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Rebelión y genocidio en Guatemala
Pablo Ceto
El tema que hoy nos reúne en este espacio,
rebelión y genocidio, de alguna manera, resume
una de las características más importantes de la
historia de Guatemala que inicia a partir de la
invasión castellano española en 1,524. Es una
historia llena de motines, levantamientos y
rebeliones indígenas contra la esclavitud, el
despojo, la represión, el exterminio y el
genocidio.
Después de la confrontación militar desigual
durante la invasión a partir de 1,524, uno de
los periodos de mayor sublevación indígena
contra la esclavitud, la opresión cultural y la
imposición de la religión católica, fue el que
antecedió a la llamada independencia de 1,821.
Numerosas sublevaciones indígenas sucedieron
durante ésa época encabezadas por dirigentes
mayas como Manuel Tot, capturado, salvajemente
torturado y asesinado por el régimen colonial
alrededor de 1,815. Entre los levantamientos
más conocidos está el encabezado por Atanasio
Azul y Lucas Aguilar en Totonicapán en 1,820.
Toda esta batalla histórica maya contra el
despojo y la esclavitud colonial, la
aprovecharon los hijos criollos de los invasores
convertidos en ricachones terratenientes para
llevar a sus bolsillos los tributos y la riqueza
que antes enviaban a la metrópoli española.
Durante el mismo siglo, el gobierno liberal de
1,871 acentuó el despojo de las tierras
comunales para convertirlas en grandes fincas de
café, puso al Estado al servicio del cultivo y
la exportación del café y arraigó la mentalidad
de desprecio racista hacia los pueblos indígenas
impulsando políticas de destrucción de la
cultura indígena, como la conversión del
indígena en ladino por decreto. Esto explica la
visión racista de algunos intelectuales de
principios del siglo pasado que sostuvieron que
había que “traer sangre azul de Europa” para
mejorar genéticamente a los indígenas de
Guatemala.
Hacia principios del siglo pasado, el proceso
creciente de explotación, trabajo forzado de los
sectores populares y campesinos empobrecidos y,
la dictadura ubiquista en los años 30, llevó a
importantes sectores urbanos, profesionales,
estudiantiles, democráticos y un importante
grupo de oficiales progresistas del ejército a
un levantamiento para derrocar al Gobierno de
Ubico e iniciar la revolución democrática de
1,944 abriendo de nuevo la posibilidad de cambio
de la situación colonial.
10 años después, en 1,954 la intervención
norteamericana interrumpió las transformaciones
estructurales en marcha y cerró toda posibilidad
política de buscarle solución a los problemas
nacionales. La sistemática y cruel persecución
del Estado guatemalteco se ensañó contra las
comunidades campesinas e indígenas, maestros y
líderes agraristas revolucionarios.
Esta situación llevó a las comunidades indígenas
a retornar y profundizar el camino de la
resistencia maya acumulada y fraguada en cada
momento de la historia de la explotación y
opresión colonial. Así, cuando hubo que aceptar
la cruz católica se aceptó y se guardó la
espiritualidad maya. Cuando hubo que aguantar
los repartimientos y las encomiendas se preservó
la vida y la esperanza. Cuando se impuso las
Mayordomías españolas en forma de cofradías, las
comunidades mayas las practicaron y las
convirtieron en una estructura que guardó
durante largo tiempo tradición, pensamiento y
sabiduría ancestral maya. Cuando robaron las
tierras comunales para convertirlas en fincas de
café, las comunidades mayas le arrancaron a las
sagradas montañas su vida y su futuro. Y cuando
hubo que levantarse frente la opresión y
dominación colonial, se hizo cientos de veces,
en muchos casos con resultados como el
fusilamiento de los 7 Principales Ixhiles de
Nebaj en 1,936, resultados a los cuales siempre
se sobrepuso la decisión de seguir buscando la
construcción del nuevo amanecer para las futuras
generaciones.
Sobre ése sustrato de la resistencia maya
arraigada y madurada desde 1,524, en los años
siguientes a la intervención norteamericana de
1,954 se fue hilvanando un movimiento social y
democrático constituido principalmente por
estudiantes, maestros, sindicalistas,
organizaciones campesinas y sectores
progresistas del ejército que buscó retomar el
camino de la revolución democrática. Con este
propósito y la meta inmediata de derrocar al
gobierno de Idígoras Fuentes en 1,960 a través
de un alzamiento de oficiales jóvenes del
ejército, se inició el proceso de lucha armada
en Guatemala que, en su desenvolvimiento, fue
dando lugar a la configuración de un proyecto
revolucionario de transformación estructural
desde una formación ideológico política
esencialmente marxista leninista.
La lucha revolucionaria de la década de los años
60, fue desarticulada por la represión
gubernamental a mediados de ésa década, por
ello, no alcanzó las metas que se propuso ni
concluyó con el proceso iniciado, pero favoreció
el esparcimiento de las semillas de la
revolución guatemalteca en las comunidades
rurales sobre el terreno fértil de la
resistencia maya, que éstas penetraran al
corazón de las luchas campesinas indígenas
contra la explotación y el trabajo forzado en
las fincas y, mostraran una alternativa de
cambio ante los sectores sociales y populares,
las ligas campesinas, la acción católica, las
cooperativas y otras formas de organización
social y política, a las que el Estado les había
cerrado las puertas bajo el alto mando del
ejército.
Evidentemente, las semillas del proyecto
revolucionario guatemalteco encontraron un
terreno fértil en el descontento y la
movilización popular y en la resistencia
indígena. Ello explica que, a pesar de la
derrota del movimiento insurgente guerrillero
revolucionario en la década anterior, en los
años setenta éste resurge, recupera su
iniciativa, se extiende y tiene importantes
grados de generalización de la guerra de
guerrillas en bastas regiones del país, incluso
en la clara disputa de masas, terreno y poder
local a finales de la década de los años 70.
Las organizaciones revolucionarias guerrilleras
por su lado se habían apertrechado con su
estrategia de la guerra popular revolucionaria,
sus planos estratégicos, mejores métodos de
trabajo con su línea de masas, con una formación
político militar en la que cultivaron la
capacidad del ser humano por encima de la
capacitad de las armas, una mística
revolucionaria profunda, entre otros factores,
que les permitió conquistar la confianza y
participación de importantes sectores de la
población guatemalteca y en particular una
incorporación masiva de comunidades mayas en
distintas regiones del país.
Ahondando en el análisis de la participación
masiva de los pueblos indígenas en el proceso
revolucionario, en extensas regiones del país,
principalmente de los Departamentos de las
Verapaces, El Petén, El Quiché, Huehuetenango,
San Marcos, Quetzaltenango, Sololá,
Chimaltenango, el área central y la franja de la
bocacosta encontramos distintas razones que la
explican, como son: el objetivo común de cambiar
de raíz al sistema colonial, explotador y
racista; el mensaje y la actividad
revolucionarias que además de estar en los
centros urbanos llegó a las montañas del
altiplano noroccidental y a las fincas de
agroexportación en la costa sur; los conceptos
universales del materialismo histórico y la
filosofía dialéctica se encontraran,
complementaran y enriquecieran mutuamente con el
pensamiento y la cosmovisión maya dual basada
en el respeto a la madre naturaleza, el arte de
la guerra aplicada a la guerra de guerrillas y
el caudal de experiencias de resistencia de los
pueblos indígenas, una profunda mística
revolucionaria con el espíritu de resistencia y
el sueño del nuevo amanecer indígena y, además
que este ejercicio de teoría y práctica
revolucionarias se diera en los propios idiomas
mayas en distintos frentes guerrilleros.
En este contexto revolucionario, las comunidades
Popti, Chuj, Ixhil, K’ich’e, Q’eqch’i, Mam y
otras, registran en su memoria histórica la
decisión de sus autoridades tradicionales, los
Mamines en San Miguel Acatán, los Mama’ y
B’aalvatztiixh en la Región Ixil, entre otros,
de incorporarse de manera colectiva y
comunitaria al proyecto revolucionario como
continuación de su resistencia maya de siglos a
tras, fue una decisión histórica de los consejos
comunitarios mayas.
Con la masiva participación indígena, en
distintas regiones del país la lucha
revolucionaria guerrillera se insertó en las
miles de formas de la resistencia indígena, esta
vez, en sus propias montañas, barrancos, bosques
y milperíos, desarrollando frente al enemigo
común, el ejército y su política de represión y
genocidio, la creatividad más grande, de indios
y ladinos revolucionarios, hombres y mujeres,
para llevar al movimiento guerrillero a sus
momentos más álgidos y de mayor fortaleza a
finales de los años 70.
Mientras tanto, en el plano de la movilización
social, las consecuencias del terremoto del 4 de
febrero de 1,976 y la solidaridad que generaron
en amplios sectores medios, aumentaron la
conciencia popular que se fortaleció con la
marcha de los mineros de Ixtahuacán - Huetenango
y de los trabajadores del Ingenio Pantaleón y
otros en la Costa Sur en 1,977, el surgimiento
del Comité de Unidad Campesina –CUC- en 1978, el
fortalecimiento del Comité Nacional de Unidad
sindical –CNUS- y la constitución del Frente
Democrático contra la Represión, hasta llegar a
la histórica toma de la Embajada de España por
los campesinos del norte del Quiché el 31 de
enero de 1,980 y la huelga en las fincas de la
costa sur que subió el salario mínimo de Q1.12 a
Q3.20 por jornal de trabajo, en febrero del
mismo año.
Todo aquello resultó evidente para el ejército,
las elites económicas y terratenientes y por
supuesto para el alto mando del ejército. Para
la mentalidad conservadora colonial y racista,
las movilizaciones en las carreteras y las
huelgas en las fincas de agroexportación
encendieron el terror del opresor, el miedo del
criollo y el ladino colonial. El
levantamiento de los indios era como ver a las
piedras y las rocas levantarse y venirse encima
de uno, palabras más palabras menos,
fueron las expresiones de los finqueros de la
costa sur.
Además de esta reacción instintiva del sector
terrateniente predominante, por supuesto que
privó también el interés de las distintas
cámaras empresariales del país, la industria, la
banca y el comercio de proteger la riqueza que
sus progenitores se habían apropiado desde
1,524, 1,821 y luego en 1,871. Había que salvar
el capital acumulado a partir del despojo de las
tierras de los pueblos indígenas, del trabajo
forzado de indios en las fincas de café, caña de
azúcar y algodón y de la apropiación de los
recursos del país a través del control del
aparato del Estado. Siendo herederos del poder
colonial y su mentalidad racista no iban a
permitir una revolución con clara participación
de los pueblos indígenas o el levantamiento
indígena en el marco de un proceso
revolucionario.
Dado el contexto internacional y
centroamericano, también estaban aterrorizados
por el triunfo de la revolución sandinista en
1,979 y el avance del FMLN en El Salvador
La principal y única reacción que tuvieron los
grupos poderosos fue la represión por parte del
ejército al servicio de los terratenientes
finqueros y una burguesía capitalista
incipiente, dependiente, con mentalidad todavía
muy conservadora, criolla y racista.
El ejército tenía que
cumplir con su parte: matar indios, ancianos
mujeres y niños, más allá de quitarle el agua al
pez, los polos de desarrollo, las patrullas
civiles, fusiles y frijoles, etc, en bastas
regiones mayas claramente seleccionadas por el
alto mando del ejército. El ejército tiene en
sus registros más quemas de viviendas y
cosechas, violaciones de mujeres, asesinatos de
niños y ancianos, aldeas arrasadas y actos de
genocidio que combates contra las columnas
guerrilleras revolucionarias. Según el Informe
Memoria del Silencio de la Comisión para el
Esclarecimiento Histórico de las violaciones de
los derechos humanos durante el conflicto armado
interno, mas del 80 % de las víctimas de las
masacres por parte del ejército la sufrieron las
comunidades del Pueblo Maya como resultados de
la política de genocidio, tierra arrasada y de
muerte aplicada por el ejército de Guatemala.
Este es el último holocausto que han sufrido los
pueblos indígenas y los sectores populares de
Guatemala, que no logró corta el sueño indígena
del nuevo amanecer, ni evitar que las
comunidades mayas retomen las huellas de su
resistencia ni su espíritu de rebelión que les
heredaron los antiguos mayas además de su
civilización milenaria.
Por ello, desde las propias cenizas del
genocidio y la tierra arrasada aplicadas por el
ejército de Guatemala, los huérfanos, las viudas
y las comunidades indígenas mayas desafiando la
muerte y la sangre, retomaron el camino de la
resistencia heroica en importantes regiones del
país, permitiendo que las semillas de revolución
guatemalteca se preservaran y retoñaran en los
momentos más difíciles de la represión
gubernamental, siendo las Comunidades de
Población en Resistencia una de sus expresiones
más organizadas. Sobre esta base creció la
emergente movilización social y popular en esos
años. En este contexto, la Comandancia General
de la URNG abrió camino al diálogo y la
negociación que culminó con la firma de los
Acuerdos de Paz el 29 de diciembre de 1,996.
La guerra interna de Guatemala posibilitó la
maduración de la conciencia maya de sus
combatientes, indígenas y ladinos, de las
comunidades indígenas que participaron
activamente en el impulso del proyecto
revolucionario guatemalteco, de las comunidades
indígenas y campesinas que se vieron obligados a
abandonar la madre tierra y refugiarse en
distintos países de la región y del continente,
de los sectores sociales, populares,
estudiantiles y democráticos que conocieron el
proceso y sufrieron la persecución, represión y
las políticas de contrainsurgencia. Hoy la
sociedad guatemalteca habla de
pluriculturalidad, empieza a pensar en la
construcción de la unidad nacional y de la nueva
nación, aunque la mentalidad colonial y la
cultura de discriminación racista estén todavía
muy arraigadas.
Sin embargo, las heridas del genocidio, la
tierra arrasada y el terror militar que el
ejército implantó no se han roto, no se han
superado, Guatemala quedó herida de muerte, sus
hijos e hijas crecieron en el marco de la
desinformación, del terror generado por el
genocidio, de la ignorancia de su pasado
milenario maya y de su pasado revolucionario.
Las elites empresariales, por su lado, se
fragmentaron, perdieron el control de la
administración del estado y en los últimos años
han vuelto a fortalecer el papel del ejército
sin que puedan combatir a los grupos de poder
paralelo, si es que alguna vez han tenido la
intención de combatirlos.
En el caso de las comunidades indígenas en su
horizonte inmediato está la reconstrucción del
tejido social roto por el genocidio y la tierra
arrasada cometidos por el ejército. Hoy en
distintas regiones del país sigue creciendo el
número de organizaciones, comités, asociaciones,
entidades de todo tipo de los pueblos
indígenas. Hoy, a diferencia del pasado, la
espiritualidad mayas ha ido ayudando a retomar
los ejes filosóficos de la resistencia, la
fortaleza de la voluntad de los pueblos
indígenas de no doblegarse ante los momentos más
difíciles, por mas crueles que sean, como los
fueron las masacres y el genocidio en tiempos de
la invasión de 1,524 o en los años 66 y 67 en el
oriente del país, o en los años 80, 81, 82 y 83
del siglo pasado en el altiplano noroccidental
de Guatemala.
En numerosas comunidades de distintas regiones
mayas principalmente, en base a la cosmovisión
maya y a la cohesión social propia de su vida
comunitaria, se han empezado a dar pasos
importantes en la reconciliación, cada vez hay
más patrulleros civiles que confiesan haber sido
obligados a cometer violaciones a los derechos
humanos obligados por el ejército de Guatemala y
hay un esfuerzo comunitario para rehacer la
armonía, el respeto, la convivencia, concepción
y práctica muy distante de la política
gubernamental, tanto del gobierno pasado como el
actual, quienes primero pagaron a los
patrulleros civiles por la destrucción y las
violaciones a los derechos humanos que éstos
cometieron obligados por el ejército, pero en el
fondo encubriendo a los victimarios y, también
ambos gobiernos, tratando de hacer uso electoral
de los fondos del programa nacional de
resarcimiento que las organizaciones de víctimas
definieron en su momento.
Visto desde los tiempos de la experiencia maya,
en este proceso de rearticulación de las propias
fuerzas, frente las nuevas condiciones que
impone la globalización neoliberal, la sociedad
guatemalteca, además de la vitalidad de sus
organizaciones sociales y gremiales, tiene en
los Pueblos Indígenas un recurso inagotable de
sed de liberación con una basta experiencia útil
de resistencia para que la transición política
que abrieron los Acuerdos de Paz avance en la
construcción de la democracia plena, la reforma
del estado, un
modelo económico - social de desarrollo
alternativo y,
la unidad nacional en base al ejercicio de la
cultura, identidad y derechos de los pueblos
indígenas.
Muchas gracias
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