Movimiento de los Comités Revolucionarios
             

 Congreso Centroamericano y I Congreso Nacional de Sociología
“Tras las huellas del futuro: los procesos de reconfiguración de los países de Centroamérica en el nuevo siglo.”
Antigua Guatemala, 23 – 27 de octubre 2006
 

 

Rebelión y genocidio en Guatemala

Pablo Ceto[1] 

El tema que hoy nos reúne en este espacio, rebelión y genocidio, de alguna manera, resume una de las características más importantes de la historia de Guatemala que inicia a partir de la invasión castellano española en 1,524.  Es una historia llena de motines, levantamientos y rebeliones indígenas contra la esclavitud, el despojo, la represión, el exterminio y el genocidio.

Después de la confrontación militar desigual durante la invasión a partir de 1,524, uno de los periodos de mayor sublevación indígena contra la esclavitud, la opresión cultural y la imposición de la religión católica, fue el que antecedió a la llamada independencia de 1,821.  Numerosas sublevaciones indígenas sucedieron durante ésa época encabezadas por dirigentes mayas como Manuel Tot, capturado, salvajemente torturado y asesinado por el régimen colonial alrededor de 1,815.  Entre los levantamientos más conocidos está el encabezado por Atanasio Azul y Lucas Aguilar en Totonicapán en 1,820.  Toda esta batalla histórica maya contra el despojo y la esclavitud colonial, la aprovecharon los hijos criollos de los invasores convertidos en ricachones terratenientes para llevar a sus bolsillos los tributos y la riqueza que antes enviaban a la metrópoli española.

Durante el mismo siglo, el gobierno liberal de 1,871 acentuó el despojo de las tierras comunales para convertirlas en grandes fincas de café, puso al Estado al servicio del cultivo y la exportación del café y arraigó la mentalidad de desprecio racista hacia los pueblos indígenas impulsando políticas de destrucción de la cultura indígena, como la conversión del indígena en ladino por decreto.  Esto explica la visión racista de algunos intelectuales de principios del siglo pasado que sostuvieron que había que “traer sangre azul de Europa” para mejorar genéticamente a los indígenas de Guatemala.

Hacia principios del siglo pasado, el proceso creciente de explotación, trabajo forzado de los sectores populares y campesinos empobrecidos y, la dictadura ubiquista en los años 30, llevó a importantes sectores urbanos, profesionales, estudiantiles, democráticos y un importante grupo de oficiales progresistas del ejército a un levantamiento para derrocar al Gobierno de Ubico e iniciar la revolución democrática de 1,944 abriendo de nuevo la posibilidad de cambio de la situación colonial. 

10 años después, en 1,954 la intervención norteamericana interrumpió las transformaciones estructurales en marcha y cerró toda posibilidad política de buscarle solución a los problemas nacionales.  La sistemática y cruel persecución del Estado guatemalteco se ensañó contra las comunidades campesinas e indígenas, maestros y líderes agraristas revolucionarios. 

Esta situación llevó a las comunidades indígenas a retornar y profundizar el camino de la resistencia maya acumulada y fraguada en cada momento de la historia de la explotación y opresión colonial.  Así, cuando hubo que aceptar la cruz católica se aceptó y se guardó la espiritualidad maya.  Cuando hubo que aguantar los repartimientos y las encomiendas se preservó la vida y la esperanza.  Cuando se impuso las Mayordomías españolas en forma de cofradías, las comunidades mayas las practicaron y las convirtieron en una estructura que guardó durante largo tiempo tradición, pensamiento y sabiduría ancestral maya.  Cuando robaron las tierras comunales para convertirlas en fincas de café, las comunidades mayas le arrancaron a las sagradas montañas su vida y su futuro.  Y cuando hubo que levantarse frente la opresión y dominación colonial, se hizo cientos de veces, en muchos casos con resultados como el fusilamiento de los 7 Principales Ixhiles de Nebaj en 1,936, resultados a los cuales siempre se sobrepuso la decisión de seguir buscando la construcción del nuevo amanecer para las futuras generaciones.

Sobre ése sustrato de la resistencia maya arraigada y madurada desde 1,524, en los años siguientes a la intervención norteamericana de 1,954 se fue hilvanando un movimiento social y democrático constituido principalmente por estudiantes, maestros, sindicalistas, organizaciones campesinas y sectores progresistas del ejército que buscó retomar el camino de la revolución democrática.  Con este propósito y la meta inmediata de derrocar al gobierno de Idígoras Fuentes en 1,960 a través de un alzamiento de oficiales jóvenes del ejército, se inició el proceso de lucha armada en  Guatemala que, en su desenvolvimiento, fue dando lugar a la configuración de un proyecto revolucionario de transformación estructural desde una formación ideológico política esencialmente marxista leninista.

La lucha revolucionaria de la década de los años 60, fue desarticulada por la represión gubernamental a mediados de ésa década, por ello, no alcanzó las metas que se propuso ni concluyó con el proceso iniciado, pero favoreció el esparcimiento de las semillas de la revolución guatemalteca en las comunidades rurales sobre el terreno fértil de la resistencia maya, que éstas penetraran al corazón de las luchas campesinas indígenas contra la explotación y el trabajo forzado en las fincas y, mostraran una alternativa de cambio ante los sectores sociales y populares, las ligas campesinas, la acción católica, las cooperativas y otras formas de organización social y política, a las que el Estado les había cerrado las puertas bajo el alto mando del ejército.

Evidentemente, las semillas del proyecto revolucionario guatemalteco encontraron un terreno fértil en el descontento y la movilización popular y en la resistencia indígena.  Ello explica que, a pesar de la derrota del movimiento insurgente guerrillero revolucionario en la década anterior, en los años setenta éste resurge, recupera su iniciativa, se extiende y tiene importantes grados de generalización de la guerra de guerrillas en bastas regiones del país, incluso en la clara disputa de masas, terreno y poder local a finales de la década de los años 70.

Las organizaciones revolucionarias guerrilleras por su lado se habían apertrechado con su estrategia de la guerra popular revolucionaria, sus planos estratégicos, mejores métodos de trabajo con su línea de masas, con una formación político militar en la que cultivaron la capacidad del ser humano por encima de la capacitad de las armas, una mística revolucionaria profunda, entre otros factores, que les permitió conquistar la confianza y participación de importantes sectores de la población guatemalteca y en particular una incorporación masiva de comunidades mayas en distintas regiones del país.

Ahondando en el análisis de la participación masiva de los pueblos indígenas en el proceso revolucionario, en extensas regiones del país, principalmente de los Departamentos de las Verapaces, El Petén, El Quiché, Huehuetenango, San Marcos, Quetzaltenango, Sololá, Chimaltenango, el área central y la franja de la bocacosta encontramos distintas razones que la explican, como son: el objetivo común de cambiar de raíz al sistema colonial, explotador y racista; el mensaje y la actividad revolucionarias que además de estar en los centros urbanos llegó a las montañas del altiplano noroccidental y a las fincas de agroexportación en la costa sur;  los conceptos universales del materialismo histórico y la filosofía dialéctica se encontraran, complementaran y enriquecieran mutuamente con el pensamiento y la cosmovisión maya  dual basada en el respeto a la madre naturaleza, el arte de la guerra aplicada a la guerra de guerrillas y el caudal de experiencias de resistencia de los pueblos indígenas, una profunda mística revolucionaria con el espíritu de resistencia y el sueño del nuevo amanecer indígena y, además que este ejercicio de teoría y práctica revolucionarias se diera en los propios idiomas mayas en distintos frentes guerrilleros.

En este contexto revolucionario, las comunidades Popti, Chuj, Ixhil, K’ich’e, Q’eqch’i, Mam y otras, registran en su memoria histórica la decisión de sus autoridades tradicionales, los Mamines en San Miguel Acatán, los Mama’ y B’aalvatztiixh en la Región Ixil, entre otros, de incorporarse de manera colectiva y comunitaria al proyecto revolucionario como continuación de su resistencia maya de siglos a tras, fue una decisión histórica de los consejos comunitarios mayas.

Con la masiva participación indígena, en distintas regiones del país la lucha revolucionaria guerrillera se insertó en las miles de formas de la resistencia indígena, esta vez, en sus propias montañas, barrancos, bosques y milperíos, desarrollando frente al enemigo común, el ejército y su política de represión y genocidio, la creatividad más grande, de indios y ladinos revolucionarios, hombres y mujeres, para llevar al movimiento guerrillero a sus momentos más álgidos y de mayor fortaleza a finales de los años 70.

Mientras tanto, en el plano de la movilización social, las consecuencias del terremoto del 4 de febrero de 1,976 y la solidaridad que generaron en amplios sectores medios, aumentaron la conciencia popular que se fortaleció con la marcha de los mineros de Ixtahuacán - Huetenango y de los trabajadores del Ingenio Pantaleón y otros en la Costa Sur en 1,977, el surgimiento del Comité de Unidad Campesina –CUC- en 1978, el fortalecimiento del Comité Nacional de Unidad sindical –CNUS- y la constitución del Frente Democrático contra la Represión, hasta llegar a la histórica toma de la Embajada de  España por los campesinos del norte del Quiché el 31 de enero de 1,980 y la huelga en las fincas de la costa sur que subió el salario mínimo de Q1.12 a Q3.20 por jornal de trabajo, en febrero del mismo año.

Todo aquello resultó evidente para el ejército, las elites económicas y terratenientes y por supuesto para el alto mando del ejército.  Para la mentalidad conservadora colonial y racista, las movilizaciones en las carreteras y las huelgas en las fincas de agroexportación encendieron el terror del opresor, el miedo del criollo y el ladino colonial. El levantamiento de los indios era como ver a las piedras y las rocas levantarse y venirse encima de uno, palabras más palabras menos, fueron las expresiones de los finqueros de la costa sur.

Además de esta reacción instintiva del sector terrateniente predominante, por supuesto que privó también el interés de las distintas cámaras empresariales del país, la industria, la banca y el comercio de proteger la riqueza que sus progenitores se habían apropiado desde 1,524, 1,821 y luego en 1,871.  Había que salvar el capital acumulado a partir del despojo de las tierras de los pueblos indígenas, del trabajo forzado de indios en las fincas de café, caña de azúcar y algodón y de la apropiación de los recursos del país a través del control del aparato del Estado.  Siendo herederos del poder colonial y su mentalidad racista no iban a permitir una revolución con clara participación de los pueblos indígenas o el levantamiento indígena en el marco de un proceso revolucionario. 

Dado el contexto internacional y centroamericano, también estaban aterrorizados por el triunfo de la revolución sandinista en 1,979 y el avance del FMLN en El Salvador 

La principal y única reacción que tuvieron los grupos poderosos fue la represión por parte del ejército al servicio de los terratenientes finqueros y una burguesía capitalista incipiente, dependiente, con mentalidad todavía muy conservadora, criolla y racista. 

El ejército tenía que cumplir con su parte: matar indios, ancianos mujeres y niños, más allá de quitarle el agua al pez, los polos de desarrollo, las patrullas civiles, fusiles y frijoles, etc, en bastas regiones mayas claramente seleccionadas por el alto mando del ejército.  El ejército tiene en sus registros más quemas de viviendas y cosechas, violaciones de mujeres, asesinatos de niños y ancianos, aldeas arrasadas y actos de genocidio que combates contra las columnas guerrilleras revolucionarias.  Según el Informe Memoria del Silencio de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de las violaciones de los derechos humanos durante el conflicto armado interno, mas del 80 % de las víctimas de las masacres por parte del ejército la sufrieron las comunidades del Pueblo Maya como resultados de la política de genocidio, tierra arrasada y de muerte aplicada por el ejército de Guatemala[2]

Este es el último holocausto que han sufrido los pueblos indígenas y los sectores populares de Guatemala, que no logró corta el sueño indígena del nuevo amanecer, ni evitar que las comunidades mayas retomen las huellas de su resistencia ni su espíritu de rebelión que les heredaron los antiguos mayas además de su civilización milenaria.

Por ello, desde las propias cenizas del genocidio y la tierra arrasada aplicadas por el ejército de Guatemala, los huérfanos, las viudas y las comunidades indígenas mayas desafiando la muerte y la sangre, retomaron el camino de la resistencia heroica en importantes regiones del país, permitiendo que las semillas de revolución guatemalteca se preservaran y retoñaran en los momentos más difíciles de la represión gubernamental, siendo las Comunidades de Población en Resistencia una de sus expresiones más organizadas.  Sobre esta base creció la emergente movilización social y popular en esos años.  En este contexto, la Comandancia General de la URNG abrió camino al diálogo y la negociación que culminó con la firma de los Acuerdos de Paz el 29 de diciembre de 1,996.

La guerra interna de Guatemala posibilitó la maduración de la conciencia maya de sus combatientes, indígenas y ladinos, de las comunidades indígenas que participaron activamente en el impulso del proyecto revolucionario guatemalteco, de las comunidades indígenas y campesinas que se vieron obligados a abandonar la madre tierra y refugiarse en distintos países de la región y del continente, de los sectores sociales, populares, estudiantiles y democráticos que conocieron el proceso y sufrieron la persecución, represión y las políticas de contrainsurgencia.  Hoy la sociedad guatemalteca habla de pluriculturalidad, empieza a pensar en la construcción de la unidad nacional y de la nueva nación, aunque la mentalidad colonial y la cultura de discriminación racista estén todavía muy arraigadas.

Sin embargo, las heridas del genocidio, la tierra arrasada y el terror militar que el ejército implantó no se han roto, no se han superado, Guatemala quedó herida de muerte, sus hijos e hijas crecieron en el marco de la desinformación, del terror generado por el genocidio, de la ignorancia de su pasado milenario maya y de su pasado revolucionario.  Las elites empresariales, por su lado, se fragmentaron, perdieron el control de la administración del estado y en los últimos años han vuelto a fortalecer el papel del ejército sin que puedan combatir a los grupos de poder paralelo, si es que alguna vez han tenido la intención de combatirlos. 

En el caso de las comunidades indígenas en su horizonte inmediato está la reconstrucción del tejido social roto por el genocidio y la tierra arrasada cometidos por el ejército.   Hoy en distintas regiones del país sigue creciendo el número de organizaciones, comités, asociaciones, entidades de todo tipo de los pueblos indígenas.  Hoy, a diferencia del pasado, la espiritualidad mayas ha ido ayudando a retomar los ejes filosóficos de la resistencia, la fortaleza de la voluntad de los pueblos indígenas de no doblegarse ante los momentos más difíciles, por mas crueles que sean, como los fueron las masacres y el genocidio en tiempos de la invasión de 1,524 o en los años 66 y 67 en el oriente del país, o en los años 80, 81, 82 y 83 del siglo pasado en el altiplano noroccidental de Guatemala.

En numerosas comunidades de distintas regiones mayas principalmente, en base a la cosmovisión maya y a la cohesión social propia de su vida comunitaria, se han empezado a dar pasos importantes en la reconciliación, cada vez hay más patrulleros civiles que confiesan haber sido obligados a cometer violaciones a los derechos humanos obligados por el ejército de Guatemala y hay un esfuerzo comunitario para rehacer la armonía, el respeto, la convivencia, concepción y práctica muy distante de la política gubernamental, tanto del gobierno pasado como el actual, quienes primero pagaron a los patrulleros civiles por la destrucción y las violaciones a los derechos humanos que éstos cometieron obligados por el ejército, pero en el fondo encubriendo a los victimarios y, también ambos gobiernos, tratando de hacer uso electoral de los fondos del programa nacional de resarcimiento que las organizaciones de víctimas definieron en su momento.

Visto desde los tiempos de la experiencia maya, en este proceso de rearticulación de las propias fuerzas, frente las nuevas condiciones que impone la globalización neoliberal, la sociedad guatemalteca, además de la vitalidad de sus organizaciones sociales y gremiales, tiene en los Pueblos Indígenas un recurso inagotable de sed de liberación con una basta experiencia útil de resistencia para que la transición política que abrieron los Acuerdos de Paz avance en la construcción de la democracia plena, la reforma del estado, un modelo económico - social de desarrollo alternativo y, la unidad nacional en base al ejercicio de la cultura, identidad y derechos de los pueblos indígenas.

Muchas gracias 


[1]              Pablo Ceto.  Maya Ixhil.  Militante del EGP integrante de la URNG durante el conflicto armado interno.  Diputado al Congreso de la República de Guatemala en el Periodo Legislativo 2000 – 2004.  Candidato a la Vicepresidencia por URNG en las elecciones generales del 2003.  Miembro del Comité Ejecutivo Nacional – CEN – de URNG.  Co-fundador del Comité de Unidad Campesina –CUC-.  Con estudios universitarios en la Facultad de Agronomía de la Universidad de San Carlos de Guatemala y experiencia de trabajo de acompañamiento a gobiernos municipales, autoridades y comunidades indígenas.

[2]              Según los casos registrados por la CEH, del total de víctimas individuales identificadas el 85.3% fueron mayas, el 14.6% ladinas y otros 0.1%

Page d'Accueil

 

Tout Droit Réservé au MCR-Libye