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Por
Narciso Isa Conde
Hablamos
de nuevo socialismo, de socialismo del siglo XXI,
y eso marca fronteras y diferencias
trascendentes con el “socialismo” que fracasó
por falta de socialismo, el llamado “real”, el
euro-soviético, el estatista- burocrático o
“socialismo de Estado”.
Debatir
porqué colapsó es importante para remontarlo y
plantear lo nuevo.
En esa
dirección este aporte escrito hace ocho años,
como uno de los capítulo mi libro “Rearmando
la Utopía”, “Del neoliberalismo global al nuevo
socialismo”.
Aquí lo
pongo a disposición de ustedes, con otros
aportes contenidos en libros mas recientes
EL DERRUMBE DEL LLAMADO SOCIALISMO REAL: CAUSAS,
IMPACTOS Y LECCIONES
Los cambios acaecidos en el siglo XX incluyen el
derrumbe de los procesos anticapitalistas
europeos.
Una especie de cataclismo político con muchas
naciones víctimas y con escasos pero valiosos
sobrevivientes.
Un terremoto de alta intensidad que arrasó
simultáneamente con importantes conquistas
sociales, pero también con graves y costosas
aberraciones.
Una tragedia que súbitamente cambió la
correlación de fuerzas mundiales y le abrió paso
a escala planetaria a la epidemia neoliberal y a
la unipolaridad militar.
Todo eso y algo más.
Pero de ninguna manera la fantasiosa muerte del
socialismo como ideal liberador.
Lo transformado, lo construido y lo adulterado
nunca dejó de ser un proceso inconcluso y
estructuralmente defectuoso.
Nunca dejó de ser un tránsito difícil y
arriesgado, escasamente paradigmático.
Jamás llegó a ser un sistema esencialmente
socialista, sino más bien un intento de tránsito
hacia él, sensiblemente deformado. Y la mayor
tragedia consistió en que no pudo
auto-renovarse.
Mistificación
En esos países el socialismo nunca llegó a ser
una realidad plena en el transcurso de este
siglo.
Una de las grandes mistificaciones de ese
proceso de tránsito al socialismo en Europa del
Este fue presentar como socialismo pleno ,
como socialismo desarrollado , o como avance
hacia un comunismo cercano, las que realmente
fueron transformaciones incompletas y
adulteradas en el marco de procesos
anticapitalistas.
Un recurso en esa misma dirección fue el
calificativo de socialismo real , empleado para
presentar como irreal, como fantástico o como
antisocialismo, todo lo que fuera distinto al
conjunto de modelos burocratizados que
resultaron de esas transformaciones.
Tal versión obvió el hecho de que desde muy
temprano abundaron los pensadores
revolucionarios que pusieron énfasis en la
distancia existente entre lo que se alcanzó en
esos países y el ideal socialista, entendido
éste como estadio superior de bienestar y de
retribución por la capacidad y al aporte de los
miembros de la sociedad; como democracia social,
económica, cultural y política; como régimen de
predominio de formas de propiedad social, donde
los productores pasan a ser realmente dueños de
los medios de producción; como sistema que
garantice altos niveles de superación humana y
de la libertad en todos los órdenes.
Los logros fueron significativos, pero se
quedaron cortos y fueron sumergidos en un
entorno político que se tornó impugnable.
La industrialización, el desarrollo científico y
cultural, la reducción de las desigualdades, la
superación de la miseria y del desempleo, la
erradicación del analfabetismo, el auge del
deporte y la recreación sana, la promoción
social de clases y sectores marginados...
constituyeron, entre otras, sus conquistas más
relevantes y realmente respetables. Ellas, sin
embargo, no evitaron la crisis final.
Las denominaciones de países socialistas y
países comunistas tuvieron una gran divulgación
propagandística, tanto desde sus gestores como
desde los medios masivos de comunicación del
sistema capitalista. Y eso ha hecho que ellas se
repitan por inercia, por hábito, por costumbre y
por facilidad de referencia, a pesar de su gran
imprecisión científica.
Ciertamente, estas situaciones no son fáciles de
explicar, y mucho menos de sintetizar con
ciertos calificativos y ciertas denominaciones,
y por eso muchas veces se recurre a
convencionalismos que permiten, aún sin ser
precisos, establecer diferencias.
Incluso el término socialismo de Estado es en
gran medida convencional, tanto por lo
inconcluso del proceso de transformación
socialista a escala nacional y planetaria, como
por lo parcial de las precondiciones creadas
para conformar sociedades socialistas, por las
involuciones acaecidas, por los niveles de
enajenación y alienación que se registraron en
no pocos de esos procesos de tránsito y, además,
por las trágicas y generalizadas aberraciones
derivadas de su poder burocrático.
Por eso es importante precisar el real contenido
de esos procesos. Y ante el colapso de los
modelos estalinistas, neoestalinistas o
estatistas burocratizados salidos de ellos, se
impone además la necesidad de explicar a mayor
profundidad lo que ha acontecido, llamando las
cosas por sus nombres, contrarrestando la
inercia propagandística y la referida
mistificación de la realidad.
Crisis estructural
La historia de la humanidad registra múltiples
crisis dentro de modelos y estructuras creadas
en el proceso de gestación de una determinada
formación económico-social, crisis que han sido
resueltas o en beneficio de ella misma o en
otras direcciones.
A través del examen crítico de la historia
reciente hemos llegado a la firme convicción de
que en Europa Oriental no fue el socialismo lo
que hizo crisis, sino determinados modelos y
estructuras conformadas en el tránsito hacia él.
Hizo crisis, más bien, la falta de socialismo
dentro de esa transición; esto es, colapsaron
estructuras que se tornaron bloqueadoras de los
nuevos avances y que finalmente conformaron
modelos estatista-burocratizados, que si bien
representaron vías no capitalistas de
desarrollo, se convirtieron en regímenes
negadores de valores esenciales del ideal
socialista y, en no pocos períodos y casos, en
regímenes tiránicos. De esa manera el
socialismo real devino más bien en socialismo
irreal .
Específicamente, a finales del decenio de los 80
y principios del 90 se produjo la crisis final
de esos modelos de tránsito altamente
estatizados, altamente centralizados, con
gestiones extremadamente verticales, con un
aparato estatal y un sistema de gestión
económica considerablemente burocratizados.
Se trató a la vez de la crisis final de los
sistemas políticos antidemocráticos que allí
primaron, dentro de los cuales el papel del
partido único se confundió con el del Estado
para aislarse del pueblo, perdiendo por esas y
otras razones esas fuerzas políticas su carácter
de vanguardia, desgastándose al compás de la
agudización de la crisis y del desarrollo del
sistema de privilegios, de la corrupción
burocrática, de nuevas modalidades del dominio
patriarcal y de políticas depredadoras de la
naturaleza.
El modelo soviético gravitó de manera
determinante en otros países europeos vía las
fuerzas militares del Pacto de Varsovia, vía el
CAME, vía múltiples mecanismos de presencia
directa e indirecta, vía el gran peso económico
e ideológico de la URSS... provocando a la larga
en no pocos casos, por ser extraño a los
procesos nacionales, mayor rechazo que
aceptación.
Esos modelos, pasado el período de las medidas
de excepción y del entusiasmo revolucionario de
los primeros años, pasado los liderazgos
originales de las revoluciones y las fases de
alta popularidad de las direcciones políticas,
ganada en la lucha antifascista, acentuaron la
separación entre el poder y el pueblo,
debilitaron o anularon la vida política y el
dinamismo en la sociedad civil, incrementaron el
apoliticismo en las nuevas generaciones,
congelaron el nacionalismo y el conservadurismo,
y crearon el caldo de cultivo favorable para el
desarrollo de tendencias procapitalistas y
corrientes desintegradoras.
Y mientras más se insistió en prolongar su
vigencia (a pesar de su evidente entrada en
períodos de agotamiento y de crisis), más
desastrosos fueron los resultados de su crisis y
más imposible de alcanzar su continuidad a
través de una renovación de corte socialista.
Imposibilidad de la renovación
En medio de esa crisis, los intentos de
renovaciones políticas que se emprendieron
tuvieron en común la ausencia total o el diseño
incompleto de nuevas estrategias socialistas y
la falta de nuevas vanguardias capaces de
conducirlas, lo que facilitó la hegemonía de
posiciones procapitalistas.
Se trató de una crisis esencialmente
estructural, una crisis de un modelo económico y
de un sistema político conformados durante
decenios; de un modelo y un conjunto de
estructuras que tuvieron sus fases de
crecimiento, logros, expansión y dinamismo, pero
que evidentemente agotaron sus posibilidades.
Una crisis que en la URSS, en los países de
Europa oriental y central, le abrió paso a un
traumático proceso procapitalista que, en lugar
de superar errores y deformaciones, ha
introducido en esas regiones del mundo los
problemas propios del llamado capitalismo
salvaje, agregado a otros males no resueltos.
¿Triunfo de occidente? ¿Fin del socialismo?
El teórico japonés-estadounidense Francis
Fukuyama presentó estos hechos como el fin de
la historia , entendida ésta como controversia
entre los dos grandes campos enfrentados durante
siete decenios de este siglo, y nos habló a la
vez del triunfo definitivo del Occidente
capitalista y de la democracia liberal .
Los principales ideólogos y propagandistas del
capitalismo han hablado de la derrota definitiva
del socialismo y del comunismo, y han invitado a
la humanidad al entierro de las ideas de Marx,
Engels y Lenin.
¿Qué ha pasado realmente?
¿Cuáles son las características y los límites de
esta derrota?
¿Es cierto que la utopía socialista se ha
quedado sin vida?
¿Es verdad que el ideal socialista ha probado su
impertinencia?
¿Es real que no tiene validez el proyecto
socialista-comunista como alternativa al sistema
capitalista?
¿Debemos aceptar que en lo adelante el
desarrollo mundial será unidireccional y
uniformemente a favor de la privatización de los
medios de producción, distribución y servicios,
del reinado omnímodo del liberalismo político y
de las estrategias trazadas desde los grandes
centros del capitalismo mundial?
Características del revés
El revés ha sido en parte formal y en parte
real, con serios impactos deprimentes de la
conciencia revolucionaria acumulada y del ideal
socialista.
Ha sido en parte formal, porque se presenta como
derrota total del proyecto socialista, a pesar
de representar solamente el agotamiento y la
quiebra de modelos que en el tránsito hacia ese
ideal resultaron altamente burocratizados y
esencialmente negadores de valores socialistas
fundamentales. El hecho de que los modelos
estatistas, burocratizados y autoritarios fueron
proyectados como el único socialismo posible
motivó que su desplome afectara sensiblemente la
conciencia prosocialista a escala mundial y le
diera asidero temporal a esa campaña.
El revés ha sido en parte real, dado que se
trató del colapso de regímenes objetivamente
anticapitalistas, cuyo papel internacional
servía, en diferentes grados, de contrapeso a la
política imperialista.
Y ese revés, con ese doble significado, ha
tenido impactos decepcionantes y deprimentes
para las fuerzas de la izquierda revolucionaria
y los sectores progresistas y antiimperialistas,
no tanto por el desplome de modelos en franca
decadencia, sino sobre todo por el hecho de que
sus crisis no pudieron ser superadas en el
sentido socialista-revolucionario y, en
consecuencia, sirvieron de caldo de cultivo a
pensamientos y opciones procapitalistas,
facilitando la progresiva aproximación y
asociación de esos países a las estrategias
imperialistas.
Es claro que la superación de los modelos
estatista-burocratizados con fuertes componentes
despóticos, se convirtió en los decenios de los
60, 70 y 80 en una necesidad para el progreso y
para el paso a un modelo de desarrollo
autosostenido al socialismo. La llamada
Primavera de Praga fue la primera señal en esa
dirección (Checoslovaquia 1968).
Lo grave, sin embargo, fue que la posibilidad de
esa renovación se frustró en esa y en ocasiones
posteriores, provocando graves daños al ideal
socialista.
La atrofia de las fuerzas de la renovación
socialista fue mayor de lo previsto en el más
pesimista de los vaticinios, y la negación de
valores esenciales del socialismo a nombre del
socialismo, anuló en el corto y en el mediano
plazos toda posibilidad de recuperación
auténticamente socialista en el marco esos
procesos.
La castración ideológica fue tan drástica que
aún en los casos en que fuerzas formalmente
comunistas y prosocialistas lograron sostenerse
por más tiempo en los gobiernos nacionales y
locales asumiendo algunas reformas, su actitud
defensiva, su vulnerabilidad por el desprestigio
del pasado, las condujo a recular, a hacer
concesiones, a ceder frente a las emergentes
fuerzas procapitalistas y, finalmente, a
sucumbir.
En otros casos, el pensamiento y el accionar
liberal (pro-occidental y procapitalista) pasó a
ser francamente hegemónico desde los llamados
sectores reformistas y renovadores,
independientemente de la velocidad posterior de
los cambios en el régimen de propiedad.
Un revés previo de trágicas consecuencias
La imposibilidad de aprovechar la crisis de los
modelos estatistas-burocratizados para retomar
el camino socialista, para llevar a cabo la
conversión de la propiedad estatal en propiedad
realmente colectiva, para democratizar el
proceso de tránsito, para dar al pueblo
participación y poder de decisión, se tradujo en
un costoso revés. Y ese hecho fue, en gran
medida, consecuencia tardía de un revés más
remoto y más profundo, que tampoco fue
debidamente evaluado.
Nos referimos al revés que sufrió el ideal
socialista original y el primer intento de
tránsito al socialismo en el marco de una
sociedad sin las precondiciones materiales para
ello y a través de un ensayo que pudo implicar,
en caso de prolongarse y enriquecerse, una
dinámica de desarrollo autosostenido, con
pluralidad económica, social, política e
ideológica, con democracia en el partido, en los
sóviets y en la sociedad, con participación y
poder de decisión de los pueblos.
Nos referimos al esfuerzo leninista a través de
la NEP (siglas con que se conoce
internacionalmente la Nueva Política Económica)
y a sus reflexiones adicionales; esto es, el
ensayo de un tránsito con poder popular, con
amplias alianzas sociales y con capacidad
autosuperadora, sin rígidas uniformidades ni
verticalismos extremos.
Ese ensayo fue derrotado por Stalin, sus
partidarios y otros sectores del Partido
Bolchevique en el empalme de los decenios de
1920 y 1930. En su lugar se impusieron la
estatización y la colectivización forzadas,
contando el inicio de ese curso político con el
respaldo de una parte del pueblo contra la otra,
y luego volcándose contra la inmensa mayoría de
la sociedad.
Esa derrota resultó, a la corta y a la larga,
trágica para el tránsito al socialismo.
Esa imposición del llamado modelo estatista,
pese a todo el poder de acumulación generado
inicialmente a través de los métodos
verticalistas de un régimen altamente
centralizado y del sacrificio del campesinado,
se fue convirtiendo en una especie de negación
de valores fundamentales del socialismo y, muy
especialmente, en un mecanismo de aplastamiento
de la democracia socialista y del poder popular
representado por los consejos obreros y
populares (sóviets).
Se construyó así un super-Estado propietario,
altamente monopolista, negador de la democracia
y del poder de decisión de los trabajadores, de
los productores y de los consumidores; negador
de la igualdad de derechos entre los géneros y
de la relación armónica entre seres humanos y
naturaleza.
Un súper-Estado enajenante, atropellador de los
derechos nacionales, negador de la diversidad y
de la creatividad, machista en nueva esencia,
avasallador del espíritu crítico y resistente a
la autocrítica.
A nombre de la revolución, del socialismo y del
propio leninismo, se entronizó una especie de
contrarrevolución y de antisocialismo
anticapitalista sui generis, con un sistema y un
modo de producción y distribución absolutamente
burocráticos, condicionado por una intensa
hostilidad y agresividad imperialista que, al
tiempo de legitimarlo ante las fuerzas
anticapitalistas del mundo, lo obligada a un
alto grado de militarización que luego cobró
vida propia y se tragó parte de sus propios
logros sociales y no pocas de sus ofertas de
bienestar popular a través de una intensa y
prolongada carrera armamentista.
Imprevisión
La tragedia que implicó la derrota del ensayo de
Lenin, los graves efectos de la prolongada
vigencia del llamado modelo estalinista
(expandido hacia el Este y el Centro de Europea
después de la victoria antifascista y del
heroico aporte del Ejército Rojo en esos
resultados), y el negativo desenlace de esa
crisis hacia tortuosos senderos capitalistas, no
eran elementos fáciles de advertir en medio de
un tránsito tan complejo, paradójico y
contradictorio como el iniciado en Octubre de
1917.
Desde fuera era todavía más difícil pensar tales
resultados.
El desarrollo relativo (comparado con lo que fue
el nivel y el papel de Rusia y sus viejas
colonias) resultaba impactante pese a los
atrasos y los retrasos que lo acompañaban.
La mistificación generada y el hermetismo del
sistema, ocultaba muchas de sus debilidades y
limitaciones.
Incluso los propios enemigos del socialismo
quedaron alegremente sorprendidos por el
estrepitoso colapso de esas experiencias. Nadie
previó ese cataclismo político.
Paradojas
El aporte a la humanidad del sistema creado fue,
paradójicamente, muy superior a los nada
despreciables resultados en los límites de sus
fronteras territoriales:
Obligó al capitalismo desarrollado a reformarse
y a conceder reivindicaciones económicas,
sociales, culturales y políticas de gran
significación para los trabajadores y los
pueblos. En Europa lo forzó a incorporar
conquistas propias de los movimientos sociales
(auge de la socialdemocracia y del llamado
Estado de Bienestar).
Contribuyó al desmantelamiento del sistema
colonial y estimuló los procesos de
independencia y autodeterminación de los
pueblos.
Aportó más que ninguna otra fuerza mundial a la
derrota del fascismo, aunque no supo superar sus
limitaciones ni las trabas de su propio modelo
bajo el influjo optimista provocado por esa gran
victoria.
Contribuyó a la heroica Revolución China, al
proceso revolucionario coreano, a la victoria de
Vietnam y a la defensa de la heroica Revolución
Cubana; hechos puntuales en el camino hacia el
imperio de la justicia en las relaciones
mundiales.
Estableció términos de intercambio con países
subdesarrollados del Tercer Mundo que bien
podrían servir para diseñar normas más justas en
el orden económico internacional.
Garantizó la paz mundial, bloqueó la guerra
termonuclear y evitó un grado mayor de
agresiones militares e imposiciones políticas
norteamericanas.
Causas del desenlace
La negación de valores socialistas desde esos
modelos no capitalistas, así como sus
contradictorios e incluso dramáticos resultados
y su posterior estancamiento, crisis y
desmantelamiento, guarda relación con cuestiones
teóricas, prácticas e históricas muy concretas.
Esas revoluciones no se dieron dentro del
esquema propiamente marxista, que fundamentaba
la revolución socialista a partir del desarrollo
capitalista y de la intensificación de la
contradicción entre un alto desarrollo de las
fuerzas productivas y las trabas que le
impusieron determinadas relaciones de
producción.
Las revoluciones que, según Marx, debieron
surgir en Europa Occidental en el período
revolucionario provocadas por la crisis
pre-industrial del capitalismo temprano, no
tuvieron lugar.
Fallo en lo previsto y desencuentro con la
realidad
En ese orden, hay que registrar un fallo en la
previsión científica marxista, pese a que su
aporte en cuanto al análisis general del
capitalismo resultó insuperable.
El fallo consistió en lo relativo a la
valoración de una crisis del crecimiento del
capitalismo temprano, de la crisis de una fase
del desarrollo capitalista, de la crisis de un
nivel específico y de una subformación concreta
del capitalismo, como crisis general del modo de
producción en desarrollo.
Esto creó la confusión de entender esa crisis
como la posibilidad casi segura y a corto plazo
de la caída de los pilares fundamentales del
capitalismo y provocó un primer choque con la
realidad al crear una ilusión a favor de la
caída total del sistema en Europa Occidental,
sin apreciar que sólo se trataba de una fase y
de un nivel específicamente crítico de una de
sus modalidades de acumulación.
La crisis de crecimiento no resultó ser una
crisis del modo de producción, y el capitalismo
pudo salir airoso de ella, consolidándose
posteriormente en los llamados países centrales.
La profecía falló, el desencuentro del vaticinio
inicial con la realidad se evidenció, y las
posibilidades de ruptura del sistema, por el
contrario, se crearon específicamente en sus
zonas periféricas, en las zonas del capitalismo
subdesarrollado y dependiente, donde la vía
occidental se vio bloqueada.
Allí, la revolución popular, democrática,
antiimperialista, con perspectiva socialista, se
tornó viable.
El propio Marx llegó a atisbar las posibilidades
de la revolución rusa, pero no hizo teoría sobre
el tránsito revolucionario en esas condiciones.
A Lenin le tocó actuar en ese escenario y
conducir la revolución popular dentro de él,
algo totalmente distinto a la lógica de la
revolución marxista y en condiciones de un
evidente subdesarrollo de la teoría de la
transición. Ese vacío teórico perduró después de
su temprana muerte.
Revolución invertida sin cambios en Occidente
Se trató precisamente de una especie de
revolución invertida , pero de una revolución
sin base material para el socialismo y obligada
a crear desde arriba y en otros mecanismos la
acumulación originaria que el capitalismo
periférico-dependiente era incapaz de crear.
El cambio se dio sin un proyecto claro de
desarrollo, confiando sobre todo en que la
revolución en Europa Occidental, y
específicamente en Alemania, viniera en auxilio
de la revolución soviética.
Esta última debía ser sólo el prólogo de un
proceso de alcance europeo y mundial, imbuido
inicialmente Lenin de la idea de la posibilidad
del triunfo de la revolución alemana y del
derrumbe del sistema capitalista en el corto
plazo.
De todas maneras, el retraso de la revolución en
el Occidente europeo llevó a Lenin a profundizar
aún más en los problemas de la transición y a
esbozar algunas ideas en busca de fórmulas que
evitaran la burocratización y el despotismo, con
el desenlace conocido: el triunfo de la
tendencia contraria y al enlazamiento en Rusia
de la revolución anticapitalista con el
estatismo burocratizado y despótico, y la
obligada confrontación con Occidente.
Anticapitalismo, estatismo y confrontación
De ese entrelazamiento surgen la sociedad
soviética y modelos parecidos en el Este y el
Centro de Europa como consecuencia del papel
liberador antifascista del ejército de la URSS
en la Segunda Guerra Mundial. Estos últimos más
endebles, por tratase en gran medida de un
producto importado y, en no pocos casos, de
revoluciones no propias.
El tránsito anticapitalista siguió, por demás,
circunscrito al Este, a zonas con un desarrollo
relativamente bajo del capitalismo (con la
excepción de Checoslovaquia y en menor medida de
Alemania Oriental), marcados todos sus modelos
de transición por la enorme influencia del
modelo soviético (con excepción del
distanciamiento yugoslavo). En los casos checo y
alemán, ese modelo actuaba, en buena medida, a
contrapelo de su nivel y potencialidades de
desarrollo.
Otra vez Occidente se recompone
A raíz de las grandes dificultades del
capitalismo en 1929 y 1930, se reafirmó la
teoría sobre la crisis cíclicas del capitalismo
y de nuevo cobró fuerza la idea de un derrumbe
próximo de todo el sistema capitalista.
No fue así. La crisis capitalista no desembocó
en las esperadas revoluciones socialistas
occidentales, sino en su superación a través de
nuevos modelos de acumulación y dominio
sistémico en los centros más desarrollados del
capitalismo.
Los cambios a raíz de la Segunda Guerra Mundial
siguieron sin responder a la lógica de la teoría
de Marx y Engels, registrándose las
transformaciones anticapitalistas en la
periferia dependiente, en países de escaso
desarrollo.
En realidad esos procesos revolucionarios no
resultaban ser propiamente revoluciones
socialistas, aunque se les proclamaba como
tales.
Eran realmente procesos anticapitalistas que por
la influencia soviética y el consiguiente
entrelazamiento entre anticapitalismo, estatismo
y confrontación con Occidente, en Europa del
Este y Central dieron lugar a modelos estatistas
burocratizados similares al de la URSS, en
varios de esos países sustentados por el poderío
militar soviético.
Crisis y revolución científico-técnica
Años después se produjeron nuevas revoluciones
en el mundo dependiente-subdesarrollado en medio
de otro nivel crítico del proceso capitalista
mundial.
También, en esas circunstancias, los países
centrales del capitalismo supieron superar su
crisis y cargar sobre su periferia todo el peso
de la misma, al tiempo de iniciar su fase de
desarrollo post-industrial y transnacional.
Fue su segundo respiro sin necesidad de muletas,
retomando la iniciativa histórica (salvo el
problema guerra y paz), al compás de la
aplicación de la revolución científico-técnica a
la producción, a la distribución, y a los
servicios y a la gestión, registrándose un
proceso de paulatino reemplazo del paradigma
tecnocientífico y de cambios trascendentales en
el modelo de acumulación y de gestión
capitalista a través de la incorporación de la
microelectrónica, la informática, la biomédica y
la robótica.
Otra vez la revolución en el mundo desarrollado
quedó postergada y el Este anticapitalista no
pudo recibir la deseada ayuda del soñado Oeste
amistoso y en la vía socialista.
Crisis post-revolucionaria
Este repunte del capitalismo, lamentablemente,
coincidió con la degeneración y la crisis de las
estructuras post-revolucionarias en la URSS y en
los países de Europa del Este y Central.
La pujanza exhibida en la URSS en la fase de
industrialización, no pudo continuar por los
propios límites del modelo estatista. El
despegue post-industrial se vio seriamente
trabado por esa misma razón.
El empantanamiento en la fase de desarrollo
extensivo no posibilitó el paso al desarrollo
intensivo y a la incorporación integral del
patrón microelectrónico-informático.
Las estructuras burocráticas entraron en
contradicción con el progreso tecnocientífico y
su aplicación a la industria civil.
La carrera armamentista se sobredimensionó en un
grado superior a la necesidad de la competencia
y paridad con Estados Unidos, y se tragó
importantes recursos naturales, gran parte del
presupuesto y con ello incluso significativas
conquistas sociales existentes y potenciales.
El modelo estatista perdió en la emulación con
un capitalismo que, por demás, tenía ventajas
históricas sobre él.
Después del gran impulso de los primeros
decenios y de acelerados avances que lo metieron
en competencia con Occidente, entrando a los
años 60 se anularon así sus posibilidades de
autodesarrollo, agravadas la situación por la
falta de participación y de debate superador.
El período de Breznev, cimentado en al agotado
sistema estalinista, resultó en extremo costoso
y selló el fracaso. Como dice el historiador y
latinoamericanista soviético Kiva Maidanik, si
el período estaliniano fue benévolamente
denominado como del culto a la personalidad ,
el de Breznev debió calificarse de período del
culto sin personalidad .
Al mal gobierno económico, al derroche de
petróleo y al agotamiento de importantes
recursos naturales, a la pérdida de la capacidad
de ayuda dentro de su papel internacional y a la
crisis del sistema administrativo de ordeno y
mando ... se sumaron el auge de la alienación,
la corrupción y la tendencia a la disgregación
social y nacional; esta última operando como una
espoleta de acción retardada, pero reactivada
por la crisis política y la pérdida de los
valores internacionalistas.
Muy grave además resultó ser el artificial
taponamiento y la ausencia de soluciones de
fondo a las pugnas nacionalistas e inter-étnicas
que hasta en Yugoslavia, una de los pocos
procesos que se diferenció sensiblemente del
modelo soviético, estallaron de mala manera a
raíz de su reactivación tardía.
El Partido Comunista de la Unión Soviética y los
demás partidos gobernantes en Europa del Este
perdieron capacidad de autorrenovación. En lugar
de lograr, partido y Estado, el fortalecimiento
mutuo, ambas instancias (poder real y poder
ejecutor) terminaron debilitándose
recíprocamente.
El retraso de la URSS y de otros países de
Europa Oriental en la carrera tecnológica y
sobre todo en su aplicación a la industria civil
(y a la agricultura en el caso de la URSS), las
urgencias particulares en materia de distensión,
los acuerdos de paz y desarme, alentaron, a
partir del período de Kruschov, tendencias más
allá de la coexistencia y la cooperación, más
bien próximas a formas de contemporización.
Alentaron, en consecuencia, el debilitamiento en
mayor grado del internacionalismo revolucionario
y de la justa valoración del vínculo con el
movimiento antiimperialista y revolucionario
mundial, y condujeron a nuevas desviaciones
eurocentristas y a nuevas inclinaciones a favor
de la paz y la cooperación sólo entre los
grandes. Esas tendencias devinieron en alianza
con Estados Unidos y con el Occidente
capitalista.
La explosión de los males acumulados a nombre
del socialismo, favoreció la confusión y
estimularon las tendencias antisocialistas en
esas y otras sociedades, acicateadas por la
guerra ideológica y desinformativa, y por la
campaña llevada a cabo desde los poderosos
medios de comunicación y propaganda
imperialistas, pobremente contrarrestados. Eso
contribuyó a la subordinación de los ex países
socialistas al imperialismo y a la degeneración
de la renovación anunciada, convirtiéndose en un
liberalismo de baja ralea.
Y todo esto también tuvo mucho que ver con la
mala herencia de una superposición entre la
política de Estado y la política de partido, con
la nociva confusión entre el papel del Estado y
el papel del partido dentro del tránsito al
socialismo, lo que determinó que los límites de
las políticas estatales en un mundo muy
interrelacionado se le impusieran a las
políticas de los partidos comunistas en el poder
y a las organizaciones sociales.
Todo esto dio lugar a que durante los períodos
de distensión relativa con las potencias
capitalistas se acentuara el debilitamiento de
las ideas revolucionarias tanto respecto a
problemas internos como externos, tanto en la
beligerancia crítica frente a corrientes
internas antisocialistas como en lo que relativo
a la necesidad de una línea antiimperialista y
anticapitalista en la arena internacional.
Se acumuló una especie de bomba de tiempo.
Algo muy duro para el poder y fatal para los
partidos comunistas, pues al disociarse ambos
tendieron a derrumbarse.
El regreso al cauce realmente socialista a
través de la democratización se convirtió en una
necesidad imperiosa, pero a la vez inalcanzable
en el corto y mediano plazos, según lo
demostraron los hechos recientes.
El estatismo burocratizado y despótico, a nombre
del socialismo, generó un antisocialismo
abrumador en esas sociedades. El daño político
fue enorme y sus efectos, bastante prolongados.
No significa esto que el ideal socialista haya
fracasado como pregonan sus adversarios
históricos.
El cierre temporal en el Este europeo del cauce
de la renovación auténticamente socialista (por
la carencia de fuerza, conciencia y organización
en ese sentido) ha abierto el camino o a la
subordinación al capitalismo occidental o a una
especie de seudocapitalismo o capitalismo
brutal, mafioso, desintegrado, inestable,
mezclado con el estatismo y la dispersión o
disgregación nacional y social.
Esos resultados parecen próximos pero aún peores
que los generados por los modelos capitalistas
latinoamericanos, distante de los modelos
capitalistas europeos, japonés,
norteamericanos... y expuesto a nuevos cambios
cuando posteriormente la experiencia traumática
llame a retomar la vía propia y a reagrupar las
fuerzas de la justicia social, la igualdad, la
propiedad social y la soberanía.
Cierto que las primeras señales en esa dirección
no han tardado en aparecer, pasando previamente
por una era de degradación política y moral como
la que ha encarnado el poder de Yeltsin y las
mafias rusas, y otras situaciones similares en
una parte de las repúblicas de la antigua URSS.
De todas maneras, el trauma ha sido demasiado
fuerte como para que, pasados los primeros diez
años del derrumbe, no se haya registrado el
viraje necesario.
La historia sigue en medio de dos crisis
simultáneas
Estos hechos demuestran categóricamente que el
camino hacia la liberación y el socialismo no es
rectilíneo.
Es un proceso con victorias y derrotas, con
avances y retrocesos.
El paso idílico y relativamente corto a partir
de aquel octubre brillante, no era real. Más
bien ese proceso ha tenido la connotación de una
vía tortuosa, con ensayos fallidos, con
experiencias valiosas y hechos aleccionadores.
Las dificultades y los reveses exhibidos a los
70 y tantos años de iniciado ese tránsito, no
anulan por demás la crisis del sistema opuesto y
la pertinencia de la gran meta inspirada en el
interés colectivo, en la justicia social, en la
libertad integral y la igualdad entre los seres
humanos.
Estamos viviendo dos crisis simultáneas, ambas
con contenidos y dinámicas diferentes.
Una cosa es la crisis de los modelos estatistas
burocratizados, que devino en un serio revés de
su anhelada sustitución por un socialismo
renovado o de la retoma del ideal socialista,
temporal y gravemente estropeado en Europa del
Este y la URSS, y otra cosa es la crisis en la
periferia dependiente del sistema capitalista y
en los centros imperiales que representa Estados
Unidos, Japón y Alemania y sus áreas de
influencia.
Son dos crisis diferentes, con causas y ritmos
realmente independientes, aunque con
repercusiones mutuas.
Esta realidad determina que la imperiosa
necesidad de cambios en el Caribe, en América
Latina y en todo el Tercer Mundo, no se anule,
aún cuando la vía socialista haya sufrido esos
reveses en el este de Europa y en la URSS, que a
su vez afectan severamente a las fuerzas
revolucionarias en todo el mundo.
Al paso de los años, está claro que la lógica
imperialista frente a aquel desplome en Europa,
agrava la crisis en nuestro Tercer Mundo y en
otros puntos del planeta.
La explotación, la sobreexplotación, la pobreza
y la exclusión se han incrementado notablemente.
Debilitada al extremo la llamada tensión
Este-Oeste, se desarrolla en mayor grado la
llamada confrontación Norte-Sur, y
Centro-Periferia y Pobres y Super-ricos.
El reinado del Norte en la actualidad no puede
menos que desarrollar enfrentamientos agudos,
sin descontar tampoco las enormes tensiones que
crean los bolsones migratorios del Sur en el
propio territorio del Norte prepotente y
desarrollado y las áreas de pobreza expandidas
dentro de los propios países altamente
desarrollados.
A eso se debe lo acontecido sucesivamente en
Panamá, en el Golfo Pérsico, en Somalia,
Liberia, Haití, Irak y más recientemente en
Yugoslavia, escenarios de nuevos intercambios
militares masivos.
Las tensiones sociales y políticas se elevan al
compás de la expansión de la pobreza y se
expresan en cadenas de explosiones sociales y de
crisis de gobernabilidad en América Latina y el
Caribe, Africa, Asia... en paros, huelgas,
confrontaciones armadas... en todo el planeta.
Esas intervenciones militares, esas rebeldías y
todo el cuadro de pobreza y miseria que agobia
en gran parte de la humanidad, debilitan el
argumento de que lo acontecido en el Este y en
el Centro de Europa operaría como factor de
desactivación definitiva de las tensiones
mundiales, como paso hacia la distensión, como
mecanismo de superación de la violencia, las
revoluciones y las guerras; como supuesto
enterramiento de la barbarie y expresión del
triunfo definitivo de la civilización
capitalista occidental sobre los regímenes
opresores .
Ellas revelan que esa civilización ha
resultado, en sus diferentes etapas (incluida la
actual), la más bárbara y la más despótica en la
historia de la humanidad, exhibida su desnudez
con el fin de la Guerra Fría y la eliminación de
todos los pretextos que le permitían
justificar sus desafueros.
Ahora el capitalismo ha avanzado a una de sus
fases más crudas, más drásticas, más
destructivas.
En su euforia y con las banderas neoliberales
desplegadas, chorrea por doquier pus y provoca
sufrimientos inéditos.
Claro que es evidente el impacto negativo de la
crisis en el tránsito al socialismo, y sobre
todo de los resultados en el corto y mediano
plazos de ese colapso.
La subjetividad revolucionaria fue severamente
afectada, las claudicaciones y renegaciones se
multiplicaron, el referente socialista quedó tan
deteriorado que es preciso recrearlo.
La ofensiva conservadora arrasó con múltiples
conquistas históricas del proletariado y dejó a
las clases y sectores populares a la defensiva,
mientras la incertidumbre copaba el campo
revolucionario y progresista. La misma
socialdemocracia europea se ha neoliberalizado
en no pocas de sus vertientes.
Pero bien se ha dicho que no hay mal que por
bien no venga.
Lo que existía era insostenible y ya constituía
una carga política demasiado pesada.
El cambio temporalmente ha sido para algo peor.
Pero ése no es el fin de la historia, ni allá ni
aquí.
Allá, en el Este europeo, saca a flote los males
acumulados y pone de manifiesto las debilidades
presentes, pero a la vez crea una dinámica que
muestra que por la vía capitalista no podrán
encontrarse soluciones, sino más bien nuevas y
dramáticas contradicciones y pésimas
experiencias que habrán de recomponer corrientes
liberadoras y de conducir, a más largo plazo, a
la necesaria meta socialista, si aparecen los
actores necesarios.
Aquí se vive una crisis de otro signo, de otro
tipo de estructuras, de otros sistemas
económicos y otros modelos políticos.
Una crisis mucho más grave, mucho más cruel. Es
la gran crisis sistémica de fin de siglo. Crisis
en la periferia del capitalismo combinada con
crisis en los países capitalistas altamente
desarrollados. Una crisis que exige de
alternativas integrales, de revoluciones
políticas capaces de propiciar otros proyectos
de desarrollo.
Los movimientos del llamado Tercer Mundo, y
especialmente de América Latina y el Caribe, si
bien tenemos que aprender de los graves errores
cometidos en la URSS y en los países del Este
europeo, tenemos a la vez mucho qué enseñar a
ellos respecto a lo que es la vía capitalista
subordinada a los grandes centros desarrollados.
Podemos mostrar lo ilusorio que es considerar a
esos centros como socios o como amigos .
Podemos dar pruebas irrefutables de que la ley
que rige sus relaciones es la ley del beneficio,
incluso del superbeneficio a su favor, y no la
de la ayuda y la cooperación .
Podemos exhibir los estragos que a nuestras
fuerzas productivas y a los precarios niveles de
vida de nuestros pueblos les ha ocasionado el
neoliberalismo y todas las variantes del
capitalismo.
Pero, además ¾y esto es lo más importante¾, la
experiencia vivida por ellos mismos muestra que
la construcción capitalista emprendida después
del derrumbe ha sido mil veces más funesta y más
trágica que todos los errores y deformaciones
registradas en el camino anticapitalista
iniciado en Octubre de 1917. Rusia y las demás
repúblicas soviéticas están expuestas hoy a una
verdadera catástrofe.
De nuevo está planteado la cuestión de la
alternativa después de este revés (en lo que se
refiere al tránsito al socialismo en la ex URSS
y los países del Este europeo) y en medio de una
gran contraofensiva neoliberal de los Estados
Unidos en todo el mundo.
¿Cómo transformar el revés en estímulo? ¿Cómo
aprovechar el viento contrario, tal y como lo
hacen los barcos de vela, en fuerza nuestra?
Esa posibilidad existe, en el marco de una
crisis que tiene raíces y dinámica propia, en el
marco de modelos capitalistas sin soluciones a
problemas que se agravan constantemente,
especialmente en el marco del capitalismo
dependiente.
Esa posibilidad existe también en otros procesos
de tránsito donde desde revoluciones originales
se terminaron copiando, en mayor o menor grado,
aspectos de esos modelos burocratizados y
dogmatizados que ya hicieron crisis en Europa.
Esa posibilidad existe en China, Vietnam, Corea
y Cuba, siempre que se aprendan las lecciones
que arrojan estos acontecimientos, aunque
también con riesgos de caer en la tentación de
una inserción fatal en el orden capitalista.
Y en esa vertiente del pensamiento hay que tener
en cuenta además que la quiebra de los modelos
estatistas europeos libera fuerzas.
Su vigencia y su influencia no sólo
contrapesaban positivamente ¾en cierta medida¾
la política imperialista, sino que además, en el
orden negativo, creaba, en nombre del
socialismo, referencias muy cuestionables,
proyectaban modelos y métodos extraños a las
condiciones latinoamericanas y caribeñas,
promovían concepciones y teorías ajenas a
nuestras realidades, frenaban la creatividad,
estimulaban el dogmatismo, obstaculizaban el
desarrollo de un pensamiento teórico más
adecuado al Tercer Mundo, dificultaban la
búsqueda de alternativas y proyectos de tránsito
propio, reproducían su propia fórmula dentro de
la revolución invertida y dentro de los
procesos no capitalistas, estancaban el
pensamiento marxista, obstruían el desarrollo de
fuerzas propias y entorpecían la construcción de
fuerzas revolucionarias alternativas.
Algo parecido, aunque con otras
particularidades, aconteció con el influjo de la
Revolución China en América Latina, la cual
presentaba muchas peculiaridades inaplicables en
América Latina y modalidades que también fueron
condicionadas por la influencia soviética
inicial y el modelo estatista. Igualmente, con
el seguidismo pro-albanés.
Por una serie de razones, el estatismo
burocratizado en la URSS y en los países del
Este europeo reforzó aspectos del eurocentrismo
en el proceso de formación del pensamiento
revolucionario y del quehacer político en el
continente, ayudado además ese fenómeno por las
influencias del pensamiento liberal, conservador
y socialdemócrata europeo y norteamericano.
También lo reforzó en Asia y en Africa,
condicionando y deformando esfuerzos liberadores
inicialmente originales.
En el movimiento marxista latinoamericano y
caribeño, esto llegó a extremos graves, dándose
innumerables casos de partidos comunistas y
movimientos marxistas mucho más empapados de a
historia de esos países que de los procesos
nacionales y regionales latinoamericanos y
caribeños, y siempre prestos a trasplantar sus
dogmas y sus deformadas experiencias. Eso
también aconteció en Asia y Africa.
Sólo los que lograron zafarse de esos esquemas y
de esas influencias pudieron hacer revoluciones
populares, e incluso sus tropiezos posteriores
han tenido mucho que ver con la copia de
esquemas y métodos en decadencia, desde su
condición de fuerzas gobernantes, y con las
gravitaciones del denominado socialismo real o
de los esquemas liberales y socialdemócratas de
matriz europeas y estadounidense.
Nicaragua: más que una derrota electoral
El caso nicaragüense resultó un ensayo de
tránsito nuevo, con aciertos y errores que es
preciso ponderar.
Al gran triunfo que significó derrotar el
somocismo sustentado durante cuatro decenios por
el poder imperial estadounidense, siguió un
original y creativo tránsito revolucionario que
ha sufrido un rudo revés en el marco del proceso
electoral de 1990.
La revolución nicaragüense ha sido quizás la más
alta expresión de voluntad de combinar los
cambios estructurales con la democracia
política. Ese gran aporte, que prefiguró un
modelo de tránsito con pluralidad social,
económica y política debe ser debidamente
reivindicado.
Esa experiencia, sin embargo, demuestra cuán
difícil es encontrar la combinación adecuada, la
justa medida entre el cambio social, la
confrontación con una contrarrevolución de
factura imperialista, la democracia
revolucionaria y el avance en materia de
bienestar y desarrollo.
El segundo día resultó más complejo que el
primero.
La lucha desde el poder, procurando evitar la
copia de modelos de tránsito que ya presentaban
serias señales de agotamiento, resultó más
difícil que la lucha por el poder.
La firmeza en los principios fue afectada por la
excesiva confianza en la gran capacidad de
maniobra evidenciada por los dirigentes de ese
original proceso.
A los daños ocasionados por la agresión
económica y militar de Estados Unidos, se
agregaron errores de mucha significación.
Las concesiones a la presión imperialista, a los
diversos componentes del mundo occidental y a la
propia contrarrevolución interna, resultaron
excesivas.
A los efectos negativos del desgaste económico
de la guerra se agregaron políticas
fondomonetaristas que estrechaban la base social
del Frente Sandinista de Liberación Nacional
(FSLN).
A las cuantiosas pérdidas de vidas humanas, se
sumó el hecho de que el servicio militar
obligatorio trasladó parte de la responsabilidad
de esas muertes al Estado y al FSLN. La
violación del principio de la voluntariedad en
la defensa de la revolución, determinó que en
las familias atribuladas ganara fuerza contra el
sandinismo.
Al justo interés de desarrollar una economía
mixta se añadió el ritmo lento en los cambios
estructurales y en el régimen de propiedad, lo
que dificultó en las masas pobres la percepción
de la revolución como proceso propio.
El necesario tema electoral se llevó al extremo
de acceder a unas elecciones en medio de la
guerra y sin condicionarlas al previo
desmantelamiento de la contrarrevolución armada.
A la contrarrevolución política se le hicieron
concesiones tales como la autorización de todos
los derechos políticos, incluido el insólito
financiamiento de su campaña desde el país
agresor (EE.UU.).
A las presiones ideológicas internacionales se
les abrieron puertas como la de suponer un
cambio favorable en el relevo de Reagan por Bush
y como la de afirmar la legitimidad del gobierno
de Cristiani y el equiparamiento del papel de la
contra nicaragüense con el del Frente Farabundo
Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El
Salvador.
La libertad electoral, con fuertes influencias
liberales, primó más que la defensa de la
revolución en el marco de una democracia
participativa e integral.
El pluralismo necesario dentro de una dinámica
hacia la socialización de la propiedad y del
poder, se mezcló con el liberalismo y el
verticalismo, afectando sensiblemente la
hegemonía popular-revolucionaria. Liberalismo en
la forma de enfrentar el brazo político de la
contrarrevolución armada. Verticalismo en la
conducción interna del FSLN y su relación con el
Estado y con las organizaciones sociales.
Del cuestionamiento de los modelos estatistas
burocratizados, se sacó la lección respecto a la
necesidad de la pluralidad política, social y
económica, pero eso no estuvo acompañado ni del
combate al sistema de privilegios a favor de
dirigentes y funcionarios, ni de la prevención y
el combate a la corrupción de una parte de los
estamentos dirigentes, ni de la necesaria
separación del papel del partido (FSLN) y del
Estado, ni de la erradicación del centralismo y
el verticalismo excesivo, ni de la eliminación
del derroche practicado por los grupos burgueses
y pequeñoburgueses que coexistían con la
revolución popular.
Todo esto minó la autoridad y la influencia del
FSLN, que confió sobre todo en sus
extraordinarios méritos históricos y en su gran
capacidad de maniobra, y se autoimpresionó o
autoengañó por su superioridad en materia de
propaganda, movilización e inserción en las
masas activas.
Todo esto dificultó las correcciones necesarias,
debilitó el espíritu autocrítico e impidió la
autosuperación.
No hay dudas también de que la crisis del campo
socialista europeo , con todas sus negativas
consecuencias en la logística, influyó
significativamente en el ablandamiento de ese
proceso y muy especialmente de su conducción
colegiada.
El descenso de la influencia resultó
significativo, sobre todo al ser medido en un
escenario donde lo cualitativo pierde valor,
pues en términos de decisión, el voto de los
criminales somocistas tuvo igual valor que el de
los más heroicos combatientes sandinistas.
Ese descenso determinó la derrota electoral, que
tuvo implicaciones mayores que un revés
coyuntural, dada la existencia de una
institucionalidad sensiblemente
presidencialista, y dadas las fallas ideológicas
y políticas que tocan cuestiones importantísimas
y generan a la vez disensiones que dificultan la
recomposición y la retoma de la capacidad
ofensiva.
Mientras esas fallas no sean enfrentadas con
rectificaciones profundas, tienden a reproducir
errores parecidos en las nuevas circunstancias
internas y a provocar parálisis costosas.
En la falta de rectificación estuvo la causa de
la tristemente famosa piñata (posterior a la
derrota) y de la conformación al interior del
Frente de grupos adinerados, nuevos ricos y
nuevos empresarios que condicionaron y
condicionan su línea política.
El sandinismo, sin embargo, es una gran fuerza,
con fuertes raíces, con una clara hegemonía en
el sistema nicaragüense de organizaciones
sociales, con un peso decisivo en el Ejército, y
enfrentado a adversarios que no representan
alternativas superadoras de una crisis agravada
y que convertidos en gobierno ni siquiera han
podido contar con el esperado apoyo material de
los Estados Unidos.
El FSLN ha tenido y tiene reservas suficientes
para retomar la conducción de ese país y dar
continuidad a la revolución popular, pero para
ello ha debido superar la crisis de conducción
revolucionaria que lo ha afectado, revertir la
tendencia a la socialdemocratización presente en
una parte de sus cuadros dirigentes, pagar el
costo de la depuración y decantación, restaurar
su unidad potencialmente afectada y recuperar
dentro del grueso de sus bases la confianza en
la posibilidad de un nuevo viraje hacia la
revolución popular sensiblemente entorpecida.
Ese revés, si bien ha ejercido un fuerte impacto
depresivo en las filas revolucionarias
latinoamericanas y caribeñas, tiene también la
virtud de completar las lecciones para una
rectificación profunda en su seno.
El caso salvadoreño y su desenlace negociado
La insurgencia salvadoreña avanzó hasta el punto
de abrir la esperanza de una tercera revolución
triunfante en América Latina y el Caribe.
El FMLN logró convertirse no sólo en un potente
ejército popular y una fuerza político-militar
impresionante, sino que logró controlar amplias
áreas territoriales y devino en una fuerza
beligerante casi imposible de derrotar en el
campo de batalla.
El ejército al servicio de la oligarquía tuvo
que ser sistemáticamente reconstruido con la
ayuda de los Estados Unidos, sufriendo bajas en
todo el período equivalente a sus efectivos
iniciales.
La victoria definitiva no era fácil, pero estaba
en el presupuesto político del heroico
movimiento revolucionario salvadoreño y de sus
hermanos caribeños y latinoamericanos.
Las negociaciones de paz, por momentos, fueron
valoradas como un medio a través del cual podía
expresarse la victoria.
Esto es, como un frente de lucha que permitiría
atraer más fuerzas y avanzar en el campo de
batalla hasta convertirla en modalidad del
triunfo, tal y como aconteció en Vietnam.
La ofensiva de noviembre de 1989, pese a que ya
arrastraba peligrosas disensiones internas,
evidenció que la acumulación de fuerza llegó a
aproximarse a lo requerido para vencer a las
fuerzas contrarrevolucionarias, pero no logró el
salto decisivo.
Después de ese nivel de acumulación, sin
embargo, sobrevino el descenso y la conversión
de la negociación en medio para una salida
pactada, basada en la existencia de un relativo
equilibrio de fuerzas. La derrota electoral
sandinista y el descalabro que se vislumbraba en
el Este europeo afectaron en alto grado el apoyo
logístico, del cual el proceso salvadoreño era
sumamente dependiente.
El derrumbe del socialismo real y de la
derrota del sandinismo en Nicaragua tendían a
crear, además, serias dificultades políticas e
ideológicas en el curso de la lucha armada y al
interior de una parte de las fuerzas del FMLN.
Las tendencias a favor de ciertas formas de
rendición condicionada (vía negociación),
presentes sobre todo en dos de sus
organizaciones (pero también con influencia en
las otras), pudieron ser frenadas, pero sus
efectos reales le restaron al FMLN en su
conjunto capacidad de resistencia y voluntad
para persistir en el camino de la guerra popular
revolucionaria, aun fuera en otros niveles y
modalidades. Más aún: debilitaron sus planteos
en torno al cambio de la correlación de fuerzas
en el poder permanente (ejército, relaciones de
propiedad...) y redujeron su plataforma de
negociación en ese aspecto.
Lo acumulado durante largos años de lucha
democrática y particularmente en el curso de 11
años de resistencia armada, sirvió para lograr
una salida pactada con significativas conquistas
democráticas, pero con serias limitaciones en
cuanto al proceso de creación y conquista del
poder.
Los resultados positivos del acuerdo de paz,
quizás no los óptimos posibles a partir de la
decisión de no continuar la guerra, llegaron
incluso a crear la ilusión de que ellos
implicaban una especie de victoria diferida ;
esto es, de triunfo parcial a ser completado con
nuevos avances en el desarrollo de factores de
poder y en la conquista del poder central dentro
de una nueva fase eminentemente política.
Las dificultades que impuso una disidencia
interna socialdemocratizante y con tendencia a
la claudicación, las adversidades en el contexto
regional y mundial, las maniobras de la derecha
produciendo cambios en los tiempos y en la
profundización de los acuerdos de paz, el
influjo de corrientes y actitudes de ese mismo
tipo procedentes de las áreas más blandas del
sandinismo, el desarme del pueblo y la
marginación del sujeto popular en el curso de su
aplicación, afectaron lo pretendido.
Provocaron además: primero, un cierto
empantanamiento del FMLN; segundo, una aguda
división en torno a cuestiones básicas que
frenaron sus perspectivas de avance; tercero,
resultados electorales muy favorables a la
derecha y, en general, un cuadro de
estabilización del capitalismo dependiente, una
limitación de la democratización al marco
liberal representativo y un bloqueo de la
revolución democrática con la consiguiente
consolidación de la hegemonía del poder imperial
y de la burguesía dependiente con nuevos aires
modernizadores.
La esperanza de una tercera revolución en el
subcontinente quedó truncada en el corto y
mediano plazo, y el descenso de la ola
revolucionaria centroamericana no se hizo
esperar, impactando negativamente a Guatemala,
especialmente al proyecto que encarnó la URNG.
Las circunstancias (diferencias internas,
corriente capituladora, cambios adversos en la
correlación de fuerzas en el plano
internacional, derrota sandinista y la previa
aceptación del desarme unilateral) que llevaron
al FMLN a pactar una paz negociada que no afectó
en su esencia al ejército ni el dominio
económico y social de las poderosas familias
burguesas ni la hegemonía norteamericana en El
Salvador, contribuyeron a conformar condiciones
para bloquear las transformaciones estructurales
radicales; situación agravada por los efectos de
la desmovilización militar del FMLN, acompañada
de su descenso en la dinámica movilizadora del
pueblo.
Podría discutirse si de todas maneras la
correlación de fuerzas en el ámbito nacional
daba o no para poner en mayor medida en el
centro de la negociación el destino del ejército
regular y la democratización del poder económico
y social. De todas maneras la lección es clara:
toda democratización que no implique la
democratización y el cambio de la naturaleza del
poder permanente puede ser asimilada y
distorsionada por ese poder en manos de minorías
sociales y por las fuerzas políticas afines.
Otra enseñanza importante se relaciona con la
unidad y la esencia revolucionaria de las
fuerzas que conforman la vanguardia unitaria y
compartida: ambas cosas son imprescindibles para
garantizar el cambio revolucionario, el
desplazamiento del sujeto político-social
dominante por un nuevo sujeto popular, y ambas
cuestiones fueron seriamente afectadas en El
Salvador antes de la negociación, durante su
curso y posteriormente al Acuerdo de Paz.
La experiencia salvadoreña también refuerza el
sentido preciso de lo que debe ser la renovación
revolucionaria en los tiempos actuales. Y esa
necesidad ha quedado mucho más evidenciada
después de firmada la paz , dado el notorio
proceso de integración al sistema de sectores
importantes del Frente Farabundo Martí para la
Liberación de El Salvador.
La Revolución Cubana siguió altivamente de pie
Después del derrumbe la revolución cubana ha
vivido el período más crucial de su historia.
Nunca antes se combinaron tantos factores
adversos.
El criminal bloqueo económico de los EE.UU. no
sólo no cesó, sino que se intensificó a pesar de
que, en los hechos, pueblos y naciones
latinoamericanas le han abierto brechas al cerco
político y económico inicial, por encima de los
dictados de Washington.
De la Enmienda Mack al Acta de Exportación y a
la Ley Torricelli, se afectó en un 16% más el
comercio de Cuba con el exterior, porque esa ley
implica drásticas sanciones a las empresas
subsidiarias, a las empresas de terceros países
y a las navieras que toquen puertos cubanos.
Al derrumbe de los modelos estatistas
burocratizados del Este europeo le siguió la
quiebra del modelo soviético
Estos factores, operando en forma simultánea,
debilitaron extraordinariamente las relaciones
económicas de Cuba con el mundo, agravaron los
problemas de suministro y obligaron a un período
con mucho más restricciones de todos los
órdenes.
A esa situación, el gobierno revolucionario
cubano le respondió con las medidas
correspondientes a ese período especial en
tiempos de paz y con otras transformaciones
económicas y políticas.
Los efectos de esas medidas, aunque ha resultado
positivo dentro de una política para sobrevivir
dentro de una relación bastante equitativa para
una gran parte de la población, resultaron
limitadas para contrarrestar el impacto negativo
de los cambios mundiales y del bloqueo reforzado
por los Estados Unidos a través de la ley
Torricelli.
Algunas de ellas, además (como la expansión del
turismo y de las áreas dólar de los servicios),
están acompañadas de un costo social y político
no despreciable, aunque conscientemente asumido.
Por otra parte, el burocratismo, la corrupción
burocrática, las limitadas áreas de privilegios,
la economía subterránea, la negligencia en la
gestión estatal, la superposición entre la
gestión del partido y del Estado, el
abultamiento de las nóminas en áreas no
productivas, el paternalismo estatal... sin
llegar a las magnitudes de Europa del Este y de
la URSS, habían alcanzado en Cuba niveles
significativos y echaron raíces difíciles de
erradicar dentro de un modelo marcadamente
estatista que, por suerte, dada la alta
sensibilidad social de sus dirigentes, ha tenido
la virtud de superar con creces el papel
distribuidor de riquezas e ingresos ejercido por
otros parecidos, y permitió alcanzar conquistas
sociales realmente trascendentales e
impresionantes.
Las dificultades para superar los fuertes
componentes de estatismo burocrático presente en
la realidad cubana han determinado su
coexistencia con el área dólar de la economía,
creando una dualidad generadora de nuevas
distorsiones que de ninguna manera le restan
valor al esfuerzo para sobrevivir convertido en
otra hazaña de la única revolución de
orientación socialista que perdura en el
hemisferio occidental.
Ese gran éxito en materia de sobrevivir, sin
embargo, no anula los efectos negativos que
todavía perduran como resultado de la
continuidad de una parte de las estructuras
estatistas, en cierta medida burocratizadas, y
de las concepciones y formas de gestión
económica y política copiadas del modelo
soviético e insertadas en un proceso que, pese a
haber defendido intensamente su originalidad,
fue parcialmente afectado por su articulación
económica dependiente y por el peso material e
ideológico de la URSS antes de que esa gran
potencia exhibiera su profunda crisis.
Si algo hay que reflexionar sobre los dramáticos
acontecimientos este-europeos en Cuba es la
necesidad de analizarlos a profundidad y
explicar las causas de esa crisis estructural y
del derrumbe efectuado en la URSS, extrayendo
las lecciones que se derivan para Cuba
revolucionaria.
En el caso cubano y en el de los demás procesos
de tránsito al socialismo resulta además
imprescindible superar todo lo semejante a esos
modelos fracasados que influyeron en sus crisis,
con claras conciencia de que fueron y son, en
comparación con un auténtico desarrollo
socialista, valores antisocialistas,
deformaciones del proyecto original.
Tan trascendental reflexión y los correctivos
que de ella pueden derivarse naturalmente
deberán tomar en cuenta las peculiaridades del
proceso cubano, su proximidad a Estados Unidos,
las características de su exilio
contrarrevolucionario, la fase de sobrevivencia
que le imponen los cambios mundiales y la
necesidad de mantener la unidad de acción de su
pueblo.
Esto implica asimilar también la lección
soviética en cuanto a la errática conducción y
evidente traición de Gorbachov en los momentos
en que la necesidad de la renovación y de la
democratización tocaron las puertas de la URSS y
sobre todo en cuanto al proceso degenerativo que
sufrió la Perestroika, dando paso a una tortuosa
liberalización pro capitalista y a una
vergonzosa subordinación a EE.UU. y a las demás
potencias imperialistas.
Si arriesgado es mantener indefinidamente las
estructuras que fueron trasplantadas del modelo
soviético, más lo sería aún copiar la
Perestroika y acceder a un proceso de
liberalización como el que demandan Estados
Unidos, el exilio contrarrevolucionario y las
derechas latinoamericana, caribeña y mundial.
Esto último equivaldría a la muerte de la
revolución cubana.
En el caso cubano, volver a América Latina no
debe entenderse como reproducir el sistema
político y las estructuras sociales capitalistas
que predominan en nuestros países, estremecidos
por la peor crisis de sus historias, sino
recuperar toda la originalidad de la revolución
y ponerla en dirección al proceso de
conformación de la gran patria bolivariana
dentro de una clara orientación socialista que
no puede ser, y sin que con ello se dejen
pendientes viejos riesgos, la eternización de un
estatismo burocrático reñido con la esencia del
socialismo.
Los cambios que, al entender de muchos
revolucionarios socialistas, Cuba necesita, no
tienen nada que ver con las reformas
capitalistas ni con una liberalización política
de tipo capitalista.
Cuba necesita firmeza en el camino socialista y
voluntad de resistir las nuevas presiones y las
dificultades que plantea la adversa correlación
de fuerzas a escala mundial; necesita ingenio y
flexibilidad para buscar alternativas en materia
de rearticulación internacional y para derrotar
el bloqueo. Y esto evidentemente le sobra.
Cuba necesita identificar a mayor profundidad
todo lo negativo trasplantado del modelo
burocrático soviético y asumir su superación
progresiva con la voluntad política que debe
derivarse de entenderlo como fuente de problemas
internos, potenciados por la escasez y las
enormes dificultades provocadas por las
adversidades externas.
Eso implica profundizar el proceso de
rectificación e impulsar el esfuerzo hacia un
modelo de tránsito al socialismo netamente
cubano y esencialmente capaz ¾aún dentro de la
apertura y la inversión extranjera y ciertas
formas de propiedad mixta, privada e individual¾
de garantizar el predominio de la propiedad
social y de la propiedad pública socialmente
controlada y democráticamente gestionada, así
como un proceso de mayor socialización del poder
y participación popular.
Cuba necesita mantenerse vigilante para evitar
que los cambios necesarios dentro de un espíritu
de superación firmemente antiimperialista y
socialista, no sean desviados por tortuosos
senderos transitados por la fracasada
Perestroika soviética. Esto obliga a actuar con
prudencia y precisión, y mantener la firmeza que
en ese orden le ha caracterizado.
Cuba necesita diversificar más las formas de
propiedad y de distribución, crear mercados
donde ellos concurran, cambiar las formas de
gestión en sectores estatales, convertir en
social parte de la propiedad pública, liberar en
mayor escala las fuerzas productivas dentro de
una orientación predominantemente socialista.
Cuba necesita ampliar y profundizar
progresivamente la participación popular dentro
de una institucionalidad democrática que norme
papeles diferenciados del partido, del Estado y
de las organizaciones sociales, que garantice la
estabilidad posterior a la vigencia del
liderazgo histórico sobre bases
democrático-participativas
Esto último guarda una estrecha relación con la
necesidad de convertir en criterio colectivo la
validez del régimen de excepción dentro de la
condición de fortaleza sitiada , procurando que
las restricciones imprescindibles en materia de
libertades ciudadanas sean consideradas
temporales y no inmutables.
Cuba necesita, además, de una gran solidaridad
revolucionaria, antiimperialista, caribeña,
latinoamericana, tercermundista y mundial que
defienda sus logros, que contrarreste la primera
fase de guerra sin balas desatada por Estados
Unidos, que frustre los planes de agresión
armada (con disposición a pelear en su defensa),
que la auxilie desde el punto de vista material,
que derrote definitivamente el bloqueo, que la
defienda como patrimonio del proceso liberador
de los pueblos oprimidos y la aliente a superar
las limitaciones y las deformaciones acumuladas
en su accidentado y difícil tránsito
revolucionario. Ese aporte todavía es muy
insuficiente de nuestra parte.
Los fundamentos de esa solidaridad están dados
en las grandes contribuciones de Cuba a la nueva
independencia latinoamericana, caribeña y
africana. En esa dirección es significativo como
Latinoamérica y el Caribe rechazan con palabras
y con hechos el bloqueo económico y el
hostigamiento político, valorando a Cuba
Revolucionaria como un símbolo de la nueva
independencia y como muchos pueblos de Africa
sienten como suya esta revolución caribeña.
Combinando todo esto, la revolución cubana puede
vencer las adversidades de esta fase crucial,
perdurar y avanzar.
No es cierto, como dicen enemigos y renegados,
que la revolución cubana está fatal e
inminentemente condenada a sucumbir.
Si a su heroica resistencia se le agrega cada
vez más capacidad de innovación, su continuidad
será constantemente reafirmada y renovada.
Enseñanzas de un gran revés
Esto indica que uno de los recursos para
transformar el revés en estímulo, es el de
aprender de los errores cometidos en esos
procesos, el de hacer una revisión crítica de
sus experiencias, que nos lleven conscientemente
a evadir el tránsito a través de teorías,
modelos y proyectos que han fracasado o que no
se corresponden con nuestras realidades.
La enseñanza ha sido dura, pero hay que
interiorizarla a plenitud. Después de lo
acontecido, queda claro:
Que la bandera de la democracia no se puede
dejar en manos de los adversarios del
socialismo, y que sus grandes valores deben ser
inseparables del ideal socialista y
desarrolladas por él.
Que no puede jamás confundirse estatismo con
socialismo
Que es preciso optar sin vacilaciones por el
reino de los trabajadores libres y no por el
reino de la burocracia.
Que el nuevo proyecto no debe ser enmarcado
dentro de un rígido molde preconcebido, sino
definirse dentro de una dinámica creativa,
autosostenida y autosuperadora.
Que los cambios revolucionarios y el
establecimiento de una nueva sociedad, que tenga
como norte el socialismo, la justicia social, el
desarrollo sostenible y la igualdad, no pueden
legitimarse dentro de un sistema de privilegios
a favor de los cuadros dirigentes y
administradores del Estado y en el marco de la
depredación de los recursos naturales a costa de
las generaciones presentes y futuras.
Que el proyecto transformador no puede volverse
contra las identidades nacionales, contra las
tradiciones históricas, contra los valores
culturales autóctonos, sino que por el
contrario, estos elementos deben ser
incorporados a plenitud.
Que las fuerzas políticas que conduzcan el
Estado no deben confundirse con éste, sino
establecer una relación de mutua independencia,
preservando y desarrollando su papel de
vanguardia en su relación con el pueblo y con el
sujeto social de la revolución.
Que la doble moral en materia de política de
género y las nuevas modalidades del machismo le
restan grandes fuerzas emancipadoras a la
revolución.
Estas lecciones son válidas para evitar una
descomposición semejante en los países que
todavía transitan hacia el socialismo (China,
Cuba, Viet Nam, Corea del Norte) y en los que la
recuperación del poder por fuerzas socialistas,
puedan torcer el curso procapitalista emprendido
después de abatidos los modelos estatistas
burocráticos; son válidas sobre todo para evitar
la degeneración de nuevos procesos
revolucionarios.
Estas y otras lecciones deben también ser
incorporadas al diseño de la alternativa en el
marco de la denominada revolución invertida ,
sin forzar a la uniformidad, dando cabida a la
pluralidad social y económica, y a la pluralidad
política e ideológica derivadas de ellas;
procurando una orientación y una dinámica que
articule avances autosostenidos hacia más
democracia, soberanía, propiedad colectiva,
justicia social, armonía con la naturaleza,
humanismo, igualdad entre géneros y razas,
justas relaciones internacionales Norte-Sur, y
centro-periferia, y avances en la integración de
los países del Sur y de la unidad de los
pueblos.
Esa es la única manera de entender que todo ese
esfuerzo no ha sido en vano, que del mismo se
derivan valiosas enseñanzas, que todo aquello
estuvo dirigido al logro de avances y de
estadios superiores de justicia social, a pesar
de los errores que lo entorpecieron.
Que no muere la utopía porque se haya errado en
el camino para alcanzarla, que de todas maneras
se han sentado premisas y precondiciones muy
valiosas, que el tiempo histórico en busca del
ideal socialista ha sido corto e insuficiente y
que nada de lo acontecido impide que otros
procesos puedan lograr rectificaciones
exitosas.
Y que en nuestro Continente y en todo el mundo,
luchemos mejor que antes y logremos superar el
curso trágico iniciado hace cinco siglos y
revertir sus resultados dramáticos encarnados en
el capitalismo dependiente latinoamericano y
caribeño y la actual fase neoliberal del
capitalismo mundial.
Esa es la única actitud que nos permitiría
valorar aquel esfuerzo como algo que no ha sido
en vano, como el trabajo de los zapadores del
socialismo, a quienes la historia les jugó una
gran trampa, con la paradoja de que lo que
aportaron a la humanidad es mucho más duradero e
irreversible que lo que hicieron por sus
respectivos pueblos, aunque tampoco allí se ha
dicho la última palabra.
En medio de esa gran derrota, alienta que muy
temprano todas las ilusiones procapitalistas se
han convertido en pesadillas y en resistencias
que habrán de empujar de nuevo hacia la
recuperación de la utopía necesaria.
Es la única manera de transformar el revés en
estímulo y la derrota en victoria.
El comité de redacción
Trípoli, 23 de diciembre de 2006
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