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(Transcripción
de audio grabado)
Compañeros y
compañeras:
Permítanme
hacerles llegar el más cariñoso y fraterno
saludo de nuestro presidente Evo Morales,
presidente que ha seguido paso a paso este
encuentro continental, que ha vibrado con
ustedes en cada uno de los debates, y que por
razones de un trabajo muy complicado que todavía
está pendiente de negociaciones y de temas que
tienen que ver con petróleo y minería no pudo
venir acá. Pues les ha mandado un saludo
fraterno, cariñoso y agradecido a todos ustedes.
Permítanme
reflexionar tres puntos con ustedes: el tema de
cómo salir del neoliberalismo, el tema del
Estado y los movimientos sociales y el tema del
socialismo.
Nuevamente en
el continente, desde hace unos cinco a siete
años, lentamente los pueblos, la gente digna, la
gente trabajadora, la gente humillada ha
comenzado a levantar procesos de movilización,
procesos de lucha y de enfrentamiento contra lo
que llamamos neoliberalismo. No cabe duda de que
el componente latinoamericano es la vanguardia
de la lucha contra el régimen neoliberal que se
ha consolidado y que se ha ido implantando en
los últimos veinticinco años en el mundo entero.
Parafraseando a
Marx, se puede decir que el fantasma del
antineoliberalismo o del posneoliberalismo
recorre el continente, desde Oaxaca, en México,
hasta Tierra del Fuego, en Chile; pasando por
Venezuela, Ecuador, Brasil, Bolivia, etcétera.
Es el continente también que está a la
vanguardia de la reflexión y de la movilización
planetaria: ¿cómo salimos del neoliberalismo?,
¿qué viene después del neoliberalismo?
Y para
escudriñar qué es lo que viene después del
neoliberalismo, por qué estamos luchando, es
importante recordar los tres o cuatro grandes
puntos centrales de lo que es, de lo que sigue
siendo el neoliberalismo.
En primer
lugar, neoliberalismo significa un proceso de
fragmentación, de disgregación de las
estructuras, de las redes de apoyo, de
solidaridad y de movilización de los pueblos. En
el mundo entero –Europa, América Latina, Asia–,
el neoliberalismo se ha consolidado a medida que
ha ido pulverizando, descuartizando,
fragmentando al viejo movimiento obrero, al
antiguo movimiento campesino, al antiguo
movimiento barrial que se formó desde los años
cincuenta, desde los años ochenta.
La
fragmentación de la sociedad, su división
interna, la destrucción de sus redes de
solidaridad, de su tejido de asociación es lo
que ha permitido la consolidación del régimen
neoliberal.
En segundo
lugar, el neoliberalismo se ha consolidado, o
avanzó, imponiéndose en el mundo mediante la
privatización, mediante la apropiación privada
de las riquezas colectivas, de los bienes
públicos –llámese empresas del Estado, llámese
ahorros públicos, llámese tierra, llámese fondos
de pensiones, llámese bosques, llámese
minerales–. El neoliberalismo se consolidó
privatizando esos recursos.
En tercer
lugar, el neoliberalismo se implantó
“gibarizando” el Estado, empequeñeciendo el
Estado; en la medida en que el Estado es –mal
que bien– cierta idea de lo común, de lo
colectivo, el neoliberalismo tenía que destruir
esta idea del Estado como colectivo, como común,
para implantar un tipo de corporativismo de
Estado que se fue apropiando y usufructuando de
las riquezas colectivas muchas veces acumuladas
por dos, por tres, por cuatro o por cinco
generaciones.
En cuarto
lugar, el neoliberalismo se implementó
expropiando la participación del pueblo,
reduciendo la democracia al acto ritual de poner
un voto cada cuatro años, pero donde las
decisiones ya no radicaban en el ciudadano, en
el votante, sino en pequeñas roscas, pequeñas
elites de políticos que se arrogaban la
representación del pueblo.
Cuatro entonces
fueron, cuatro son los pilares del
neoliberalismo: fragmentación de los sectores
laborales y de trabajadores, de sus
organizaciones; privatización de los recursos
públicos; empequeñecimiento del Estado, y
exportación o anulación de la verdadera
participación de la gente en la toma de
decisiones.
Si ésos son los
cuatro puntos, los cuatro pilares del
neoliberalismo que tanta pobreza, tanta
marginación y tanta desgracia han creado en el
país, entonces claramente hay que desmontar esos
cuatro pilares y sustituirlos por otras
estructuras, por otros mecanismos que le
devuelvan a la sociedad, que les devuelvan a las
patrias, que le devuelvan a la gente común,
sencilla y trabajadora el derecho a decidir su
destino.
En lo que se
refiere a la fragmentación social, Bolivia es el
ejemplo; pero también podemos mirar Ecuador,
podemos mirar México, podemos mirar Argentina.
La mejor forma de haber luchado y de estar
luchando contra el neoliberalismo es mediante la
consolidación de movimientos sociales, de redes
populares, de organizaciones autónomas, de
hombres y de mujeres, y de jóvenes y de obreros,
de campesinos y de indígenas, de profesionales y
de estudiantes. La organización, el
restablecimiento de la sociedad civil, popular,
indígena, campesina, es el primer pilar para ir
desmontando el régimen neoliberal. En
particular, los sectores que más duramente
fueron golpeados en estos últimos veinticinco
años: clase trabajadora, obrera; sectores
indígenas, campesinos y jóvenes, fragmentados,
debilitados, marginados, abusados en sus
derechos. Hoy, la tarea de reconstruir nuevas
formas de organización obrera que correspondan
al tipo de trabajo fragmentado de la producción
que ya no se concentra en grandes centros
productivos, la organización de estructuras
campesinas e indígenas en torno a la defensa de
sus derechos de reapropiación de la tierra, la
movilización de los jóvenes en pos del derecho a
la ciudadanía real, para que ya no se conviertan
en exiliados económicos del continente en Europa
o en Estados Unidos. Ese tipo de trabajo (la
reconstrucción desde abajo, desde la base), es
la primera gran tarea, la primera gran labor que
tenemos que emprender para ir desmontando el
régimen neoliberal.
Acá, en
Bolivia, hemos dado pasos en ese sentido y nos
sentimos muy contentos, y miramos al mundo de
una manera sencilla, de una manera humilde para
ofrecer un conjunto de experiencias en este
proceso de rearticulación del tejido social;
quizás ya no por centro de trabajo, sino de base
territorial, en torno a temas muy específicos:
agua, tierra, hidrocarburos. Son las necesidades
vitales, básicas, los puntos de unificación que
tienen que ser gatillados para construir nuevas
redes de agrupaciones obreras, campesinas,
indígenas y populares que han sido desmontadas
los últimos veinticinco años.
En segundo
lugar, luchar contra el neoliberalismo es volver
a socializar la riqueza colectiva, es volver a
entregar a sus verdaderos dueños lo que siempre
fue de todos y que en las últimas décadas fue
privatizado por pequeñas roscas familiares. Y
eso significa recuperar recursos naturales,
hidrocarburos, agua, tierra, bosques. Solamente
mediante un proceso de reapropiación social de
la riqueza que es común a todos podremos ir
desmontando el núcleo del neoliberalismo. Las
experiencias que recorren el continente y en
particular nuestra Bolivia, muestran que ése es
el camino que la gente, la gente de a pie, la
gente de base ha ido pensando y reflexionando de
manera directa y autónoma. Acá en Bolivia, los
grandes mecanismos de movilización fueron la
defensa de la hoja de coca, la defensa del agua,
la defensa de la tierra y la defensa de los
hidrocarburos. En torno a esos ejes, la sociedad
volvió a recuperar confianza; en torno a esos
ejes, la sociedad volvió a recuperar capacidad
de movilización; construyó liderazgos, construyó
redes que unificaban ciudad y campo. Y ha sido
gracias a ello que ahora podemos decir que en
Bolivia tenemos un gobierno de movimientos
sociales.
El tercer mecanismo de lucha contra el neoliberalismo tiene que ir por
un potenciamiento del Estado. ¿Por qué el
Estado? ¿Por qué en este momento se hace
importante un repotenciamiento del Estado?
Porque a través del Estado uno puede
posesionarse de mejor manera en un contexto
internacional adverso, de regímenes políticos
transnacionales o de empresas extranjeras que
tienen más poder económico, más poder político
que dos, que tres o que cuatro Estados juntos.
La consolidación de un Estado fuerte en lo
económico, fuerte en lo político, fuerte en lo
cultural permite a los movimientos sociales un
escudo de protección, un blindaje internacional
que ha de permitir la expansión de las luchas
sociales. Reforzar el Estado, pero no en el
sentido del viejo capitalismo de Estado, que fue
también una forma de privatización de los
recursos públicos. Tiene que ser un
potenciamiento del Estado subordinado,
permanentemente controlado y atravesado por la
impronta, por la insurgencia, por la actividad
de los movimientos sociales, que son la única
manera de que ese Estado no sea una coartada de
nuevos empresarios o de nuevos privatizadores.
Y un cuarto
punto de esta lucha contra el neoliberalismo es
el despliegue, es la innovación de múltiples
maneras de democracia; es decir, de asumir en
las manos de uno el control de su destino.
Democracia no es solamente colocar un voto cada
cuatro años; democracia es tener capacidad de
participar en lo que sucede en el país: desde lo
que va a pasar con la inversión de un municipio
hasta definir si se firma un contrato petrolero
o no se firma. Y en América Latina tenemos
experiencias múltiples de democracia de base: en
nuestras comunidades indígenas, en nuestros
barrios populares, en las zonas obreras, entre
los desocupados, hay múltiples gérmenes de
democracia real, de democracia directa, de
democracia comunitaria, de democracia
participativa. Y éstos tienen que ser los
escenarios de desarrollo, de iniciativas, de
propuestas, de conquista de derechos. Porque
solamente con la gente peleando por sus
derechos, se podrá obtener la legalidad y la
legitimidad de los derechos consagrados luego en
los Estados y en las leyes.
Cuatro,
entonces, son los pilares a desplegarse
incesantemente en esta lucha contra el
neoliberalismo: múltiples formas de democracia
(comunitaria, directa, participativa;
articuladas territorialmente, que sean el
núcleo, la base de la democracia en nuestras
sociedades); recuperación de nuestras riquezas
colectivas para un control nuevamente por la
sociedad; potenciamiento de un Estado
subordinado a la sociedad que le permita
ubicarse mejor en el contexto internacional, y
procesos crecientes de unificación de
movimientos sociales (de campo-ciudad, de
indígenas y campesinos, de obreros jóvenes y
obreros viejos, de desocupados y de sin techo,
de sin tierra y asalariados).
Si esos cuatro
pilares los vamos desplegando gradualmente, no
tengo la menor duda de que el llamado
posneoliberalismo o la sociedad que está más
allá del neoliberalismo habrá de consolidarse
inicialmente en el continente; y de ahí, si
tenemos la suficiente fuerza y capacidad,
irradiar a otros continentes. América Latina
está a la vanguardia de la construcción, del
debate y la organización de sociedades
posneoliberales.
Pero aquí surge
una pregunta que está implícita en el nombre
mismo del encuentro: ¿cómo trabajar la relación
entre Estado y movimiento social? Porque parece
algo contradictorio. Estado por definición, es
concentración de decisiones; por definición,
Estado es monopolio de decisiones. Y movimiento
social, por definición, es expansión de
decisiones, socialización de decisiones. Ésta es
una tensión que tenemos que afrontar, y
solamente la práctica resolverá cómo avanzamos
en ello: Estado como concentración, movimiento
como socialización, son una tensión permanente.
Y les hablo de la experiencia de nuestro
gobierno. Permanente tensión entre decisiones de
los movimientos sociales –desde la selección de
una persona para la burocracia estatal hasta la
elaboración de una ley–. Pero, por otra parte,
necesidad de tomar decisiones que puedan ser
ejecutadas e impuestas sobre el resto opositor
de la sociedad. Éste es un viejo debate que se
remonta a la Comuna de París, que es retomado por los soviets de Lenin, que es
retomado por los consejos húngaros que hubo en
Europa, y que aquí en Bolivia tiene una larga
experiencia, desde Catavi, desde el 52, y que
ahora se vuelve a repetir: cómo construir un
Estado dirigido y liderado por movimientos
sociales pareciera contradictorio. Pero no. Es
quizás en esta tensión entre socialización y
concentración, concentración, monopolio de
decisiones y democratización de decisiones por
la que las revoluciones del siglo XXI tienen que
avanzar en las siguientes décadas.
Los movimientos
sociales aquí tienen una gran responsabilidad;
porque de resolverse esta tensión, desde América
Latina podríamos postular y proponer a otros
movimientos sociales en el mundo.
El debate hasta
el año 2003 fue: los movimientos sociales no
entran en el Estado. O era el debate de la vieja
izquierda: el Estado tiene que estar solamente
controlado por un partido, al margen de los
movimientos sociales. El siglo XXI pareciera
hacer marcar, a partir de nuestra experiencia
como latinoamericanos, otra ruta: tensión
permanente, dialéctica permanente entre Estado y
movimientos sociales, entre socialización y
concentración.
Y aquí los
movimientos sociales tienen el siguiente reto:
cómo lograr liderazgo social. Porque no basta
entrar al Estado y tomar decisiones. Para que
estas decisiones se legitimen, tienen que contar
con el respaldo de otros sectores sociales, que
no son movimientos sociales o que no son obreros
o que no son indígenas. Y en Bolivia, para
nuestro movimiento indígena está ese reto: cómo
lograr seducir, cómo lograr conquistar, cómo
lograr atraer a las clases medias que no están
organizadas, cómo lograr atraer a los sectores
profesionales que no están movilizados, cómo
atraer al noventa por ciento de la sociedad.
Si eso lo
logramos –compañera Silvia–, si eso lo logramos,
el éxito será garantizado; porque no solamente
será un gobierno de movimientos sociales sino
que habrá sido un Estado de movimientos sociales
con la capacidad de articular, de unir a la
Patria en su conjunto, a la sociedad en su
conjunto.
Queda el tema:
¿qué tiene que ver una lucha contra el
neoliberalismo, o qué tiene que ver el
posneoliberalismo con el socialismo? ¿Es ya, de
entrada, el posneoliberalismo un socialismo? Ése
es otro debate entre movimientos sociales, entre
intelectuales, entre líderes. Es un debate
también en el interior de nuestro gobierno.
Está claro que
el socialismo, entendido como una sociedad de
felicidad donde la gente recupera el control de
sus decisiones económicas, culturales y
políticas de manera comunitaria no es algo que
se construye ni en un año ni en diez ni en
cincuenta ni algo que se define por decreto. Ese
socialismo está anidado en las luchas contra el
neoliberalismo. Y los revolucionarios, lo que
tenemos que hacer, es potenciar esas tendencias
que están presentes no en el papel, en los
hechos prácticos. En el caso de nuestra
sociedad, hay que potenciar la capacidad de
organización de las comunidades indígenas,
asediadas, golpeadas, fragmentadas por el
colonialismo, pero que internamente tienen un
potencial de comunitarización de la riqueza, de
la producción, del uso de la tierra, del agua,
de la técnica y de los materiales. Es deber de
los revolucionarios potenciar, en esta lucha
contra el neoliberalismo, esta tendencia de una
sociedad socialista que en el fondo es
reapropiación colectiva, social, de nuestras
riquezas. En nuestras comunidades indígenas, que
hay en México, que hay en Ecuador, que hay en
Guatemala, que hay en Chile, que hay en Bolivia,
que hay en el Perú, está anidado este potencial.
Y hay que despertarlo, hay que impulsarlo, hay
que expandirlo como una propuesta que vaya más
allá del simple posneoliberalismo.
Pero también se
requiere otras dos cosas. El viejo movimiento
obrero de sindicato de gran empresa ha
desaparecido, pero no ha desaparecido la clase
obrera. Hay más obreros que antes. La mayoría
mujeres, jóvenes sin sindicato, sin asociación,
sin derechos, fragmentados en pequeños talleres
dispersos. Es deber de los revolucionarios este
proceso de rearticulación de un nuevo movimiento
obrero, con nuevo discurso, compuesto por
mujeres y jóvenes que tienen otro tipo de
perspectivas, que hay que agruparlos por
barrios, por oficio y ya no como empresa. Porque
ahora cinco trabajan aquí, diez allá, veinte
allí, treinta más allá; no forman una comunidad
compacta. Hay que inventar mecanismos de
repotenciamiento de un fuerte movimiento obrero
continental; porque pareciera ser que en el
continente latinoamericano, la unión virtuosa
del movimiento indígena campesino más un nuevo
movimiento obrero pudiera generar la
potencialidad social real de un socialismo del
siglo XXI en el continente.
Quedan
entonces, compañeros y compañeros, muchas
tareas. Y estas tareas uno las emprende en su
país, en su barrio, en su sindicato, en su
universidad. Pero la lucha de uno es
insuficiente. La lucha de una persona o de un
barrio o de una región o de una provincia o de
un departamento o de un solo país no es
suficiente. Porque el neoliberalismo, y más aun
el capitalismo, es una estructura planetaria; y
la única manera de superar a una estructura
planetaria es mediante otra estructura
planetaria, mediante luchas planetarias que se
expandan en la reivindicación de derechos, de
necesidades.
La presencia de
ustedes acá nos regocija, no estamos solos. Y
les agradecemos por venir acá a nuestra patria,
a decirnos: “bolivianos, no están solos”. Muchas
gracias por venir acá.
Sepan todos que
la lucha de ustedes es también la nuestra.
Nosotros sabemos que no habremos de triunfar si
usted no triunfa, o si usted no triunfa, o si
usted no triunfa. O ganamos todos o perdemos
todos. Es el designio del siglo XXI. Y por eso
–lo que dice la compañera–, estamos obligados,
para poder ganar donde estemos, a globalizar las
luchas. Y ahí tiene que haber una articulación
de movimientos sociales y de Estados
progresistas que permitan seguir expandiendo los
lazos de solidaridad.
Y es muy
importante, compañeros, que entendamos sus
luchas; es muy importante que ustedes estén aquí
y nos enseñen lo que están haciendo: qué está
pasando en el Ecuador, qué pasa en la Argentina,
qué pasa en México, qué pasa en Francia.
Necesitamos aprender. Y no solamente unos
cuantos intelectuales que podamos compartirlo.
Hoy ésta es una obligación, una necesidad de
cada campesino, de cada indígena, de cada obrero
ansioso de aprender de ustedes y ansioso también
de colaborar en las cosas que vienen haciendo.
Compañeras y
compañeros, a nombre de nuestro presidente de la
república, a nombre nuestro, agradecemos su
presencia acá.
Les pedimos que
no nos abandonen; y tengan la seguridad que
nosotros tampoco los abandonaremos en cada una
de sus iniciativas, en cada una de sus luchas,
en cada una de sus victorias.
Muchas gracias.
Se dirige a
Silvia Lazarte, presidenta de la Asamblea
Constituyente de Bolivia. |