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Por
Narciso Isa Conde
Hablamos
de nuevo socialismo, de socialismo del siglo XXI,
y eso marca fronteras y diferencias
trascendentes con el “socialismo” que fracasó
por falta de socialismo, el llamado “real”, el
euro-soviético, el estatista- burocrático o
“socialismo de Estado”.
Debatir
porqué colapsó es importante para remontarlo y
plantear lo nuevo.
En esa
dirección este aporte escrito hace ocho años,
como uno de los capítulo mi libro “Rearmando
la Utopía”, “Del neoliberalismo global al nuevo
socialismo”.
Aquí lo
pongo a disposición de ustedes, con otros
aportes contenidos en libros mas recientes
EL DERRUMBE DEL LLAMADO SOCIALISMO REAL: CAUSAS,
IMPACTOS Y LECCIONES
Los cambios acaecidos en el siglo XX incluyen el
derrumbe de los procesos anticapitalistas
europeos.
Una especie de cataclismo político con muchas
naciones víctimas y con escasos pero valiosos
sobrevivientes.
Un terremoto de alta intensidad que arrasó
simultáneamente con importantes conquistas
sociales, pero también con graves y costosas
aberraciones.
Una tragedia que súbitamente cambió la
correlación de fuerzas mundiales y le abrió paso
a escala planetaria a la epidemia neoliberal y a
la unipolaridad militar.
Todo eso y algo más.
Pero de ninguna manera la fantasiosa muerte del
socialismo como ideal liberador.
Lo transformado, lo construido y lo adulterado
nunca dejó de ser un proceso inconcluso y
estructuralmente defectuoso.
Nunca dejó de ser un tránsito difícil y
arriesgado, escasamente paradigmático.
Jamás llegó a ser un sistema esencialmente
socialista, sino más bien un intento de tránsito
hacia él, sensiblemente deformado. Y la mayor
tragedia consistió en que no pudo
auto-renovarse.
Mistificación
En esos países el socialismo nunca llegó a ser
una realidad plena en el transcurso de este
siglo.
Una de las grandes mistificaciones de ese
proceso de tránsito al socialismo en Europa del
Este fue presentar como socialismo pleno ,
como socialismo desarrollado , o como avance
hacia un comunismo cercano, las que realmente
fueron transformaciones incompletas y
adulteradas en el marco de procesos
anticapitalistas.
Un recurso en esa misma dirección fue el
calificativo de socialismo real , empleado para
presentar como irreal, como fantástico o como
antisocialismo, todo lo que fuera distinto al
conjunto de modelos burocratizados que
resultaron de esas transformaciones.
Tal versión obvió el hecho de que desde muy
temprano abundaron los pensadores
revolucionarios que pusieron énfasis en la
distancia existente entre lo que se alcanzó en
esos países y el ideal socialista, entendido
éste como estadio superior de bienestar y de
retribución por la capacidad y al aporte de los
miembros de la sociedad; como democracia social,
económica, cultural y política; como régimen de
predominio de formas de propiedad social, donde
los productores pasan a ser realmente dueños de
los medios de producción; como sistema que
garantice altos niveles de superación humana y
de la libertad en todos los órdenes.
Los logros fueron significativos, pero se
quedaron cortos y fueron sumergidos en un
entorno político que se tornó impugnable.
La industrialización, el desarrollo científico y
cultural, la reducción de las desigualdades, la
superación de la miseria y del desempleo, la
erradicación del analfabetismo, el auge del
deporte y la recreación sana, la promoción
social de clases y sectores marginados...
constituyeron, entre otras, sus conquistas más
relevantes y realmente respetables. Ellas, sin
embargo, no evitaron la crisis final.
Las denominaciones de países socialistas y
países comunistas tuvieron una gran divulgación
propagandística, tanto desde sus gestores como
desde los medios masivos de comunicación del
sistema capitalista. Y eso ha hecho que ellas se
repitan por inercia, por hábito, por costumbre y
por facilidad de referencia, a pesar de su gran
imprecisión científica.
Ciertamente, estas situaciones no son fáciles de
explicar, y mucho menos de sintetizar con
ciertos calificativos y ciertas denominaciones,
y por eso muchas veces se recurre a
convencionalismos que permiten, aún sin ser
precisos, establecer diferencias.
Incluso el término socialismo de Estado es en
gran medida convencional, tanto por lo
inconcluso del proceso de transformación
socialista a escala nacional y planetaria, como
por lo parcial de las precondiciones creadas
para conformar sociedades socialistas, por las
involuciones acaecidas, por los niveles de
enajenación y alienación que se registraron en
no pocos de esos procesos de tránsito y, además,
por las trágicas y generalizadas aberraciones
derivadas de su poder burocrático.
Por eso es importante precisar el real contenido
de esos procesos. Y ante el colapso de los
modelos estalinistas, neoestalinistas o
estatistas burocratizados salidos de ellos, se
impone además la necesidad de explicar a mayor
profundidad lo que ha acontecido, llamando las
cosas por sus nombres, contrarrestando la
inercia propagandística y la referida
mistificación de la realidad.
Crisis estructural
La historia de la humanidad registra múltiples
crisis dentro de modelos y estructuras creadas
en el proceso de gestación de una determinada
formación económico-social, crisis que han sido
resueltas o en beneficio de ella misma o en
otras direcciones.
A través del examen crítico de la historia
reciente hemos llegado a la firme convicción de
que en Europa Oriental no fue el socialismo lo
que hizo crisis, sino determinados modelos y
estructuras conformadas en el tránsito hacia él.
Hizo crisis, más bien, la falta de socialismo
dentro de esa transición; esto es, colapsaron
estructuras que se tornaron bloqueadoras de los
nuevos avances y que finalmente conformaron
modelos estatista-burocratizados, que si bien
representaron vías no capitalistas de
desarrollo, se convirtieron en regímenes
negadores de valores esenciales del ideal
socialista y, en no pocos períodos y casos, en
regímenes tiránicos. De esa manera el
socialismo real devino más bien en socialismo
irreal .
Específicamente, a finales del decenio de los 80
y principios del 90 se produjo la crisis final
de esos modelos de tránsito altamente
estatizados, altamente centralizados, con
gestiones extremadamente verticales, con un
aparato estatal y un sistema de gestión
económica considerablemente burocratizados.
Se trató a la vez de la crisis final de los
sistemas políticos antidemocráticos que allí
primaron, dentro de los cuales el papel del
partido único se confundió con el del Estado
para aislarse del pueblo, perdiendo por esas y
otras razones esas fuerzas políticas su carácter
de vanguardia, desgastándose al compás de la
agudización de la crisis y del desarrollo del
sistema de privilegios, de la corrupción
burocrática, de nuevas modalidades del dominio
patriarcal y de políticas depredadoras de la
naturaleza.
El modelo soviético gravitó de manera
determinante en otros países europeos vía las
fuerzas militares del Pacto de Varsovia, vía el
CAME, vía múltiples mecanismos de presencia
directa e indirecta, vía el gran peso económico
e ideológico de la URSS... provocando a la larga
en no pocos casos, por ser extraño a los
procesos nacionales, mayor rechazo que
aceptación.
Esos modelos, pasado el período de las medidas
de excepción y del entusiasmo revolucionario de
los primeros años, pasado los liderazgos
originales de las revoluciones y las fases de
alta popularidad de las direcciones políticas,
ganada en la lucha antifascista, acentuaron la
separación entre el poder y el pueblo,
debilitaron o anularon la vida política y el
dinamismo en la sociedad civil, incrementaron el
apoliticismo en las nuevas generaciones,
congelaron el nacionalismo y el conservadurismo,
y crearon el caldo de cultivo favorable para el
desarrollo de tendencias procapitalistas y
corrientes desintegradoras.
Y mientras más se insistió en prolongar su
vigencia (a pesar de su evidente entrada en
períodos de agotamiento y de crisis), más
desastrosos fueron los resultados de su crisis y
más imposible de alcanzar su continuidad a
través de una renovación de corte socialista.
Imposibilidad de la renovación
En medio de esa crisis, los intentos de
renovaciones políticas que se emprendieron
tuvieron en común la ausencia total o el diseño
incompleto de nuevas estrategias socialistas y
la falta de nuevas vanguardias capaces de
conducirlas, lo que facilitó la hegemonía de
posiciones procapitalistas.
Se trató de una crisis esencialmente
estructural, una crisis de un modelo económico y
de un sistema político conformados durante
decenios; de un modelo y un conjunto de
estructuras que tuvieron sus fases de
crecimiento, logros, expansión y dinamismo, pero
que evidentemente agotaron sus posibilidades.
Una crisis que en la URSS, en los países de
Europa oriental y central, le abrió paso a un
traumático proceso procapitalista que, en lugar
de superar errores y deformaciones, ha
introducido en esas regiones del mundo los
problemas propios del llamado capitalismo
salvaje, agregado a otros males no resueltos.
¿Triunfo de occidente? ¿Fin del socialismo?
El teórico japonés-estadounidense Francis
Fukuyama presentó estos hechos como el fin de
la historia , entendida ésta como controversia
entre los dos grandes campos enfrentados durante
siete decenios de este siglo, y nos habló a la
vez del triunfo definitivo del Occidente
capitalista y de la democracia liberal .
Los principales ideólogos y propagandistas del
capitalismo han hablado de la derrota definitiva
del socialismo y del comunismo, y han invitado a
la humanidad al entierro de las ideas de Marx,
Engels y Lenin.
¿Qué ha pasado realmente?
¿Cuáles son las características y los límites de
esta derrota?
¿Es cierto que la utopía socialista se ha
quedado sin vida?
¿Es verdad que el ideal socialista ha probado su
impertinencia?
¿Es real que no tiene validez el proyecto
socialista-comunista como alternativa al sistema
capitalista?
¿Debemos aceptar que en lo adelante el
desarrollo mundial será unidireccional y
uniformemente a favor de la privatización de los
medios de producción, distribución y servicios,
del reinado omnímodo del liberalismo político y
de las estrategias trazadas desde los grandes
centros del capitalismo mundial?
Características del revés
El revés ha sido en parte formal y en parte
real, con serios impactos deprimentes de la
conciencia revolucionaria acumulada y del ideal
socialista.
Ha sido en parte formal, porque se presenta como
derrota total del proyecto socialista, a pesar
de representar solamente el agotamiento y la
quiebra de modelos que en el tránsito hacia ese
ideal resultaron altamente burocratizados y
esencialmente negadores de valores socialistas
fundamentales. El hecho de que los modelos
estatistas, burocratizados y autoritarios fueron
proyectados como el único socialismo posible
motivó que su desplome afectara sensiblemente la
conciencia prosocialista a escala mundial y le
diera asidero temporal a esa campaña.
El revés ha sido en parte real, dado que se
trató del colapso de regímenes objetivamente
anticapitalistas, cuyo papel internacional
servía, en diferentes grados, de contrapeso a la
política imperialista.
Y ese revés, con ese doble significado, ha
tenido impactos decepcionantes y deprimentes
para las fuerzas de la izquierda revolucionaria
y los sectores progresistas y antiimperialistas,
no tanto por el desplome de modelos en franca
decadencia, sino sobre todo por el hecho de que
sus crisis no pudieron ser superadas en el
sentido socialista-revolucionario y, en
consecuencia, sirvieron de caldo de cultivo a
pensamientos y opciones procapitalistas,
facilitando la progresiva aproximación y
asociación de esos países a las estrategias
imperialistas.
Es claro que la superación de los modelos
estatista-burocratizados con fuertes componentes
despóticos, se convirtió en los decenios de los
60, 70 y 80 en una necesidad para el progreso y
para el paso a un modelo de desarrollo
autosostenido al socialismo. La llamada
Primavera de Praga fue la primera señal en esa
dirección (Checoslovaquia 1968).
Lo grave, sin embargo, fue que la posibilidad de
esa renovación se frustró en esa y en ocasiones
posteriores, provocando graves daños al ideal
socialista.
La atrofia de las fuerzas de la renovación
socialista fue mayor de lo previsto en el más
pesimista de los vaticinios, y la negación de
valores esenciales del socialismo a nombre del
socialismo, anuló en el corto y en el mediano
plazos toda posibilidad de recuperación
auténticamente socialista en el marco esos
procesos.
La castración ideológica fue tan drástica que
aún en los casos en que fuerzas formalmente
comunistas y prosocialistas lograron sostenerse
por más tiempo en los gobiernos nacionales y
locales asumiendo algunas reformas, su actitud
defensiva, su vulnerabilidad por el desprestigio
del pasado, las condujo a recular, a hacer
concesiones, a ceder frente a las emergentes
fuerzas procapitalistas y, finalmente, a
sucumbir.
En otros casos, el pensamiento y el accionar
liberal (pro-occidental y procapitalista) pasó a
ser francamente hegemónico desde los llamados
sectores reformistas y renovadores,
independientemente de la velocidad posterior de
los cambios en el régimen de propiedad.
Un revés previo de trágicas consecuencias
La imposibilidad de aprovechar la crisis de los
modelos estatistas-burocratizados para retomar
el camino socialista, para llevar a cabo la
conversión de la propiedad estatal en propiedad
realmente colectiva, para democratizar el
proceso de tránsito, para dar al pueblo
participación y poder de decisión, se tradujo en
un costoso revés. Y ese hecho fue, en gran
medida, consecuencia tardía de un revés más
remoto y más profundo, que tampoco fue
debidamente evaluado.
Nos referimos al revés que sufrió el ideal
socialista original y el primer intento de
tránsito al socialismo en el marco de una
sociedad sin las precondiciones materiales para
ello y a través de un ensayo que pudo implicar,
en caso de prolongarse y enriquecerse, una
dinámica de desarrollo autosostenido, con
pluralidad económica, social, política e
ideológica, con democracia en el partido, en los
sóviets y en la sociedad, con participación y
poder de decisión de los pueblos.
Nos referimos al esfuerzo leninista a través de
la NEP (siglas con que se conoce
internacionalmente la Nueva Política Económica)
y a sus reflexiones adicionales; esto es, el
ensayo de un tránsito con poder popular, con
amplias alianzas sociales y con capacidad
autosuperadora, sin rígidas uniformidades ni
verticalismos extremos.
Ese ensayo fue derrotado por Stalin, sus
partidarios y otros sectores del Partido
Bolchevique en el empalme de los decenios de
1920 y 1930. En su lugar se impusieron la
estatización y la colectivización forzadas,
contando el inicio de ese curso político con el
respaldo de una parte del pueblo contra la otra,
y luego volcándose contra la inmensa mayoría de
la sociedad.
Esa derrota resultó, a la corta y a la larga,
trágica para el tránsito al socialismo.
Esa imposición del llamado modelo estatista,
pese a todo el poder de acumulación generado
inicialmente a través de los métodos
verticalistas de un régimen altamente
centralizado y del sacrificio del campesinado,
se fue convirtiendo en una especie de negación
de valores fundamentales del socialismo y, muy
especialmente, en un mecanismo de aplastamiento
de la democracia socialista y del poder popular
representado por los consejos obreros y
populares (sóviets).
Se construyó así un super-Estado propietario,
altamente monopolista, negador de la democracia
y del poder de decisión de los trabajadores, de
los productores y de los consumidores; negador
de la igualdad de derechos entre los géneros y
de la relación armónica entre seres humanos y
naturaleza.
Un súper-Estado enajenante, atropellador de los
derechos nacionales, negador de la diversidad y
de la creatividad, machista en nueva esencia,
avasallador del espíritu crítico y resistente a
la autocrítica.
A nombre de la revolución, del socialismo y del
propio leninismo, se entronizó una especie de
contrarrevolución y de antisocialismo
anticapitalista sui generis, con un sistema y un
modo de producción y distribución absolutamente
burocráticos, condicionado por una intensa
hostilidad y agresividad imperialista que, al
tiempo de legitimarlo ante las fuerzas
anticapitalistas del mundo, lo obligada a un
alto grado de militarización que luego cobró
vida propia y se tragó parte de sus propios
logros sociales y no pocas de sus ofertas de
bienestar popular a través de una intensa y
prolongada carrera armamentista.
Imprevisión
La tragedia que implicó la derrota del ensayo de
Lenin, los graves efectos de la prolongada
vigencia del llamado modelo estalinista
(expandido hacia el Este y el Centro de Europea
después de la victoria antifascista y del
heroico aporte del Ejército Rojo en esos
resultados), y el negativo desenlace de esa
crisis hacia tortuosos senderos capitalistas, no
eran elementos fáciles de advertir en medio de
un tránsito tan complejo, paradójico y
contradictorio como el iniciado en Octubre de
1917.
Desde fuera era todavía más difícil pensar tales
resultados.
El desarrollo relativo (comparado con lo que fue
el nivel y el papel de Rusia y sus viejas
colonias) resultaba impactante pese a los
atrasos y los retrasos que lo acompañaban.
La mistificación generada y el hermetismo del
sistema, ocultaba muchas de sus debilidades y
limitaciones.
Incluso los propios enemigos del socialismo
quedaron alegremente sorprendidos por el
estrepitoso colapso de esas experiencias. Nadie
previó ese cataclismo político.
Paradojas
El aporte a la humanidad del sistema creado fue,
paradójicamente, muy superior a los nada
despreciables resultados en los límites de sus
fronteras territoriales:
Obligó al capitalismo desarrollado a reformarse
y a conceder reivindicaciones económicas,
sociales, culturales y políticas de gran
significación para los trabajadores y los
pueblos. En Europa lo forzó a incorporar
conquistas propias de los movimientos sociales
(auge de la socialdemocracia y del llamado
Estado de Bienestar).
Contribuyó al desmantelamiento del sistema
colonial y estimuló los procesos de
independencia y autodeterminación de los
pueblos.
Aportó más que ninguna otra fuerza mundial a la
derrota del fascismo, aunque no supo superar sus
limitaciones ni las trabas de su propio modelo
bajo el influjo optimista provocado por esa gran
victoria.
Contribuyó a la heroica Revolución China, al
proceso revolucionario coreano, a la victoria de
Vietnam y a la defensa de la heroica Revolución
Cubana; hechos puntuales en el camino hacia el
imperio de la justicia en las relaciones
mundiales.
Estableció términos de intercambio con países
subdesarrollados del Tercer Mundo que bien
podrían servir para diseñar normas más justas en
el orden económico internacional.
Garantizó la paz mundial, bloqueó la guerra
termonuclear y evitó un grado mayor de
agresiones militares e imposiciones políticas
norteamericanas.
Causas del desenlace
La negación de valores socialistas desde esos
modelos no capitalistas, así como sus
contradictorios e incluso dramáticos resultados
y su posterior estancamiento, crisis y
desmantelamiento, guarda relación con cuestiones
teóricas, prácticas e históricas muy concretas.
Esas revoluciones no se dieron dentro del
esquema propiamente marxista, que fundamentaba
la revolución socialista a partir del desarrollo
capitalista y de la intensificación de la
contradicción entre un alto desarrollo de las
fuerzas productivas y las trabas que le
impusieron determinadas relaciones de
producción.
Las revoluciones que, según Marx, debieron
surgir en Europa Occidental en el período
revolucionario provocadas por la crisis
pre-industrial del capitalismo temprano, no
tuvieron lugar.
Fallo en lo previsto y desencuentro con la
realidad
En ese orden, hay que registrar un fallo en la
previsión científica marxista, pese a que su
aporte en cuanto al análisis general del
capitalismo resultó insuperable.
El fallo consistió en lo relativo a la
valoración de una crisis del crecimiento del
capitalismo temprano, de la crisis de una fase
del desarrollo capitalista, de la crisis de un
nivel específico y de una subformación concreta
del capitalismo, como crisis general del modo de
producción en desarrollo.
Esto creó la confusión de entender esa crisis
como la posibilidad casi segura y a corto plazo
de la caída de los pilares fundamentales del
capitalismo y provocó un primer choque con la
realidad al crear una ilusión a favor de la
caída total del sistema en Europa Occidental,
sin apreciar que sólo se trataba de una fase y
de un nivel específicamente crítico de una de
sus modalidades de acumulación.
La crisis de crecimiento no resultó ser una
crisis del modo de producción, y el capitalismo
pudo salir airoso de ella, consolidándose
posteriormente en los llamados países centrales.
La profecía falló, el desencuentro del vaticinio
inicial con la realidad se evidenció, y las
posibilidades de ruptura del sistema, por el
contrario, se crearon específicamente en sus
zonas periféricas, en las zonas del capitalismo
subdesarrollado y dependiente, donde la vía
occidental se vio bloqueada.
Allí, la revolución popular, democrática,
antiimperialista, con perspectiva socialista, se
tornó viable.
El propio Marx llegó a atisbar las posibilidades
de la revolución rusa, pero no hizo teoría sobre
el tránsito revolucionario en esas condiciones.
A Lenin le tocó actuar en ese escenario y
conducir la revolución popular dentro de él,
algo totalmente distinto a la lógica de la
revolución marxista y en condiciones de un
evidente subdesarrollo de la teoría de la
transición. Ese vacío teórico perduró después de
su temprana muerte.
Revolución invertida sin cambios en Occidente
Se trató precisamente de una especie de
revolución invertida , pero de una revolución
sin base material para el socialismo y obligada
a crear desde arriba y en otros mecanismos la
acumulación originaria que el capitalismo
periférico-dependiente era incapaz de crear.
El cambio se dio sin un proyecto claro de
desarrollo, confiando sobre todo en que la
revolución en Europa Occidental, y
específicamente en Alemania, viniera en auxilio
de la revolución soviética.
Esta última debía ser sólo el prólogo de un
proceso de alcance europeo y mundial, imbuido
inicialmente Lenin de la idea de la posibilidad
del triunfo de la revolución alemana y del
derrumbe del sistema capitalista en el corto
plazo.
De todas maneras, el retraso de la revolución en
el Occidente europeo llevó a Lenin a profundizar
aún más en los problemas de la transición y a
esbozar algunas ideas en busca de fórmulas que
evitaran la burocratización y el despotismo, con
el desenlace conocido: el triunfo de la
tendencia contraria y al enlazamiento en Rusia
de la revolución anticapitalista con el
estatismo burocratizado y despótico, y la
obligada confrontación con Occidente.
Anticapitalismo, estatismo y confrontación
De ese entrelazamiento surgen la sociedad
soviética y modelos parecidos en el Este y el
Centro de Europa como consecuencia del papel
liberador antifascista del ejército de la URSS
en la Segunda Guerra Mundial. Estos últimos más
endebles, por tratase en gran medida de un
producto importado y, en no pocos casos, de
revoluciones no propias.
El tránsito anticapitalista siguió, por demás,
circunscrito al Este, a zonas con un desarrollo
relativamente bajo del capitalismo (con la
excepción de Checoslovaquia y en menor medida de
Alemania Oriental), marcados todos sus modelos
de transición por la enorme influencia del
modelo soviético (con excepción del
distanciamiento yugoslavo). En los casos checo y
alemán, ese modelo actuaba, en buena medida, a
contrapelo de su nivel y potencialidades de
desarrollo.
Otra vez Occidente se recompone
A raíz de las grandes dificultades del
capitalismo en 1929 y 1930, se reafirmó la
teoría sobre la crisis cíclicas del capitalismo
y de nuevo cobró fuerza la idea de un derrumbe
próximo de todo el sistema capitalista.
No fue así. La crisis capitalista no desembocó
en las esperadas revoluciones socialistas
occidentales, sino en su superación a través de
nuevos modelos de acumulación y dominio
sistémico en los centros más desarrollados del
capitalismo.
Los cambios a raíz de la Segunda Guerra Mundial
siguieron sin responder a la lógica de la teoría
de Marx y Engels, registrándose las
transformaciones anticapitalistas en la
periferia dependiente, en países de escaso
desarrollo.
En realidad esos procesos revolucionarios no
resultaban ser propiamente revoluciones
socialistas, aunque se les proclamaba como
tales.
Eran realmente procesos anticapitalistas que por
la influencia soviética y el consiguiente
entrelazamiento entre anticapitalismo, estatismo
y confrontación con Occidente, en Europa del
Este y Central dieron lugar a modelos estatistas
burocratizados similares al de la URSS, en
varios de esos países sustentados por el poderío
militar soviético.
Crisis y revolución científico-técnica
Años después se produjeron nuevas revoluciones
en el mundo dependiente-subdesarrollado en medio
de otro nivel crítico del proceso capitalista
mundial.
También, en esas circunstancias, los países
centrales del capitalismo supieron superar su
crisis y cargar sobre su periferia todo el peso
de la misma, al tiempo de iniciar su fase de
desarrollo post-industrial y transnacional.
Fue su segundo respiro sin necesidad de muletas,
retomando la iniciativa histórica (salvo el
problema guerra y paz), al compás de la
aplicación de la revolución científico-técnica a
la producción, a la distribución, y a los
servicios y a la gestión, registrándose un
proceso de paulatino reemplazo del paradigma
tecnocientífico y de cambios trascendentales en
el modelo de acumulación y de gestión
capitalista a través de la incorporación de la
microelectrónica, la informática, la biomédica y
la robótica.
Otra vez la revolución en el mundo desarrollado
quedó postergada y el Este anticapitalista no
pudo recibir la deseada ayuda del soñado Oeste
amistoso y en la vía socialista.
Crisis post-revolucionaria
Este repunte del capitalismo, lamentablemente,
coincidió con la degeneración y la crisis de las
estructuras post-revolucionarias en la URSS y en
los países de Europa del Este y Central.
La pujanza exhibida en la URSS en la fase de
industrialización, no pudo continuar por los
propios límites del modelo estatista. El
despegue post-industrial se vio seriamente
trabado por esa misma razón.
El empantanamiento en la fase de desarrollo
extensivo no posibilitó el paso al desarrollo
intensivo y a la incorporación integral del
patrón microelectrónico-informático.
Las estructuras burocráticas entraron en
contradicción con el progreso tecnocientífico y
su aplicación a la industria civil.
La carrera armamentista se sobredimensionó en un
grado superior a la necesidad de la competencia
y paridad con Estados Unidos, y se tragó
importantes recursos naturales, gran parte del
presupuesto y con ello incluso significativas
conquistas sociales existentes y potenciales.
El modelo estatista perdió en la emulación con
un capitalismo que, por demás, tenía ventajas
históricas sobre él.
Después del gran impulso de los primeros
decenios y de acelerados avances que lo metieron
en competencia con Occidente, entrando a los
años 60 se anularon así sus posibilidades de
autodesarrollo, agravadas la situación por la
falta de participación y de debate superador.
El período de Breznev, cimentado en al agotado
sistema estalinista, resultó en extremo costoso
y selló el fracaso. Como dice el historiador y
latinoamericanista soviético Kiva Maidanik, si
el período estaliniano fue benévolamente
denominado como del culto a la personalidad ,
el de Breznev debió calificarse de período del
culto sin personalidad .
Al mal gobierno económico, al derroche de
petróleo y al agotamiento de importantes
recursos naturales, a la pérdida de la capacidad
de ayuda dentro de su papel internacional y a la
crisis del sistema administrativo de ordeno y
mando ... se sumaron el auge de la alienación,
la corrupción y la tendencia a la disgregación
social y nacional; esta última operando como una
espoleta de acción retardada, pero reactivada
por la crisis política y la pérdida de los
valores internacionalistas.
Muy grave además resultó ser el artificial
taponamiento y la ausencia de soluciones de
fondo a las pugnas nacionalistas e inter-étnicas
que hasta en Yugoslavia, una de los pocos
procesos que se diferenció sensiblemente del
modelo soviético, estallaron de mala manera a
raíz de su reactivación tardía.
El Partido Comunista de la Unión Soviética y los
demás partidos gobernantes en Europa del Este
perdieron capacidad de autorrenovación. En lugar
de lograr, partido y Estado, el fortalecimiento
mutuo, ambas instancias (poder real y poder
ejecutor) terminaron debilitándose
recíprocamente.
El retraso de la URSS y de otros países de
Europa Oriental en la carrera tecnológica y
sobre todo en su aplicación a la industria civil
(y a la agricultura en el caso de la URSS), las
urgencias particulares en materia de distensión,
los acuerdos de paz y desarme, alentaron, a
partir del período de Kruschov, tendencias más
allá de la coexistencia y la cooperación, más
bien próximas a formas de contemporización.
Alentaron, en consecuencia, el debilitamiento en
mayor grado del internacionalismo revolucionario
y de la justa valoración del vínculo con el
movimiento antiimperialista y revolucionario
mundial, y condujeron a nuevas desviaciones
eurocentristas y a nuevas inclinaciones a favor
de la paz y la cooperación sólo entre los
grandes. Esas tendencias devinieron en alianza
con Estados Unidos y con el Occidente
capitalista.
La explosión de los males acumulados a nombre
del socialismo, favoreció la confusión y
estimularon las tendencias antisocialistas en
esas y otras sociedades, acicateadas por la
guerra ideológica y desinformativa, y por la
campaña llevada a cabo desde los poderosos
medios de comunicación y propaganda
imperialistas, pobremente contrarrestados. Eso
contribuyó a la subordinación de los ex países
socialistas al imperialismo y a la degeneración
de la renovación anunciada, convirtiéndose en un
liberalismo de baja ralea.
Y todo esto también tuvo mucho que ver con la
mala herencia de una superposición entre la
política de Estado y la política de partido, con
la nociva confusión entre el papel del Estado y
el papel del partido dentro del tránsito al
socialismo, lo que determinó que los límites de
las políticas estatales en un mundo muy
interrelacionado se le impusieran a las
políticas de los partidos comunistas en el poder
y a las organizaciones sociales.
Todo esto dio lugar a que durante los períodos
de distensión relativa con las potencias
capitalistas se acentuara el debilitamiento de
las ideas revolucionarias tanto respecto a
problemas internos como externos, tanto en la
beligerancia crítica frente a corrientes
internas antisocialistas como en lo que relativo
a la necesidad de una línea antiimperialista y
anticapitalista en la arena internacional.
Se acumuló una especie de bomba de tiempo.
Algo muy duro para el poder y fatal para los
partidos comunistas, pues al disociarse ambos
tendieron a derrumbarse.
El regreso al cauce realmente socialista a
través de la democratización se convirtió en una
necesidad imperiosa, pero a la vez inalcanzable
en el corto y mediano plazos, según lo
demostraron los hechos recientes.
El estatismo burocratizado y despótico, a nombre
del socialismo, generó un antisocialismo
abrumador en esas sociedades. El daño político
fue enorme y sus efectos, bastante prolongados.
No significa esto que el ideal socialista haya
fracasado como pregonan sus adversarios
históricos.
El cierre temporal en el Este europeo del cauce
de la renovación auténticamente socialista (por
la carencia de fuerza, conciencia y organización
en ese sentido) ha abierto el camino o a la
subordinación al capitalismo occidental o a una
especie de seudocapitalismo o capitalismo
brutal, mafioso, desintegrado, inestable,
mezclado con el estatismo y la dispersión o
disgregación nacional y social.
Esos resultados parecen próximos pero aún peores
que los generados por los modelos capitalistas
latinoamericanos, distante de los modelos
capitalistas europeos, japonés,
norteamericanos... y expuesto a nuevos cambios
cuando posteriormente la experiencia traumática
llame a retomar la vía propia y a reagrupar las
fuerzas de la justicia social, la igualdad, la
propiedad social y la soberanía.
Cierto que las primeras señales en esa dirección
no han tardado en aparecer, pasando previamente
por una era de degradación política y moral como
la que ha encarnado el poder de Yeltsin y las
mafias rusas, y otras situaciones similares en
una parte de las repúblicas de la antigua URSS.
De todas maneras, el trauma ha sido demasiado
fuerte como para que, pasados los primeros diez
años del derrumbe, no se haya registrado el
viraje necesario.
La historia sigue en medio de dos crisis
simultáneas
Estos hechos demuestran categóricamente que el
camino hacia la liberación y el socialismo no es
rectilíneo.
Es un proceso con victorias y derrotas, con
avances y retrocesos.
El paso idílico y relativamente corto a partir
de aquel octubre brillante, no era real. Más
bien ese proceso ha tenido la connotación de una
vía tortuosa, con ensayos fallidos, con
experiencias valiosas y hechos aleccionadores.
Las dificultades y los reveses exhibidos a los
70 y tantos años de iniciado ese tránsito, no
anulan por demás la crisis del sistema opuesto y
la pertinencia de la gran meta inspirada en el
interés colectivo, en la justicia social, en la
libertad integral y la igualdad entre los seres
humanos.
Estamos viviendo dos crisis simultáneas, ambas
con contenidos y dinámicas diferentes.
Una cosa es la crisis de los modelos estatistas
burocratizados, que devino en un serio revés de
su anhelada sustitución por un socialismo
renovado o de la retoma del ideal socialista,
temporal y gravemente estropeado en Europa del
Este y la URSS, y otra cosa es la crisis en la
periferia dependiente del sistema capitalista y
en los centros imperiales que representa Estados
Unidos, Japón y Alemania y sus áreas de
influencia.
Son dos crisis diferentes, con causas y ritmos
realmente independientes, aunque con
repercusiones mutuas.
Esta realidad determina que la imperiosa
necesidad de cambios en el Caribe, en América
Latina y en todo el Tercer Mundo, no se anule,
aún cuando la vía socialista haya sufrido esos
reveses en el este de Europa y en la URSS, que a
su vez afectan severamente a las fuerzas
revolucionarias en todo el mundo.
Al paso de los años, está claro que la lógica
imperialista frente a aquel desplome en Europa,
agrava la crisis en nuestro Tercer Mundo y en
otros puntos del planeta.
La explotación, la sobreexplotación, la pobreza
y la exclusión se han incrementado notablemente.
Debilitada al extremo la llamada tensión
Este-Oeste, se desarrolla en mayor grado la
llamada confrontación Norte-Sur, y
Centro-Periferia y Pobres y Super-ricos.
El reinado del Norte en la actualidad no puede
menos que desarrollar enfrentamientos agudos,
sin descontar tampoco las enormes tensiones que
crean los bolsones migratorios del Sur en el
propio territorio del Norte prepotente y
desarrollado y las áreas de pobreza expandidas
dentro de los propios países altamente
desarrollados.
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