p. 255.
(7) Jean-Baptiste Duroselle, Política
exterior de los Estados Unidos de Wilson a
Roosevelt (1913-1945), trad. de Julieta Campos,
México, FCE, 1965, pp. 190-191.
(8)
Historia Universal, t. II, trad. de Arnaldo
Azzati, Moscú, Ed.
Progreso, 1977, pp. 210-211.
(9) Jacques Lambert, América Latina.
Estructuras sociales e instituciones políticas,
Barcelona-Caracas, Ed. Ariel, 1964, p. 336.
(10) Elías Barrios, El Escuadrón de Hierro,
México, Ed. Popular, 1938, pp. 21-22.
(11) F. R. Chassen, Vicente Lombardo..., p.
30.
(12) Fabio Barbosa, La CROM (De Luis N.
Morones a Antonio J. Hernández), mecano, pp.
291-292.
(13) Citado en Miguel Rodríguez Macías, Los
tranviarios del Distrito Federal en el periodo
presidencial de Álvaro Obregón, México, tesis,
FFL UNAM, 1978.
(14) Tulio Halperin Donghi, Historia
contemporánea de América Latina, Madrid, Alianza
Ed., 4ª ed., 1975, p. 322.
(15) Leafar Agetro, Las luchas proletarias en
Veracruz. Historia y autocrítica, Jalapa, Ed.
Barricada, 1942, p. 115.
(16) Gerardo Peláez, “José Guadalupe
Rodríguez”, en Oposición, núm. 284, 10-16-V-79,
p. 8.
(17) Nicolás Larin, La rebelión de los
cristeros, México, Ed. Era, 1965, p. 91. La
caracterización de reacción clerical-feudal,
naturalmente, es errónea.
(18) Alejandra Lajous Vargas, Orígenes del
unipartidismo en México, México, tesis, FFL UNAM,
1975, p. 18.
(19) J. Pérez Lugo, La cuestión religiosa en
México, México, Publ. del Centro Cult.
Cuauhtémoc, 1926, p. 379.
(20) Elena Rubio, Aportación al estudio
histórico de las relaciones entre la Iglesia
católica y el Estado mexicano, durante los
gobiernos de Obregón y Calles, México, tesis,
FFL UNAM, 1963, p. 99.
(21) Citado en Juana Marisela Connelly
Ortiz, México, China y la Tercera Internacional,
México, tesis, FFL UNAM, 1975, pp. 48-49.
(22) Nathaniel y Silvia Weyl, “La reconquista
de México (Los días de Lázaro Cárdenas)”, en
Problemas Agrícolas e Industriales de México,
vol. VII, núm. 4, oct.-dic. de 1955, p. 210.
(23) Alicia Olivera S., Aspectos del
conflicto religioso de 1926 a 1929. Sus
antecedentes y consecuencias, México, tesis, FFL
UNAM, 1963, pp. 199-200.
(24) Memorias de Jesús Degollado Guízar.
Último General en Jefe del Ejército Cristero,
México, Ed. Jus, 1957, pp. 261-262.
(25) Albert L. Michaels, “El nacionalismo
conservador mexicano desde la revolución hasta
1940”, en Historia mexicana, vol. XVI,
octubre-diciembre de 1966, núm. 2 (62), p. 216.
(26) Lorenzo Meyer, “El Estado mexicano
contemporáneo”, en Historia mexicana, vol.
XXIII, abril-junio de 1974, núm. 4 (92), p. 728.
(27) María Elena Aragón Benítez, La campaña
presidencial de 1927. Apuntes para la historia
del antirreeleccionismo en México, tesis,
México, FFL UNAM, 1963, p. 74.
(28) Gustavo Casasola, Historia gráfica de la
Revolución mexicana. 1900-1960, t. III, México,
Ed. Trillas, 5ª reimpr., 1970i, p. 1808.
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